El poeta maldito Enrique Gil —el Rimbaud berciano, descreído y progresista, que durante dos siglos nos secuestró la academia meapilas— sigue iluminando con su elegante y preclaro magisterio nuestros pasos por este valle de lágrimas, asolado por los incendios y la sequía.

Enrique Gil fue el primero en imaginar un progreso sostenible para El Bierzo (Viaje a una provincia del interior), y cincuenta años después completó su mirada otro pionero, José Castaño Posse (Un Viaje a las Médulas, Cuatro palabras sobre El Bierzo). Gil pasea su mirada por El Bierzo invisible en el verano de 1842, y lo visita todo: Bergidum, Valle del Silencio y Las Médulas, a las que Castaño viaja en burra en agosto de 1890, “una comitiva de siete pollinos, un estrepitoso coro de rebuznos”, cuenta con humor.

Contemporáneo de Enrique Gil, Henry D. Thoreau, el padre de la ecología, abandona la casa familiar en 1845, el mismo año que nuestro poeta llega a Berlín, y se instala en una cabaña junto a la laguna de Walden.

Thoreau y Gil son almas y sensibilidades gemelas, suya es la mirada interior al paisaje, a lo invisible, y un hilo conductor —un mismo bosque habitado— enhebra su huella entre nosotros: la referencia común es Alexander Humboldt, el autor de Cosmos, cuya obra Gil había leído antes de trabar amistad en Berlín, y es también el sustrato científico de Walden.

Han pasado doscientos años —celebramos en 2015 el bicentenario de Gil y en 2017 el de Thoreau— y la mirada de ambos es más fresca, cercana y necesaria que nunca. Han pasado doscientos años y hemos progresado hacia atrás: donde nuestros soñadores veían paisajes interiores, una pandilla de gestores incompetentes, al mando de una sociedad consumista y desnortada, han sembrado el paisaje de montes incendiados, nuevas montañas de residuos y cenizas, canteras y minas a cielo abierto, el negocio millonario de la basura, chimeneas nocivas y la desolación visible por doquier. Bajo un manto de humo y cenizas, El Bierzo de verdad, el castaño de raíces milenarias, se ha vuelto invisible.

Por eso, en medio de este secarral político e industrial, se recibe como agua de mayo, ¡y aún de agosto!, el libro Viaje a una provincia invisible, de Alfonso Fernández-Manso, nuestro Gil Thoreau del siglo XXI, el humanista y científico de mirada circular que acampa en la laguna de Walden Carucedo. El libro ha sido editado por La Nueva Crónica y la Universidad de León, y su venta aporta una bonita ayuda a Bierzo Aire Limpio, por lo que es aún más de agradecer la generosidad de Alfonso y su compromiso con las causas ecologistas.

Mientras algunos políticos siguen mintiéndonos a bocajarro con las resecas milongas de la minería y Endesa, dos muertos imposibles de resucitar con todo el oro del mundo (que tampoco lo hay), Fernández-Manso pone sobre la conciencia de la sociedad berciana una jugosa granada de reflexiones que son una auténtica hoja de ruta en el camino hacia un Bierzo Sostenible.

Me identifico con todos y cada uno de sus artículos, y me sorprenden tantos hilos comunes, compartidos sin apenas conocernos: desde Gil hasta Thoreau, desde las tierras a poulo hasta la grima común que nos produce la formica, pasando por la defensa de Primout, ejemplo de cómo algunos desalmados consideran que la tierra sagrada de nuestros antepasados está ahí para saquearla sin escrúpulos.

Año de nieves, tiempo de cerezas, o de vendimia, nidos y castañas, cartas al tejo o al zofreral de Cobrana, y al de Lago, que me descubrió Paco Macías. La mirada de Alfonso nos abre el interior de esos paisajes, lo invisible a los ojos nublados del consumismo; los sonidos del bosque devorados por ruidosos quads; lo oculto al turista presuroso. Lo que nos interesa como habitantes del bosque no saldrá nunca en un selfie.

Este libro es, pues, un pequeño tesoro para poner en la mesilla e ir saboreando cada noche en silencio, acaso con un chupito de cerezas en aguardiente. El volumen viene de serie con una presentación de David Rubio que pone el acento sobre lo glocal: “Alcanzar lo universal desde lo local, proyectar la mirada de un forastero sobre tu propia tierra, con la ilusión de un niño, con la sabiduría de un viejo”; un lúcido prólogo de Ignacio Abella sobre “la naturaleza y el mundo rural frente al urbanismo y la industrialización como modos de vivir irreconciliables”; y un epílogo de nuestra bienamada experta en “saber mirar”, Noemí G. Sabugal, en cuyas líneas he encontrado todas las complicidades dichas: Gil, Thoreau, Humboldt y alguna más, como los pasos de Giner y Sierra Pambley en Laciana, que hemos buscado juntos y sobre los que también escribe Fernández-Manso.

Gustoso cóctel de afinidades sanas, esta “perspectiva humanista y ecológica” de Alfonso Fernández-Manso —a quien Noemí propone nombrar cuidador a perpetuidad de los sotos del Bierzo— es una bocanada de aire limpio: el oxígeno de esa provincia invisible que nos quieren robar los pelmas de las chimeneas. ¡Arriba las ramas!

Leer en La Nueva Crónica (4/9/17)