Inicio la quinta temporada de Tornarratos, blog de análisis político desde la periferia, con el propósito de ser más analítico y menos adjetivo. Uno de los muchos males del periodismo actual –en el que excelentes artículos se ahogan en un magma de bazofia y sucesos sangrientos elevados al altar del telediario- es prodigar adjetivos, sobre todo descalificativos. Una descalificación no es un argumento.

Confieso sin embargo mi incapacidad para comenzar este artículo sin calificar al ministro de Interior de «fanático», limitándome a una simple descripción objetiva. Así pues: el ministro de Interior, el fanático opusdeísta Fernández Díaz, entrevistado en Antena 3 sobre las devoluciones en caliente de inmigrantes, condenadas por la UE, dijo literalmente: “Quienes las critican, que me den la dirección y les enviamos a esta gente”. Como si “esta gente” fueran paquetes.

Aparte de la frivolidad sangrienta del ministro energúmeno (este segundo adjetivo tampoco es un insulto, sino otra descripción), hasta el Papa Francisco, su presunto líder espiritual, le ha enmendado la plana pidiendo que cada parroquia y convento acoja una familia de refugiados. Como en España hay 23.071 parroquias y 865 monasterios, siguiendo la recomendación del Papa, España puede acoger por esta vía 24.000 familias sirias hoy mismo. Sin contar con los miles de ciudadanos de toda Europa que estamos ofreciendo nuestras casas a través de ayuntamientos y ONGs.

Pero, como ha recordado Antón Losada, no es cuestión de solidaridad sino de cumplir la ley: esa ley sagrada que el Gobierno Rajoy solo invoca para atizar a los catalanes. La ley de memoria histórica, la ley de dependencia, las sentencias de Estrasburgo sobre cláusulas hipotecarias abusivas y los convenios internacionales sobre derechos humanos, se los pasan por el forro, expresión no muy académica, pero sabemos de lo que estamos hablando.

Las llamadas «crisis humanitarias» no surgen espontáneamente. “Las armas no caen del cielo”, en palabras de Paulo Pinheiro, responsable de la Comisión de Investigación de la ONU sobre Siria. Primero bombardeamos sus países, destruimos sus casas y escuelas, sembramos de odio y sal sus campos, saqueamos sus pozos de petróleo y les armamos hasta los dientes [España, 7º exportador mundial, codo con codo con los “demócratas” de Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia y Alemania]. Luego, cuando se produce la catástrofe, los mismos gobernantes hipócritas se llevan las manos a la cabeza, pobres sirios, qué mal lo están pasando: “Galicia puede acoger 300 si España lo necesita”, ha dicho Feijóo, presidente de la Xunta, para vergüenza nuestra.

Los gobiernos que venden armas, incluido el español, son gobiernos genocidas y solo una moratoria global, armamento cero, puede parar esta locura. Me gustaría ver en el programa de Podemos, de IU, del PSOE y de toda la oposición entre las medidas de los cien primeros días la prohibición de la industria militar.

Además de cumplir la ley y los tratados internacionales, de un elemental respeto a los derechos humanos y de la caridad invocada por el Papa, creo de veras que España y Europa entera –la putrefacta y decrépita Europa merkeliana, la avejentada, colonizadora y avariciosa Europa de los mercaderes- serían mejores incorporando a nuestro torrente sanguíneo a los doscientos mil sirios errantes y a diez millones de subsaharianos hambrientos.

Lejos de ser un problema, incorporarlos a nuestra convivencia pacíficamente, gozosamente, será una gran riqueza humana y económica. Para un país con nueve millones de jubilados, y subiendo (35% de la población en pocos años), los inmigrantes son de primera necesidad demográfica y social, como las familias filipinas o ecuatorianas que cuidan con tanto cariño de nuestros mayores. Esos profesionales y científicos expulsados de Siria son el mismo fermento que miles de republicanos españoles exiliados a Francia y México en 1939. La inmigración y el mestizaje han sido históricamente un factor de desarrollo y progreso. No puede ser de otro modo: la dignidad humana es previa a fronteras y pasaportes. El Otro, como decía Kapucinsky, es nuestro hermano. “No me llames extranjero”, cantaba Alberto Cortez.

Señor Ministro fanático: no dispongo del poderío económico de la Iglesia para recibir a 24.000 familias sirias, pero le envío mi dirección. Puedo y quiero acoger en casa a una familia siria, en la medida de mis modestos recursos. Como usted es sordo, tramitaré mi ofrecimiento a través de ACNUR y de mi ayuntamiento.

@ValentinCarrera
Foto: AFP PHOTO / CSABA SEGESVARI, El Comercio
ACNUR
Comisión Española de Ayuda al refugiado

Rafael Amor (1976, cantada por Alberto Cortez y Facundo Cabral): No me llames extranjero