La tragedia de las fiestas es para los feriantes, pero aquí directamente la Inspección de Trabajo, las normas de higiene y seguridad, la prevención de riesgos laborales no existen ni parece que le preocupe a nadie: Hola, señor Fiscal. Esas familias enteras —que sean pobres, quizás gitanos o extranjeros en precario, agrava la violencia laboral que sufren— se pasan meses enteros con horarios infernales, escuchando durante doce o catorce horas algo parecido a la música con una sirena chirriante cada cinco minutos, que penetra el tuétano. Si la oigo yo en la cama a kilómetros de distancia, ¿qué sordera producirá en el trabajador que está doce horas seguidas en la garita de las cadenas, todo el santo verano, de Pascua al Cristo, sin compasión?

Para ellos y ellas no existen los derechos laborales —trabajan siete días a la semana, sin turnos, descanso semanal ni horarios—; fastidian sus vidas para que usted dé una vuelta a la noria, sin que le importe un pito a la autoridad competente. ¿Soy yo el único que ha visto niños a las dos de la mañana vendiendo rifas en una tómbola? Hola, señor fiscal; hola señor inspector de trabajo; hola, señora concejala de fiestas.

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