Me llama Miguel Losada desde Lugo para felicitarme:
-Oye, ¿qué tal si celebramos tu santo con un cocido estilo Bárcenas?
-Y eso, ¿cómo es?
-Pues un cocido ¡con mucho chorizo!

Me apunto al cocido gallego o madrileño, que estamos en tiempo de Carnaval, pero nada de celebrar el San Valentine´s Day, salvo que venga Julia Roberts a compartir la laconada.

Esto del Día de los Enamorados invade la onomástica de mi abuelo, por lo que voy a recoger firmas entre los auténticos valentines del mundo, uníos, para tramitar ante el Congreso de los Diputados una ILP que traslade la fiesta del amor al 30 de abril, festividad de San Mariano, lector y mártir. Si ejercer de enamorado consiste en regalar una colonia carísima a tu chico, esposa, jefa de prensa de Pozuelo o lo que sea, reniego de esa moda consumista tan reciente que, según San Google, en España la creó Galerías Preciados en los años sesenta “para incentivar las compras de regalos”.

Bien, hablemos de cosas serias, es decir, del Carnaval. He seguido con el rabillo del ojo izquierdo la sesión de descontrol del Congreso y con el rabillo del ojo derecho el pleno del Parlamento Galego. Fue tal el alboroto y crispación en ambos parlamentos que probé a observar las sesiones con la tele en silencio, atendiendo solo a las caras y gestos de sus señorías. Por favor, hagan la prueba.

El parlamento debiera ser templo de la palabra, academia de altura oratoria donde brillaran por su claridad de ideas los Azaña y Ortega del siglo XXI, ágoras de discusión ágil y viva, cátedras libres donde encarnar la soberanía popular mediante el diálogo constructivo, la discrepancia elegante, la alternativa creíble, el reconocimiento del mérito ajeno, la autocrítica.

Silencié el barullo y me fijé en los rostros de Rajoy y Rubalcaba; también, en Galicia, en los de Beiras y Feijóo. Contemplada en silencio, la cara del presidente Rajoy tiene discurso propio. El de Rubalcaba era un rictus de seriedad y cabreo muy forzado. Líderes del gesto, la pose, la representación, la máscara. Luego, entre ellos, se quieren un huevo y hablan catalán en la intimidad.

En Compostela, el presidente Feijóo, martillo de Bárcenas y otros herejes populares, y presunto heredero de la corona mariana, oculta tras una mirada de ejecutivo frío su “inquietante personalidad de consejero-delegado”, que diría su biógrafo Domingos Sampedro. En vivo y en directo, Feijóo es cálido e informal, con sentido del humor hasta para disfrazarse en el carnaval de Verín; pero, si tiene ese fondo afectuoso ¿cómo fiarse de su tono despiadado cuando replica a Beiras desde el escaño? ¿Cuál de los dos es el Feijóo verdadero y cuál el actor impostado?

He visionado un par de veces en silencio un video de Rubalcaba en el que pide la dimisión de Rajoy: gesticula nervioso, transmite inquietud y nula credibilidad. No es creíble lo que dice ni cómo lo dice. No es extraño que el CIS le suspenda con una nota de 3,4 y confirme que el 88% de los españoles concedemos a Rubalcaba poca o ninguna confianza.

Luego, he vuelto a ver también el video de Rajoy en el Congreso; su cara de falsa sorpresa mejora la caricatura de José Mota, parece decir, ¿qué me cuenta este tío? o ¿qué pinto yo aquí?, para luego asombrarse porque no entiende su propia letra. Eso puede pasarle a cualquiera que esté tan sonado como para confundir fútbol con balonmano, y no tendría mayor importancia si no fuera que el CIS, Sondaxe, SYGMA y todas las encuestas del fin de semana confirman que los españoles tampoco entienden la letra de Rajoy. El Presidente inspira poca o ninguna confianza a un 82% de ciudadanos. La gente, como él dice, suspende a don Mariano con un 2,81, la nota más baja de la clase. Mi maestro don Paco Oviedo lo hubiera sentado, previo tortazo, en el banco de los sabios.

Dicen que esta democracia está enferma. Mi diagnóstico es disonancia cognitiva. Estos rubalcabas y feijóos son encarnaciones del Doctor Jekill y Mister Hyde, descontrolados emocionalmente; sus discursos de plastilina son una sucesión de orgasmos parlamentarios fingidos que convierten el Parlamento en una gran mascarada. Como sentenció Larra, maestro de periodistas, con la filosofía de un hombre que no ha cenado, “el mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval”.