Novela-ensayo del filósofo berciano Aniceto Núñez sobre los cátaros

 * Aborda el problema cátaro, ¿religión o política?

 * ¡Quemadlos a todos, que ya Dios reconocerá a los suyos!

No sólo para los bercianos, sino para cualquier estudioso de la Historia y, especialmente de la Edad Media, hay un paralelismo o una corriente de simpatía histórica entre los cátaros y los templarios. Los cátaros, como el Santo Grial o el Temple, fueron y siguen siendo, a lo largo de los siglos, el modelo de lo desconocido, de lo esotérico, de un secreto siempre buscado y nunca encontrado, que provoca la imaginación de muchos escritores, empeñados en descubrir ese algo oculto que nunca ha existido.
Después de diez siglos, la cuestión cátara sigue tan de actualidad como el primer día. Hablar de los cátaros es hablar de poder terrenal, corrupción, herejía, intrigas, dogma, fundamentalismo; temas tan cotidianos que, cuando oímos en los medios de comunicación noticias del Vaticanogate y de otras inmundicias palaciegas, podríamos estar hablando de la época cátara; y viceversa, cuando leemos la historia de los cátaros, parece sacada del último Telediario.

Las preocupaciones espirituales que alientan el espíritu cátaro, forjadas en el discurso de espíritus nobles y sinceros como Santo Domingo, siguen siendo inquietudes contemporáneas, dudas metódicas sobre las que seguimos interrogándonos en este siglo XXI: la verdad, la justicia, la existencia de dios, la eternidad, el bien y el mal. Historia y espiritualidad: tal es la doble perspectiva con la que es preciso abordar la cuestión cátara. La historia de una mal llamada secta de mal llamados herejes, quemados y exterminados con crueldad por el Papado en nombre del dogma y la unidad de la iglesia; y la reflexión teológico-espiritual sobre cuestiones sustanciales al ser humano. Pues bien, esta doble perspectiva, se conjunta en una excelente novela-ensayo que acaba de publicar el catedrático de filosofía Aniceto Núñez.

Sócrates en Cacabelos

 Este cacabelense, conocido de muchos bercianos, de los que fue compañero de claustro o profesor en sus años de docencia en el Instituto Gil y Carrasco de Ponferrada, ha emprendido en la última década una singular trayectoria intelectual como escritor, que nos ha dejado ya algún fruto extraordinario. Primero fueron “Los mitos en Platón” y “Atardecer en Atenas”, dos ensayos dialogados a la manera socrática, donde Aniceto Núñez nos conduce por los senderos del pensamiento griego con sencillez y claridad. Su tercer libro fue “La ciudad del saber”, que este cronista ya ha tenido el privilegio de leer en manuscrito y será publicado próximamente, en torno a ese momento único de la historia de España en que cristianos, moros y judíos conviven armoniosamente en Toledo, capital universal de las lenguas y la ciencia.
El cuarto libro de Aniceto Núñez es este ensayo –escrito como los anteriores a modo de novela histórica dialogada-, “…Y las palabras ardieron en las hogueras”, donde una corriente de simpatía berciana une y enlaza la caída de los últimos templarios con la aniquilación de los primitivos cátaros. Desde la universalidad de la cuestión cátara, o de las predicaciones de Santo Domingo, hablo de “simpatía berciana” porque, cuando Aniceto Núñez me contó por primera vez su proyecto cátaro, sentí que eran múltiples los lazos históricos, las razones y sinrazones que llevaron a unos y a otros a la hoguera. Y fueron, con diferencia de tres siglos, el mismo Rey y el mismo Papado que los condenaron.

Huellas de la cruzada albigense

 He visto nacer y madurar este ensayo cátaro de Aniceto: tuve el privilegio de acompañarle en el viaje de estudios que ambos realizamos en Septiembre de 2009 por el sur de Francia, en busca de las huellas cátaras, visitando todos los castillos y fortalezas, lugares de predicación y templos donde se consumó el “holocausto” cátaro. Contar aquel intenso viaje requiere otra ocasión y no deseo apartarme ahora del contenido del libro; pero dejo constancia de la metódica indagación que precedió a su escritura y de la pasión intelectual con que Aniceto acometió la empresa. De su modelo tomo notas y sigo siendo, al fin y al cabo, aprendiz de filósofo, alumno suyo.

