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Pensé que Rajoy iba a entrar en el haggis escocés enviando a María Dolores de Cospedal a hacer campaña, pero al fin ha sido el propio Cameron quien viajó ayer hasta Aberdeen, no tanto para escuchar los sabios y moderados consejos del profesor de Ciencia Política Michael Keating, especialista en los procesos de Escocia, Quebec y Cataluña, como para lanzar avisos a navegantes: “Si los escoceses votan irse, será un divorcio doloroso, pero será un divorcio sin marcha atrás, con todas las consecuencias”. Escocia perderá la libra, saldrá de la UE y de la OTAN, los escoceses se quedarán sin pasaporte británico, sin pensiones y sin la potente red de embajadas británicas en todo el mundo. ¡Estáis avisados!

Esta idea de matrimonio indisoluble introducida por Cameron en Aberdeen es patológica. Existe el matrimonio para toda la vida, “en el dolor y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe” y el matrimonio como contrato civil de convivencia, voluntariamente renovada cada día o no, con opción al divorcio. Este último en España es más reciente, para qué nos vamos a engañar; y están también las uniones de hecho y las familias de geometría variable.

Matrimonio de conveniencia

Inglaterra y Escocia se casaron en 1707, pero no fue una boda por amor, sino un matrimonio por interés, inducido con sobornos, espías como el novelista Daniel Defoe, pactos secretos y líos de alcoba entre los Hannover y los Estuardo. Lograr un divorcio amistoso y la separación de bienes de mutuo acuerdo 307 años después tiene cierta dificultad, pero nada legitima a Cameron para forzar a la dulce Escocia a seguir yaciendo en el tálamo británico contra su voluntad. Su discurso en Aberdeen suena a palabrotas de marido despechado, algo cornudo, porque Escocia y Salmond quieren acostarse con la ninfa Europa, lo cual a Cameron aún le fastidia más, dada su conocida aversión europea.

Es verdad que el roce hace el cariño (o no) y escoceses e ingleses, como catalanes y castellanos, tienen en común algo más que un bolero, pero habrá que recordar de nuevo la manida cita de Ortega, “la nación es un proyecto sugestivo de vida en común”. Un plebiscito diario, decía Renan. No se concibe la convivencia voluntaria entre dos personas libres sin ese plebiscito diario que llamamos amor, con todos sus matices. Un matrimonio que no comparta un proyecto sugestivo de vida en común tiene un problema: uno de los dos traga más de la cuenta, ya sea por necesidad, miedo o dependencia física, psicológica, económica. “Ahora que ya me había acostumbrado a esta repugnancia… se muere”, decía la recién viuda, tras sobrellevar décadas de matrimonio modelo Cameron.

Parece que bastantes escoceses no se han acostumbrado bien a esa repugnancia (¡podrían sumar el 50%, que son muchos, se mire como se mire!) y están pidiendo el divorcio, incluso a riesgo de perder la casa, la pensión y la custodia de los hijos. Las amenazas sobrevuelan el cielo de las Highlands sin que un juez neutral ponga las cosas en su sitio. En los divorcios entre estados debiera haber un Tribunal Internacional algo más neutral que la Queen Elizabeth: la parte contratante de la otra parte no puede ser juez y parte.

Regreso a las raíces atenienses

A todo esto le falta un poco de imaginación constitucional y le sobran amenazas. ¿Qué están haciendo los Estados, en Reino Unido, en España, en Francia, para que millones de ciudadanos sientan la desafección de los que no se sientan a la mesa de ese “proyecto sugestivo de vida en común”, algo más sugestivo para unos que para otros?

¿Qué ocurre para que en esta época de crisis y disolución familiar haya más peticiones de divorcio que de matrimonio? ¿Por qué Marruecos no quiere unirse con Argelia, ni Colombia casarse con Venezuela, ni siquiera por mutuo interés? ¡Solo separaciones y divorcios, pacíficos como el de Checoslovaquia, sangrientos como el de Irlanda, ridículos como el de Kosovo, para ser la mantenida de USA, o patéticos como el de Chipre!

Solo divorcios, por desamor, por desafección, por falta de proyecto sugestivo en común. Divorcios casi siempre a cara de perro, lo que exige una pregunta más, ¿por qué quien ocupa en el matrimonio estatal la posición preeminente, el sillón del patriarca, se niega a conceder la separación de buen grado a la esposa díscola, ya sea Lady Escocia o Dona Catalunya?

El huracán del referéndum escocés cuestiona muchos cimientos corroídos y plantea en canal la necesidad de nuevos pactos de convivencia política, un cierto regreso a las raíces atenienses. El Estado-nación no puede ser un túnel de dirección única, sin salida, y el Better together ha de basarse en la seducción y el amor, y no en la violencia doméstica. Dos millones y medio de escoceses quieren divorciarse de Londres: quizás no se sienten tratados con cariño.

Imagen: El Quiosco
Foto: boda escocesa
@ValentinCarrera

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