El extraordinario trabajo histórico de Vicente Fernández descubre a un escritor y político de alto voltaje humano

Cuenta Vicente Fernández en la solapa de este ensayo que Antonio Estévez se definió a sí mismo como un anarquista puro e integral. Desde que abres las primeras páginas y te sumerges en la lectura del ensayo + obras completas Antonio Estévez (1987-1960). Textos libertarios y otros escritos, la fuerza humana de este anarquista puro cautiva al lector.

El personaje es interesantísimo y se suma a la nutrida nómina de ilustres cacabelenses, o allegados, desde José Castaño Posse, Antonio Fernández de Morales (sin entrar ahora en discusión con los vecinos de Villafranca), José Fernández Méndez o Antonio Guerra a Raúl Guerra Garrido y los hermanos Carralero, pasando por el filósofo Aniceto Núñez o el propio autor de este libro, el historiador Tito Fernández.

Además, Antonio Estévez se suma a la no menos nutrida nómina de anarquistas leoneses, junto con Ángel Pestaña (fundador del Partido Sindicalista, nacido en Santo Tomás de las Ollas), Abad de Santillán, Laurentino Tejerina Marcos o el mismo Buenaventura Durruti, con quien Estévez compartió un mitin en fabero en 1932, al que también asistió Federica Montseny. Los principales líderes anarquistas del primer tercio del siglo XX, salieron de León, coincidencia nada fácil, y entre ellos está Antonio Estévez, menos conocido, porque la vida le llevó por caminos lejanos y vivió fuera de su tierra, pero no menos importante que sus compañeros de bandera rojinegra.

Recuperamos ahora su memoria y su obra gracias a este excelente libro de Vicente Fernández Vázquez, editado por el Instituto de Estudios Bercianos, Antonio Estévez (1987-1960). Textos libertarios y otros escritos: casi seiscientas páginas cargadas de información, magnífica documentación gráfica y textos sorprendentes, vanguardistas, anticipados a su época; como otros muchos anarquistas y republicanos del momento, Estévez era un avanzado en materias como solidaridad, igualdad o feminismo.

Atípico zapatero revolucionario
En la primera parte del libro, Fernández traza el perfil biográfico de Estévez, nacido en Santos (Brasil), donde habían emigrado sus padres, procedentes de Valtuille de Abajo, su pueblo, al que Antonio llega por primera vez en 1900 con tres años. “Su juventud –dice Fernández– transcurrió en la aldea”, y en esos años forja su impronta berciana, su querencia por la tierra, de la que se va, a Cuba, y a la que vuelve en 1921 con 23 años, para casarse. Para casarse en Valtuille de Abajo, su Macondo: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

Le faltó tiempo al inquieto anarquista –empujado acaso por la muerte temprana de su esposa Nieves–, para salir zumbando de los valles del Bierzo, comprar un pasaje y embarcar rumbo a Estados Unidos. En 1923 se instala en Delaware y, aunque ya en Cuba había comenzado a desarrollar sus lecturas e inquietudes intelectuales y políticas, entra en contacto con el ambiente efervescente del anarquismo y la lucha proletaria. “Durante esta primera estancia en Estados Unidos –dice su biógrafo– Estévez desempeñó varios trabajos “además de dedicarse en cuerpo y alma a la causa del anarquismo como propagandista y como activista en defensa de los intereses de los trabajadores”.
Se gana la vida como zapatero, como lo había sido su abuelo en Villafranca del Bierzo, y al estilo de la famiglia italiana, mantiene lazos con otros bercianos emigrados, como los hermanos Faba, también de Valtuille. Pero su pasión es la política… y la literatura, entendida como parte de su militancia libertaria. Tal es así que Antonio Estévez se significa en las protestas revolucionarias a favor de la inocencia de Sacco y Vanzetti, ejecutados en Massachusetts el 23 de agosto de 1927. Estévez se involucra en las protestas hasta tal punto que se ve obligado a salir del país, como otros muchos compañeros anarquistas, por miedo a las represalias.

Novelista libertario
En septiembre de 1927 se embarca en el White Star Line hacia Liverpool y en marzo de 1928 está de nuevo en su tierra, y por segunda vez busca esposa en su pueblo y se casa con María Pérez, de Valtuille de Abajo; esta vez, precisa Fernández, solo por lo civil. La Dictadura de Primo de Rivera no le sentó bien al libertario Estévez: en el pueblo daba clases nocturnas y propiciaba debates sobre religión o política con enojo de los caciques locales; y además, escribe novelas cortas con títulos como La Novela Ideal, Aurora nueva, El triunfo de la vida o La máquina como factor de miseria.

En 1929, el año del crack o caída de la bolsa, Estévez regresa a Estados Unidos, donde será un inmigrante atípico. Mientras el poeta García Lorca habla en la Universidad de Columbia sobre Berceo y las cantigas de Alfonso X, Estévez se preocupa por el drama del desempleo (“El 25% de la población activa de NY no tenía trabajo”, anota Fernández). Convertido ya en un sólido referente del anarquismo, regresa a España de nuevo en 1931 y tendrá una activa participación en los años de la República; pero empieza a fraguarse una cierta decepción, dice su biógrafo, y Estévez se siente “incómodo e incomprendido”. Tras la guerra civil, el anarquista berciano se exilia en México, donde seguirá escribiendo hasta su muerte en 1960, ya sin ocasión de volver a la patria chica.

Tras una vida intensa, Antonio Estévez nos deja una obra no menos apasionante: este libro de Vicente Fernández que hemos calificado de magnífico, además de descubrirnos a un berciano universal de mucho fuste, pone en nuestras manos toda su obra literaria: una docena de novelas y cuentas, numerosos ensayos y artículos, y como en todo genuino anarquista, poemas y canciones de amor.

Valga, para invitar a su lectura, esta perla del artículo El minero, escrito en 1936: “La bocamina va vomitando hombres sin parar. ¡Parece un cortejo de condenados a trabajos forzados, el que va saliendo por la boca del antro! Luego se esparcen. Allá abajo, al fondeo de la montaña, divísase el pueblo, envuelto en armíneo sudario de nieve. Diríase que duerme el sueño de la eternidad, y que las horas han pasado, al igual que los siglos, sin dejar rastro alguno. ¡Tal es la primera impresión!”.

@ValentinCarrera
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