En aquel viaje recorrimos los escenarios de la cruzada albigense que se cuenta en la parte final del libro: Béziers, Carcasona, Bram, Minerva, Termes, Lavaour, Montsegur, Toulose, lugares todos destruidos por el fuego en nombre de Dios entre 1209 y 1213: “¡Quemadlos a todos, que ya Dios reconocerá a los suyos!”. En apenas cuatro años de fuego y azufre, la cruzada albigense aniquiló a miles de cátaros, al mismo ritmo que cambiaban las leyes de Occitania, para imponer el derecho franco.

Así, el Papa Inocencio III, apoyado por duques, condes, obispos y abades franceses, logró aniquilar a estos “cristianos derrotados, conocidos como cátaros. Matanzas colectivas, asedios que provocaban pestes, hogueras donde quemaban a los señalados como herejes…” y creó una Francia fuerte, a su vez valedora del Papado frente a las políticas de los reyes ingleses y alemanes. ¿Religión o política?

La palabra asesinada

Las doscientas páginas de “…Y las palabras ardieron en las hogueras” se leen de un tirón. Son siete capítulos, siete estaciones del vía crucis padecido por los cátaros, que desgranan el contenido revelado por el pensador: la palabra cortés, la palabra consoladora, la palabra mendicante, la palabra disputada, la palabra hipostasiada, la palabra asesinada y la palabra de Dios.

Los cátaros, primos lejanos de nuestros templarios, se autodenominaban “iglesia de Los Buenos Cristianos”. Fueron una manifestación del cristianismo primitivo que, a lo largo de los siglos XI, XII y XIII, apareció en la Occitania y en ciertas regiones de Italia y Alemania. En el fondo, ante la evidencia de una iglesia vaticana corrupta y viciada, era un intento de retorno a la fe y a las creencias originales de los discípulos de Jesús: Evangelios y Cartas Apostólicas.

El catarismo representa, pues, un rechazo a la Iglesia de Roma que, desde Constantino el Grande, se había establecido en el ámbito del Poder terrenal. Una Iglesia y un Papado al servicio de los poderosos, obsesionada por la riqueza y el boato, en permanente contradicción con el mensaje de Jesús y sus discípulos. Una iglesia capaz de prohibir que los fieles creyentes pudieran leer los Evangelios, prohibiendo su traducción del latín a las lenguas que estaban surgiendo en toda Europa. Durante siglos, la palabra de Dios secuestrada por la propia jerarquía.

¿Por qué hablamos del problema cátaro?, se pregunta Aniceto Núñez. ¿Religión o política? Veamos: el centro espiritual del catarismo es Cristo, el enviado por Dios para enseñar a los hombres el camino de la salvación: pobreza evangélica, ascetismo, oración y misericordia con los que padecen, sufren y pecan. Es la Iglesia del Sermón de la Montaña. Por ello, los cátaros rechazan el cristianismo fabricado por los teólogos, quienes complican la fe sencilla, planteando dogmas o misterios inexistentes: Trinidad, Encarnación, Eucaristía… en los que naufraga la razón.

Este desprecio a la capacidad de la inteligencia humana, permite asentar en los fieles ignorantes la convicción de que Dios –ese dios descrito por los teólogos- es incomprensible e inefable, sólo entendible para obispos y clérigos. “No pienses, que ya pienso yo por ti”, dice el pastor a su iglesia-rebaño. El hombre ovejuno debe limitarse a obedecer las directrices de la jerarquía eclesiástica. Contra este estado de cosas, los cátaros alzan su voz y su modelo de conducta. En el libro, el autor analiza esta pugna de creencias a través de diálogos entre fieles cátaros y fieles católicos. En especial, con Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos, al que Aniceto Núñez dedica páginas singulares.

No es fácil analizar y repensar asuntos de inmenso calado filosófico y hacerlo de modo didáctico, por medio de un diálogo ágil y ameno. Aniceto Núñez lo consigue plenamente en “…Y las palabras ardieron en las hogueras”, cuya lectura resulta estimulante y sanadora.

http://es.wikipedia.org/wiki/Cruzada_albigense#El_catarismo

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