Nombres, no, que nos conocemos. La semana pasada hablé de una novia que me persigue en Twitter y salieron tres candidatas: “¿Lo dices por mí?”. Cuando hablo de alcaldes proxenetas no se presenta ningún voluntario: están alicaídos desde que falta Isabel.

A lo que iba, que me distraigo: nombres, no, que todo se sabe. Me fui a cenar con mi amiga de hace treinta años:

—Llevaré un clavel en la solapa, por si no me reconoces –le advertí.

Apareció espléndida, como Sharon Stone cuando cumplió 50. Con las primeras cañas, puso barreras por si la noche despegaba:

—Ya soy abuela.

[¡Pero si hace cuatro días estábamos coqueteando en el MTV de Miami! –pensé-. La recordé hermosa saliendo de la ducha, aunque yo nunca he estado en Miami].

—Pues estás estupenda, para ser abuela.

Pifia total. Lo de “para ser abuela” sobraba. Llega con decir: “Estás estupenda”. Soy menos diplomático que García-Margallo. Ella, inteligente, agradeció el halago con sonrisa de Gioconda.

—Una nieta preciosa –siguió, dando por hecho mi interés en el arte de cambiar pañales.

Dejé que presumiera de abuela ante mí, que soy abuelo hace siete años, por no desilusionarla. Ni una cana en su melena, corte bob Letizia. Teñida, pero no era cuestión de ponerse grosero: la noche prometía.

—¿De modo que abuela? –dije al salir del restaurante, cogiéndola del ganchete con la confianza que da la antesala del sintrón– ¿qué tal si vamos a bailar para celebrarlo?

Era una lluvia cálida, primeriza de otoño, la que nos mojaba, paseando como dos tontos sin paraguas. En el pub nos miraron como a perroflautas de Podemos en una procesión del PP.

Bailamos y brindamos por nuestros nietos hasta el amanecer. Cuando llegué a casa, quise explicárselo a mi esposa con la franqueza de nuestra unión marital:

—Tienes que dejar de beber, cariño. La resaca te sienta fatal –dijo, dándose media vuelta, y siguió durmiendo como una bendita.

Ya no se respeta ni a los abuelos.

La Nueva Crónica, 8 de noviembre de 2015