¿Qué suciedades ocultan los documentos secretos o confidenciales? ¿Qué pagan los fondos reservados? ¿Qué esconden los códigos encriptados?  «La información -afirma WikiLeaks- debe ser libre y de dominio público, la tecnología puede ser usada para derribar las fronteras sociales existentes, debemos sitiar la información prohibida».

He leído con fruición las 489 páginas del ensayo «UNDERGRUOND» de la periodista Suelette Dreyfus, en colaboración con Julian Assange, fundador de WikiLeaks, actualmente refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, por una turbia reclamación que pretende enjaularlo en una cárcel de EEUU tras un breve paso por una sauna sueca, si su abogado defensor, Baltasar Garzón, no lo evita. Así son los camino de la llamada Justicia.
Dreyfus firma un relato apasionante sobre los orígenes y desarrollo de la cultura hacker, vanguardia de Internet y pesadilla de bancos, gobiernos, Interpol, CÍA y otras ONG´s similares.

A través de una minuciosa investigación, desde Australia a EEUU, pasando por Europa, de universidad en universidad, de ciber en ciber, Dreyfus reconstruye el itinerario intelectual y delictivo de una pequeña élite de cibernautas capaces, a veces por simple diversión o por un reto, de romper la seguridad de los ordenadores de la NASA o del Citibank, hacerse una identidad con privilegios de administrador, monitorizar todas las claves de acceso, pasearse por el disco duro más protegido y secreto, bajarse un archivo, o mil y dejar provocadoramente, una señal de la visita: «Aquí estuvo Ántrax». Y todo desde un módem primitivo o una vulgar cabina de teléfonos.

Verdaderas pesadillas para la policía, hackers como Ántrax, Par, Phoenix, Force, Gandalf, Electron fueron los «padres fundadores» del wikilikismo, del movimiento hacker, gracias al cual la informática, la seguridad en la web, las técnicas de encriptación y otras muchas disciplinas dieron saltos de gigantes. Creadores de gusanos y virus sofisticados, solo por el placer de hacerlo, algunos acabaron incluso siendo fichados por compañías informáticas de primera fila. Otros en la cárcel, o en el suicidio, que de todo hubo entre estos héroes d eun ejército irregular, formado por cientos de ciberactivistas dispersos por todo el mundo.
WikiLeaks es la heredera directa de ese guerra de guerrillas en la red. La edición española en SeixBarral concluye con unas páginas sobre el Caso Couso que ningún periodista debería dejar de leer. Los cables publicados por WikiLeaks sobre las presiones de la Embajada EEUU al Gobierno de Zapatero y a la Fiscalía, y cómo esta se pliega a los dictados de Washington debieran figurar en la antología de la ignominia.

En un mundo lleno de secretos oficiales, códigos militares, explosiones nucleares incontroladas, carrera armamentista, Guantánamo, invasión de países, daños colaterales, ataques selectivos y otras invenciones diabólicas, en un mundo donde el ciudadano normal está cada vez más controlado, vigilado e indefenso, la ciberguerra ha dejado de ser un juego de hackers para convertirse en un movimiento cívico. Cuando WikiLeaks vacía y publica las sentinas del sistema, hace periodismo en estado puro. Sin cañones, sin bombas de racimo, sin víctimas, sin disparar un tiro.