Escribir un artículo —uno de los trabajos peor pagados del mercado laboral, mucho menos que una asistenta por horas— entraña un compromiso ético con los lectores y lectrices, y con el periódico que te da soporte: ustedes me leen de buena fe y yo pongo en cada letra lo mejor de mí, sin dar lecciones a nadie, sin dogmas y sin reverencias.

Escribir este artículo semanal es una de las mejores cosas que pueden pasarle a uno como periodista: me obliga a pensar, reflexionar, considerar, matizar y dar forma al trozo de barro que las manos del alfarero convierten en ánfora o cuenco, en el que beber la vida a sorbos. Sócrates, condenado a muerte por decir la insoportable verdad a los atenienses, entendía la filosofía como el trabajo de una partera, su madre, que ayuda a nacer las ideas, y un alfarero, su padre, que les da forma y consistencia. Así procuro entender mi oficio.

La columna de esta semana, sin embargo, se resistía a nacer. ¿Hablo otra vez de la terrible catástrofe de los incendios, que muestra la realidad desnuda del fracaso de una política forestal estúpida y suicida; de los que quieren incinerar basura en El Bierzo; o de Catalunya, donde la manipulación unionista ha desbordado todos los límites? Una conversación entre amigas, anoche, me dio la clave: les hablaré del silencio.

No del silencio fructífero y enriquecedor del que lee y trabaja, medita, pasea, observa, sonríe, no. Les hablaré del silencio ominoso, abominable, del silencio impuesto, de los que nos obligan a callar, de los que nos censuran, de los que nos amordazan por pensar distinto.

Estamos llegando a un punto de no retorno en la imposición del pensamiento único. Quienes se quejan de la manipulación en TV3, canal público controlado por el Govern catalán, miran hacia otro lado ante el manoseo de TVE, cuyo mando a distancia maneja el Gobierno de Rajoy. Este doble rasero es hipócrita y desleal: hace años que los periodistas abogamos por la independencia de los medios públicos: partidos políticos, fuera vuestras sucias manos de las televisiones, que habéis convertido en tele-basura. Fuera vuestras manos de todas, también de las privadas, en manos del IBEX35 o del banco X. Solo una televisión pagada mediante canon, con una redacción profesional, puede ser creíble, por ejemplo, la BBC, de la que nuestras mentirosas televisiones están a años luz.

Esta realidad se extiende al resto de los medios de comunicación: vivimos un momento terrible para el periodismo; demasiados monólogos autoritarios vestidos de lagarterana, demasiadas caras —siempre las mismas— repitiendo machaconamente su mensaje unívoco, donde no cabe la discrepancia. Salvo en Internet, en el resto de los canales de comunicación no se abren nuevas ventanas, cada día se cierran puertas y ventanas, se reduce la biodiversidad de los periodistas y se riega el monocultivo.

A propósito del procés catalán, el diario de referencia en Catalunya, La Vanguardia, ha despedido a uno de los mejores periodistas de este país, el lúcido ensayista Gregorio Morán. Colaborador desde 1988, ¡treinta años, se dice pronto!, La Retaguardia lo ha despedido por burofax, sin explicaciones, tras vetar un artículo suyo crítico con el Govern. Un acto de censura pura y dura.

En la otra orilla, el diario de referencia en Madrid, El País, en quiebra económica desde hace años, sostenido con respiración artificial por Soraya desde la Moncloa, acaba de despedir a otro columnista de prestigio internacional, John Carlin, por un artículo crítico con el unionismo de Rajoy titulado “La arrogancia de Madrid explica este caos”, publicado en The Times. Pura y simple censura ideológica.

Los despidos de Morán y Carlin se suman a una lista interminable de periodistas represaliados, silenciados, sin un solo gesto de solidaridad de todos esos intelectuales orgánicos, los abajo firmantes, tan obedientes al sistema, tan calladitos.

Si esto les ocurre a dos autores de primera línea, con miles de lectores, imaginen ustedes cuál es el trato que recibimos muchos otros, más modestos. A mí me acaba de ocurrir y nadie se ha enterado. Me han cerrado —sin ninguna explicación, como a Morán— algunas ventanas de opinión donde aportaba mis análisis. La amputación ha sido sigilosa, no diré indolora: además de silenciar mi voz, cortan mis medios económicos, ese mínimo salario mínimo, incluso en circunstancias familiares duras; y me he tenido que callar, por miedo.

Por miedo a que, si lo denuncio, el perjuicio sea aún mayor y algunas puertas se cierren para siempre. Solo por pensar distinto. Nadie me ha dicho que sea mal profesional o que no cumpla con mi trabajo: he sido excluido por censura, porque se está reduciendo la pluralidad y se florece el monocultivo de los adictos al régimen.

Los asfixiados por este Gobierno autoritario somos muchos: no es preciso mirar a Catalunya, no seáis hipócritas, estamos aquí al lado, amigos, vecinos, familiares. ¿Hace falta que salgamos con una pancarta para que os deis cuenta, o es que no veis cómo nos censuran, excluyen y amordazan?

Cerradas casi todas las ventanas, una tras otra, nos queda el inmenso ventanal de Internet, que de momento escapa al control de este Gobierno neofranquista. Me queda también esta página en La Nueva Crónica, cuya generosidad agradezco de todo corazón, en estos días de silencio ominoso. ¡Arriba las ramas!

Más:

El artículo por el que El País despidió a John Carlin: La arrogancia de Madrid explica este caos
El artículo de Gregorio Morán censurado por La Vanguardia: Los medios del movimiento nacional

Leer en La Nueva Crónica
Ilustración de Chumy Chúmez.