El Club de Lectura de la Universidad de León acoge La aventura de la ciencia en la Antártida, con Valentín Carrera.

León, jueves 7 de marzo, 19 h., Biblioteca Universitaria San Isidoro, Campus.

“¡Hace un día estupendo, Señor!” es la célebre frase con la que se saludaban los hombres del Endurance, el buque de Shackleton, cuando quedó atrapado entre los hielos, en la banquisa del mar de Weddell. Allí pasaron una odisea de 497 días, casi año y medio sin pisar tierra firme, sobre el hielo, “sin apenas dormir ni descansar, con las ropas heladas, los labios rotos, las bocas hinchadas por la sed, las barbas blancas de hielo y las manos reventadas por las ampollas”, a veces cercados por orcas, y sin dejar de hacer fotos, las fantásticas placas de Hurley que se conservan como un tesoro en los museos polares ingleses. ¡Y siempre con buen humor, dándose ánimo entre compañeros! En medio del desastre, a la deriva, enfermos, hambrientos, moribundos… se saludaban cada mañana a carcajadas: ¡Hace un día estupendo, Señor!

Este fue el lema que escogí para mi segundo viaje a la Antártida en 2016 como cronista de la XXX Expedición Científica Española: cinco meses a bordo de los buques oceanográficos Sarmiento de Gamboa y Hespérides, conviviendo en las bases Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, compartiendo navegación por los Canales Fueguinos y Tierra de Fuego, por el Paso Drake, visitando una veintena de bases científicas internacionales y pisando, al fin, el Continente Blanco, en los amaneceres inolvidables de Caleta Cierva, rodeados de ballenas.

Mi regreso a la Antártida, este segundo viaje —pues había sido cronista oficial de la Primera Expedición Científica en 1986/87—, me ha regalado varias aventuras en una: la aventura del viaje, 130 días a bordo, que fui contando diariamente en mi Cuaderno de Bitácora; la aventura científica, cómo y por qué y para qué se hace Ciencia con mayúscula en la Antártida, que se recoge en el libro La aventura de la ciencia, editado por el MINEICO en 2017; la aventura personal, el crecimiento interior del viajero, del escritor, la vivencia y la convivencia convertidas en tesoro íntimo, manantial de experiencias, reflexiones y sentimientos.

Los hilos de estas tres aventuras —el viaje, la navegación, los proyectos científicos, las conversaciones con los investigadores, el paisaje, la toma de conciencia verde o ecológica sobre la contaminación y el calentamiento global, la estrecha convivencia en las bases, los abrazos dados y recibidos, la luna llena en Isla Decepción, y el baño en las fumarolas volcánicas, el impagable despertar entre icebergs o la danza de las ballenas en la proa del Hespérides…— tejen un complejo tapiz de belleza y emoción ante el que el corazón se conmueve. El descubrimiento de la Antártida emocional.

Pero luego está la Ciencia y sus preguntas, que también conmueven nuestros cimientos: ¿Qué está pasando en el Planeta? ¿Hacia dónde vamos? (y de dónde venimos, y todas las demás eternas preguntas, tal vez sin respuesta). La aventura de la ciencia en la Antártida —escrita con nombres extraños: tardígrados, permafrost, competencia espermática, bentos, colémbolos…— es la apasionante tarea de tomar el pulso a la vida y al Planeta.

Ser testigo directo del trabajo en este inmenso laboratorio, y tener el privilegio de contarlo como periodista, es la experiencia que me propongo compartir con los lectores y lectrices del Club de Lectura de la ULE, a quienes propongo esta reflexión, inspirada en Pascal, como punto de partida: “El corazón tiene sus razones que la Ciencia y la razón no entienden; pero acaso la Ciencia tiene su modo de amar como no sabe el corazón…”.

¡Hace un día estupendo para leer!