La última película de Almodóvar, Julieta, explora una vez más el sentimiento de culpa, una de las obsesiones del cineasta y de toda su generación, criada entre sotanas y marcada con la cruz del pecado en los confesionarios del nacionalcatolicismo. La culpa, el pecado, ¡qué gran invento!

Cada vez que te tocas, Jesús que todo lo ve, sufre. Cada vez que mientes, la Virgen llora. Cada vez que comes jamón, un niño muere de hambre en Etiopía. Cada vez que votas al PP, o a Podemos, muere un gatito. Tú, por tus pecados, tienes la culpa de los males del mundo. No es la guerra ni las armas ni los ejércitos ni las finanzas ni los mercados ni el petróleo ni los jeques ni los reyes ni los corruptos ni los soberbios. Eres tú y tus pecados: arrepiéntete.

Por estos caminos tortuosos de la conciencia expropiada transita la pobre Julieta –una espléndida Emma Suárez– con su vida hecha jirones, suplicando cariño, condenada a ser desgraciada, por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa.

La autonomía personal, la libertad de pensamiento como conquista laica, pasa por liberarse de ese estigma del pecado y la culpa. En la sociedad civil no existe el pecado: existe la ley, igual para todos, y la responsabilidad. Los ciudadanos respondemos de nuestros actos ante la sociedad y ante nuestras conciencias. No somos culpables a la espera de la Redención divina: somos responsables o irresponsables de nuestros actos. Julieta no es responsable de la tormenta ni del naufragio, pero se siente culpable de la muerte de su marido. Y el resto de su vida es una condena: así se las gastan los administradores de la conciencia ajena.

Aunque no lo parezca, les estoy hablando de política, y más concretamente de la rabiosa actualidad de los cuatro líderes provisionales aspirantes a dirigir los destinos de la Patria. Como Julieta, Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera comparten el estigma nacionalcatólico que obsesiona a Almodóvar y han empezado a repartirse las culpas, con la mala conciencia de los soldados romanos que sortearon la túnica de Jesús. Cuanta más culpa a repartir, menos responsabilidad.

Hay dos modelos: el que se culpabiliza a sí mismo, como la infeliz Julieta; y el que culpabiliza a los demás, como nuestros líderes máximos provisionales. Y los dos son igualmente estúpidos.

Yo/Tú tienes la culpa de nuestro divorcio, de mi cáncer, de que nos haya salido un hijo gay, de que la empresa se fuera al tacho, de que siga gobernando el PP, de que Podemos se levantara de la mesa, de pactar con extremistas, de insultarme, de no aceptar mis propuestas. ¿Lo ves, insensible? Por tu culpa acaba de morir otro gatito en Moncloa.

Todo menos asumir la responsabilidad. Todo menos una elemental autocrítica: “Os pedí el voto para gobernar el país, os prometí que lo haría y no lo he conseguido. Lo intenté, creedme, soy un tipo estupendo; pero reconozco el fracaso y asumo mi responsabilidad. Que pase el siguiente”.

Al frente de los partidos (y vale para PP, PSOE, PODEMOS, CS y todos los demás) no necesitamos monaguillos nacionalcatólicos repartiéndose culpas detrás del confesionario. Necesitamos personas responsables de sus actos, capaces de asumir la realidad, las consecuencias de sus errores y limitaciones.

Si el 2 de mayo no hay gobierno en España, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera, en fila india y por este orden, deben irse a sus respectivas casas y dejar paso al o a la siguiente. A los ciudadanos nos importa un comino de quién sea la culpa, la maldita culpa. Si el fracaso se confirma, sabemos con certeza quienes son los cuatro responsables.

Foto: Emma Suárez en Julieta
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