“No caigas en los estereotipos negativos; habla bien de mi país, cuenta las cosas buenas de Irán, que son muchas”

Un reciente viaje a Irán abrió en mi mente la caja de Pandora y activó como un resorte decenas de lecturas, reflexiones y viajes anteriores por el Mediterráneo y Oriente Medio. Antes de zarpar, a bordo del arca de la alianza varada en el monte Ararat, contraje con los lectores y lectrices de Mundiario el compromiso de condensar en cuatro entregas una radiografía política de Irán 2016. La tarea no es fácil porque la complejidad iraní es abrumadora, poliédrica; pero voy a intentarlo, mientras escribo el libro Mayo iraní, que publicará este otoño la editorial Libros.com.

He enviado la primera versión de Mayo iraní a mis amigos y amigas de Teherán, y su respuesta me ha llenado de tristeza: “Tú no quieres volver a Irán”, eso me han dicho, sabiendo que estoy abducido por Persia, enamorado de la dulce Persépolis, y que volvería a sus brazos mil y un amaneceres. De modo que el primer aviso es que todos los nombres de mis informantes son inventados: detrás de esta ficción hay personas que corren peligro de ser sancionadas o tachadas y perjudicadas en sus vidas profesionales. Y esta precaución es el primer trazo grueso en la radiografía de un país (aunque sería más exacto describir Persia como un continente) que muchos observadores cualificados consideran a punto de ebullición. Es por eso que mi próximo libro y estas crónicas se titulan Mayo Iraní: La primavera persa, porque así como hemos conocido las fallidas o abortadas primaveras árabes, una explosión floral de libertades se avecina en Irán. Un país en Transición.

“Tú no quieres volver a Irán”, me ha escrito llorosa Marjane, “¿por qué te empeñas en hablar de política? Sería mejor que hables de un país joven, que se encuentra en un reto entre la globalización y su propia cultura; que lucha por mantener sus tradiciones persas e islámicas al tiempo que se ha adaptado a la modernidad. Sería mejor romper un poco la propaganda negativa contra Irán, dejar de lado la política, y hablar de unos jóvenes a los que nos gusta la música, estudiar, vestir a la moda o chatear. Habla también de un país que lucha por mantener una revolución”. Y concluye mi amiga Marjane: “No te pido un ensayo a favor del Estado iraní, pero ya ha habido un montón de artículos, libros y documentales hablando solo de política y del velo, como si no hubiera otra cosa en mi país, y ninguno ha podido ayudarnos en algo”. Dejo aquí sus heridas palabras para la reflexión.

El orgullo persa

La socióloga del mundo islámico Gema Martín Muñoz comparte el diagnóstico: “La reducción de Irán a poderosos clichés mediáticos resumidos en la omnipresente foto de mujeres envueltas en chador negro atravesando las calles de Teherán como símbolo de la naturaleza regresiva de una República de mollahs, ha ocultado al gran público las intensas dinámicas económicas, políticas y sociales que estaban teniendo lugar en este gran país que se aproxima a los ochenta millones de habitantes”.

Evitemos todo reduccionismo. Cuando la política domina la escena, los matices, el arte, la cultura y las personas hacen mutis por el foro. Para bien o para mal, el poder polariza y monopoliza el discurso: ningún visitante de Irán puede esquivar la cuestión del velo impuesto por la ley de la fuerza [la imposición del chador no figura en la Constitución iraní, que se limita a pedir el cumplimiento del velo islámico; pero de puertas afuera ninguna mujer sin velo desafía a la policía moral]; la violación de derechos humanos y la condición subordinada de las mujeres a manos del patriarcado islámico. Sin perder de vista esta realidad sombría, quiero enfocar también las zonas ocultas, pero brillantes, de un país «mágico». Merece la pena repensar Irán/Persia despojándonos del discurso occidental, que no es inocuo ni inocente. Declinar la presunta superioridad para mirarnos de igual a igual, limpiamente a los ojos.

La segunda reflexión que me inspiran las palabras de Marjane es su orgullo iraní. Nadie entre nosotros ­–ni siquiera la Marca España, acoquinada en sus territorios clientelares­- levanta la mano para decir, “Oiga, no hable mal de España, no hable solo de la corrupción, del PP y sus recortes; proyecta usted una imagen deformada; tenemos otros muchos valores positivos, solidarios, ¿por qué se empeñan en hablar solo de política?”. No es cuestión de pasodobles cañís ni de auto-odio; la diferencia que percibo radica en la convicción: el orgullo persa es transversal a toda la sociedad, y de modo muy especial a la poderosa diáspora iraní, ya sean emigrantes o exiliados políticos. Cuando Marjane me pide que hable bien de su país, es el reverso de una medalla que luce en su pecho orgullosa: “Welcome to Irán! ¡Bienvenido a mi país!”. No sé cuantas veces usted, lector o lectriz españolísima, se ha parado en la calle ante un visitante, ante un extraño (mejor si es sudaca, negro o moro) y le ha casi abrazado, desde luego le ha acariciado con una sonrisa y la ha dado la bienvenida a España. Pregúntese cuántas veces le ha dado usted las gracias a un visitante por haber escogido Murcia o Pontevedra como destino, y además le ha pedido una foto, con su bebé en brazos, y le ha vuelto a dar las gracias con la sonrisa franca y el corazón de par en par. Si acaso, un rejón al turista, una clavada en la cuenta del bar…

