En El Bierzo vamos a pasar Sed, no tardando. No les hablo de Ciudad del Cabo, sequía extrema, donde el 11 de mayo se cerrarán los grifos y tres millones de personas tendrán que hacer cola para obtener la ración diaria de 25 litros de agua por cabeza. Es terrible, pero ¡queda tan lejos!, ¿por qué preocuparnos?

No les hablo de Sudáfrica, sino del Bierzo: esta semana los grupos políticos de Ponferrada se han enzarzado por el precio del agua. Primera batallita de la Madre de Todas las Batallas: la Sed.

“¡Es usted un alarmista!”, dirá algún consejero con despacho en Valladolid, uno de esos vendedores de humo, tocado por la gracia divina de esta democracia de baja intensidad. Pues sí, claro que sí: grito “¡Alarma!” porque la Sed y la sequía han venido para quedarse. Se llama cambio climático, despilfarro, incendios forestales, o se llama parasitar el pantano de Bárcena, que da de beber a la mitad de los habitantes de la comarca.

La Sed en El Bierzo no es nueva: llevamos siglos cantando a la Virgen de la Encina “¡Que llueva, que llueva, que se secan los pimientos”. Quienes somos más viejos que el embalse de Bárcena (construido en 1960), hemos cargado al hombro algunos cántaros de cobre. En casa de la abuela María no había agua corriente, no había grifos ni existía el concepto ducha: un balde para lavarse por parroquias una vez a la semana, porque el agua era un bien escaso y caro, había que sacar cada caldero del pozo a pulso; y cuando uno carreta cántaros y calderos, hace lo que sea con el agua, menos tirarla. Cuando llegaba el estío, la reguera y las fuentes se secaban y las huertas se morían. Nuestros abuelos sabían el precio real de cada pimiento y cada cebolla.

La Sed no es nueva entre nosotros. En Cangas do Morrazo, recuerdo cómo el Ayuntamiento cortaba el agua en cuanto llegaba la marabunta de turistas, y pasábamos agosto con arañas en los grifos. Decir que en Galicia siempre llueve es una leyenda urbana: apenas las nubes se distraen, los pozos se secan y empiezan a salir los santos en procesión. La ciudad de Vigo, 300.000 habitantes, estuvo en alerta roja en otoño: “Tenemos agua para dos meses”.

Pero nada, pasa la romería y seguimos duchándonos como estúpidos nuevos ricos, ignorando el valor real del agua fresca, un lujo de alto coste ecológico. Abrimos a chorro los grifos de las casas, las mangueras de los jardines y las tuberías de industrias contaminantes sin pensar, ¿para cuántos meses tenemos agua potable si viene una sequía peor que la de 2017? ¿Qué está pasando con el pantano de Bárcena? ¿Vamos a permitir que un especulador succione 60 litros por segundo, lo pase por sus calderas y devuelva el agua al pantano recalentada, elevando la temperatura del embalse? ¿Quién está jugando con la Sed de los bercianos?

 

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