Aún no ha comenzado el baile y ya ruge la marabunta: una interminable fila de hormigas soberanistas desfila como la Orden de Orange por las calles de Edimburgo en contra de una Escocia independiente. De Londres a Madrid, están todos muy nerviosos: la Reina, cometiendo delito de ilesa majestad, ha roto su aparente neutralidad para pedir a los escoceses que “voten carefully”, ¡con cuidadín! Más cerca de nosotros, en nombre del IBEX35, El País editorializa que “Escocia es única” y repite “una singularidad única en Europa, no debe relacionarse con Cataluña ni con otras situaciones”. Mientras, para que los escoceses voten en libertad, se multiplican las amenazas sobre el euro, la fuga de bancos y grandes empresas o la pérdida de las pensiones. Hasta los productores de whisky han entrado en el carrusel.

Este pánico es la demostración de lo dicho aquí el primer día: pase lo que pase, los independentistas ya han ganado el referéndum. Leo la misma afirmación por todas partes: Alex Salmond ya ha ganado”, y me parece también que, ejerciendo su derecho a decidir pacíficamente, legalmente y con bastante libertad –a pesar del miedo y de las amenazas–, votando ganan los escoceses y gana la democracia en Reino Unido y en toda Europa, aunque la Orden de Orange hispánica se rasgue las masónicas vestiduras.

Si con decir que “lo” de Escocia y “lo” de Cataluña son asuntos distintos se resolviera el canguelo… pero hay demasiadas interacciones como para ponerse de perfil, y sospecho que el efecto mariposa escocesa va a crecer a medida que pasen los días y, desde luego, se multiplicará exponencialmente si el 18S gana el SI.

La sustancia de este hueso duro de roer es el concepto de soberanía [otra palabra gastada, un no se sabe qué indivisible e inalienable, que reside en el pueblo, pero puede ser transferido a Bruselas en cómodos plazos]. En el complejo, muy elaborado y sutil sistema constitucional británico, la soberanía no reside en el pueblo, sino en el parlamento: “Útil ficción de una soberanía parlamentaria absoluta –dice Keating–. Como U.K. nunca estableció el principio de la soberanía popular, no fue necesario definir el pueblo como en el modelo republicano clásico”.

Avanzando hacia la post-soberanía

A diferencia de la Francia del siglo XIX, “arquetipo del Estado centralizador y unitario”, desde 1707 [Acta de Unión], el Reino Unido ha venido siendo la unión plurinacional y asimétrica de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte. En aquel mismo año de 1707, aquí regía el Rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán y soberano de los Países Bajos. ¿Soberano de qué? La evolución histórica dice que “el Estado-nación no tiene por qué ser necesariamente unitario” y los constitucionalistas de toda Europa hace tiempo que trabajan con el concepto de “post-soberanía”.

“Soy soberano, en mi finca mando yo” ni siquiera es una verdad a medias, es directamente falso: su soberanía de usted limita al norte con el plan general de urbanismo, que no le deja construir; al este, con tres servidumbres de paso del poste de teléfonos, un gasoducto y una línea de alta tensión; al oeste con el vecino que ha decidido instalar una granja porcina de olor soberano; y al sur con la hipoteca de su banco. Como en el chiste del taxista portugués, el señor tiene razón, pero la razón que tiene es poca, y esa poca, no le sirve para nada.

Andar a garrotazos por una soberanía medieval ni es pragmático ni es lo que Alex Salmond quiere que voten el 18S los escoceses, ni creo que esté en las mentes de Artur Mas y Oriol Junqueras. Siguiendo a Keating, el debate constructivo que debiera interesarnos como europeos, ya seamos escoceses, gallegos o catalanes, no trata tanto del final de la soberanía como de una nueva fase, otro modo de organización política, formas atenuadas de independencia o, para decirlo también en positivo, nuevos pactos de interdependencia. La finca es mía, pero si Francia pone, no ya una granja porcina, sino una central nuclear en Perpiñán, iguala mi soberanía a la de las víctimas de Chernobyl. Veo difícil que las Fuerzas Armadas puedan “garantizar la soberanía e independencia de España” (Art. 8, Constitución), poniendo puertas al campo. Las veo más decididas a recuperar heroicamente el islote de Perejil que a defender nuestra soberanía financiera, claramente expropiada.

Rajoy se mira en el espejo

Esta idea de postsoberanía es lo que trae de novedoso el referéndum escocés: tan desfasada es la vieja idea de nación como la de Estado: “La integración europea y la devolución subestatal se consideran procesos complementarios, que transforman el Estado desde arriba y desde abajo” [Keating, La independencia de Escocia].

Desde 1707, Westminster ha cedido soberanía muchas veces y Cameron acaba de hacer una propuesta de urgencia para salvar los muebles, o su propio trasero, pero “ya ha perdido sin esperar al jueves” –escribe Lluís Bassets, quien asegura que los resultados de Escocia se leerán en todo el mundo “con las paradójicas gafas de la interdependencia. Si sale el SÍ, rodará la cabeza de Cameron y probablemente regresarán los laboristas a Downing Street”.

Entretanto, Rajoy hace las cuentas a la inversa y se mira en el espejo como la madrastra de Blancanieves, “¿Hay alguien más soberanista que yo?”, esperando ganar el partido en tiempo de descuento, pero las urnas marcan el camino. Como diría Bill Clinton, “Is the interdependencia, stupid”.

@ValentinCarrera
Orange Order
The Scotsman/ABC: Contra la secesión escocesa
Acta de Unión (1707)