En un país que produce millones de toneladas de las mejores naranjas del mundo, nuestros ministros, portavoces parlamentarios, líderes y lideresas de distinto pelaje y peinado se reúnen al filo de las nueve de la mañana en torno a unos zumos de naranja de bote, hechos con polvos, como un refresco barato.
Les llaman “Los Desayunos del Nuevo Foro”, “del Foro de la Nueva Econosuya” o cosas parecidas; se celebran en hoteles pretenciosos (el verdadero lujo es otra cosa, que le pregunten a Blesa, que entiende mucho de caviar iraní), en escenarios de moqueta con ácaros y luces de neón tibias, con un presentador que hace de secundario torpe, encorbatado y rígido, y un político-estrella que acude a la cita a decir naderías ante sus correligionarios, y dar un par de titulares a los telediarios matutinos.

Titulares que luego se estiran como chicle viscoso hasta los telediarios vespertinos y aún regurgitan en los late shows de la medianoche, por si queda algún presunto votante que no se haya enterado de la evacuación de la jornada. Sobre estas declaraciones, otros políticos de la misma casta hacen sus réplicas y aún sus dúplicas, y los informadores y los tertulianos construímos un relato trufado de vaguedades y circunloquios. Tal es en buena parte el periodismo político que nos asola.
Estos desayunos informativos en torno a unas elegantuchas copas, que no humildes y castizos vasos, de zumo de naranja de bote son el paradigma de la política vieja, rancia, infecta y, sobre todo, narcisista. “¡Estuviste cajonudo, ministro!”, le dice al acabar con satisfacción pánfila el asistente personal, la jefa de prensa del partido, la compañera de escaño, el abrazafarolas de turno. “Lo petaste: tuvimos doscientos tuits”, y se rascan la nalga, y se miran el ombligo. Ni una sola crítica, ni un comentario agridulce, nada que enturbie esta felicidad de bote, como su zumo de naranja.
Aunque ahora los evito, he asistido como periodista a decenas de estos desayunos de bote. Líderes de cartón que llegan y vuelven en coche oficial, convencidos de que les escucha media España porque les aborda un enjambre de micros, sostenidos por reporteros y plumillas mal pagados y peor tratados por sus empresas. Lo importante no es que el zumo de naranja sea falso, sino salir dos minutos en el telediario, y los partidos dedican personal y recursos a cronometrar las majaderías de sus jefes. Que Rajoy presente a Moreno y Susana a Pedro, o al revés, forma parte de la política vieja que habitan; que Tania Sánchez haga exactamente lo mismo, en el mismo decorado y con el mismo zumo de naranja de bote, me abre las carnes. No se asalta el cielo pisando la moqueta del Palace o del Ritz: esas tonterías ya las hicieron Felipe y Alfonso Guerra en sus albores y de aquellos polvos con la OTAN estos lodos.
Tengo la certeza de que los discursitos de bote son de nulo interés popular. Viendo estos decorados decimonónicos y estas caras de autosatisfacción, ningún ciudadano se ilusiona: en la esquina del bar, la gente moja sus desesperanzados churros y su magra pensión en el café con leche, ajena a la tele que reza su cansina cantinela sin que nadie escuche. Nos estáis dando zumo de naranja artificial, de bote, al país que produce las mejores naranjas de Europa. ¡Tu quoque, Tania, fili mihi!

@ValentinCarrera
Foto: Antonio Ruiz, El Huffington Post