Obama en la plaza Azadi

Hablaré bien de Irán, y con pasión contagiosa; pero no puedo rehuir los temas incómodos, sí, la maldita política que enfrenta tribus, dibuja fronteras y mata niñas. Sugiero a los interesados en ahondar en la política iraní el magnífico ensayo de la profesora María Jesús Merinero Martín, Irán 2005-2013. De Ahmadineyad a Rohani (Síntesis, Madrid, 2014), que nos servirá de guía en terreno sembrado de minas.

Es el cuarto libro sobre Irán de esta profesora de Historia Contemporánea (Universidad de Extremadura), empeñada en deshacer los tópicos y la ignorancia sobre Irán, tantas veces asociado de modo simplista a integrismo y terrorismo, como si ese inmenso casi continente fuera apenas un nido de barbudos talibanes. Un discurso ciertamente interesado, a la medida de James Bond, agente 007 con licencia para matar.

El libro de Merinero plantea las preguntas claves de un país en Transición, después de treinta años de sanciones, con la llegada al poder del progresista moderado Rohani, en agosto de 2013, tras la siniestra cuanto compleja década del corrupto Ahmadineyad.

Treinta años de sanciones yanquis y europeas inútiles: nos convendría a todos, especialmente al pueblo iraní, escuchar íntegro el discurso de Obama sobre la reanudación de relaciones EEUU-Cuba. Escucharlo, digo, en Teherán, en la gran plaza de Tupjané, hoy del Imam Jomeini, o en la plaza Azadi, frente a la Torre de la Libertad.

“Esta rígida política [el bloqueo, las sanciones] no sirve ni al pueblo estadounidense ni al pueblo cubano y se origina en hechos que ocurrieron antes de que muchos de nosotros naciéramos. (…) He instruido al Secretario Kerry para que revise la calificación de Cuba como un Estado que patrocina el terrorismo. (…) Creo en el libre flujo de información. Desafortunadamente, nuestras sanciones sobre Cuba han negado a los cubanos el acceso a tecnología que ha empoderado a individuos en todo el mundo. (…) Después de todo, estos cincuenta años han demostrado que el aislamiento no funcionó. Es hora de un nuevo enfoque” (Obama, Washington, 17 de diciembre de 2015).

Es hora de un nuevo enfoque. Si en vez de Cuba, Obama dijera Irán, se abriría para este país y para toda la zona un nuevo tiempo de esperanza. Es cierto que el protagonismo corresponde a la muy madura sociedad iraní, sin tutelas occidentales [“El verdadero problema –me escribe Marjane- está en el interior de las instituciones iraníes, su corrupción y sus copos de poder”], pero la Transición no será real en el interior, si no va acompañada de toda la comunidad internacional: “Si a Irán –afirma Merinero- no se le coloca en el disparadero con operaciones secretas, intentos de desestabilización política o ataques preventivos, su régimen puede ser más racional y pragmático de lo que se le representa en nuestro mundo occidental”.

Tras la década negra de Ahmadineyad, llegó a la presidencia de Irán el moderado Rohaní en agosto de 2013, pero la verdadera Transición se inició en enero de este año, cuando la OIEA (Organismo Internacional para la Energía Atómica) confirmó que Irán está cumpliendo sus compromisos de desarme nuclear y el Consejo de Seguridad de la ONU puso fin a las sanciones.

El levantamiento de sanciones tuvo una traducción inmediata en las elecciones legislativas de este mismo año [1ª vuelta, 26 de febrero; 2ª vuelta, 29 de abril]: en Teherán los reformistas obtuvieron 29 escaños de 30, 13 de ellos mujeres. La coalición reformista consiguió 119 escaños de los 290 que forman el Majlis o parlamento iraní, y el líder progresista Mohammad Reza Aref fue el candidato más votado en Teherán.

Un parlamento plural, más democrático y por primera vez en la historia del país con más mujeres que clérigos, muestra la luz al final del túnel fundamentalista, el túnel en que metió a Irán el fanatismo, la intransigencia religiosa y el pulso nuclear disparatado de Ahmadineyad, un pulso hacia ninguna parte o hacia la noche más oscura, por decirlo evocando la película de Kathryn Bigelow sobre la captura de Bin Laden por los marines. Nuestro deseo, y el de millones de iraníes, es que al salir del túnel florezca la primavera persa. Welcome to Irán!

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