por CÉSAR GAVELA, La Crónica de León, 25 Octubre 1991.

El avión se lanza cuesta abajo por los caminos invisibles del aire y encuentra, bajo la capota blanca de un techo de nubes que se aleja, la tierra de Galicia. El pasajero ya ve los prados, las pierdas grisáceas de los caseríos, los verdes oscuros de sus robledos y castañares, y cree escuchar un verso de Rosalía sobrevolando rebaños y cruceros. Entonces el viajero, que siempre anda fronterizo por la vida, renace a su modo como hijo espiritual de este país del noroeste, y por un instante, lamenta vivir tan lejos de estos fundos y estas nieblas eternales.

Dejo la maleta en el hotel y busco una calle del Ensanche compostelano. Llamo al timbre y aparece Valentín Carrera, berciano, aventurero y escritor, además de licenciado en letras y, ahora, guionista y realizador de programas para la televisión gallega. Estoy en un apartamento lleno de libros y manzanas donde hay una mesa grande que cobija un ordenador, mazos de folios, textos a medio terminar, encargos acuciantes y la versión en castellano de su novela «Riosil», que fue premio Blanco-Amor de narrativa el año pasado.

Valentín saca una botella de vino del Bierzo y charlamos de sus proyectos y realidades. También de su retorno transitorio –que se me antoja definitivo- a la tierra de Galicia. Alguien que anda muy cerca de nosotros tiene la culpa. Salimos los tres luego a pasear por las calle de Santiago y cenamos en un viejo figón decorado con una rústica noria de cangilones de madera negra. El vino, ahora, es de Amandi. Sobre las once entramos en el Teatro Principal, en la Rúa Nova, donde se inaugura la temporada del Centro Dramático Galego con un montaje de «El incierto señor don Hamlet», de Álvaro Cunqueiro.

Al día siguiente recorremos librerías y tabernas. Comemos pulpo y caldo y serpenteamos entre los rostros ceñudos de los sindicalistas campesinos que escuchan, en la plaza de la Quintana, las soflamas de sus líderes de barba y cazadora negra. Son las tres de la tarde y apenas queda tiempo apara pasear. En frente de la vieja universidad entramos en un restaurante que se llama El Asesino. En su cocina decimonónica, Valentín me presenta a una señora mayor, que sirve cuencos de natillas. Atiende al público con al misma soltura con la que, hace sesenta años, servía a don Ramón María del Valle-Inclán, que ocupaba cada día la mesa que está junto a la ventana.

«Siempre tomaba merluza», nos dijo. «Ahí comió hasta tres días antes de morir».

Bebimos un Oporto en el café Derby, y nos acercamos a la estación. Cuando subí al tren de Orense soñaba entre feliz y melancólico que gracias a Valentín Carrera yo también era un personaje de Divinas Palabras.

Foto: el famoso café Derby, donde nos bebimos el Oporto.