Desde la habitación de hospital donde mi hija Sandra lucha contra la leucemia, se ve una persiana, pero ella abre cada mañana la ventana a un nuevo paisaje y viaja con ayuda de los amigos y amigas que le envían fotos y postales: Venecia, Buenos Aires, Rabat, El Bierzo. Cuando le comenté que asistiría al concierto Palabras para Galicia en la plaza del Obradoiro, me pidió: “Llévame contigo: escríbeme tu ventana”.

Abro de par en par esta ventana de La Nueva Crónica para contarle a Sandra, y contaros, una pequeña historia personal, compartida por cientos de niños leoneses de mi quinta. Digo niños, y no niñas, porque los campamentos de la OJE en 1968 no eran mixtos: los chicos a La Vecilla y las chicas a Boñar.

Pasé tres veranos cazando gamusinos en el campamento de La Vecilla, a orillas del río Curueño, donde los más listos pescaban truchas a tenedor (con un tenedor atado a un palo). Éramos tres centurias, trescientos rapaces uniformados, de 10 a 15 años, durmiendo en tiendas de lona —una escuadra de seis flechas en cada tienda, la nuestra se llamaba Los Leones—; dos semanas conviviendo en la naturaleza. No es momento de analizar el papel de la OJE como organización juvenil del franquismo, tarea pendiente que da para varias tesis demoledoras. Solo conservo buenos recuerdos y una inmensa gratitud (es de ley citar a educadores como Cito Linares, Pedro F. Redondo, Emilio Cubelos o Chus).

Uno de aquellos niños leoneses podría haber sido Juan Carlos Escotet: en 1968 tenía nueve añitos y, visto su brillante currículum, hubiera dado un estupendo sherpa en la escuadra Los Leones; pero en aquellos años grises, millones de españoles, miles de leoneses, se veían obligados a abandonar su tierra y emigrar a América, Suiza o Alemania, en busca de fortuna. La familia Escotet, asturleonesa, había emigrado en 1947; y aunque Juan Carlos nació en Madrid, su infancia transcurrió en Venezuela: perdimos un guaje, pero andando el tiempo ganamos un leonés universal.

Si Juan Carlos Escotet hubiera dormido al raso, bajo la carpa de las estrellas del Alto Valle, recordaría toda su vida la sensación de despertar cada mañana al son fantástico, motivador, vigoroso, del Himno de la Alegría: “Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos”.

De tantos recuerdos magníficos de aquella niñez feliz, ninguno tan estimulante y alegre como despertar al alba —ateridos bajo las mantas y la lona empapada de rocío—, a los acordes de la Novena Sinfonía. Han pasado cincuenta años y sigo amaneciendo cada mañana con las notas de Beethoven y los versos de Schiller cantados por Miguel Ríos. La canción de la alegría.

Cuando la noche mágica del 7-7-2017, nada menos que en el Obradoiro, al raso y bajo las estrellas, en compañía de aquel niño leonés emigrado a Venezuela, y de otras cuatro mil personas privilegiadas, tuve el honor de escuchar la Novena de Beethoven, y sentir en cada poro de la piel erizada por la emoción los versos de Schiller, entonados por el Orfeón Donostiarra, recibí la misma descarga de fuerza, energía, alegría, convivencia y hermandad que forjaron mi temperatura emocional desde muy niño en las faldas de la Montaña Central de León.

Guardaron silencio las campanas de la Berenguela y la palabra «educación» resonó en cada nota, columpiándose entre las altas torres de la catedral, repicó en las gárgolas platerescas del Hostal de Reyes, hizo cabriolas entre las columnas del Pazo de Rajoy de Plebeyos, resonó en la habitación 147 del CHUS, y vino a detenerse justo delante de mi fila, la fila 24: toda la fila 23 estaba ocupada por decenas de niños y niñas, ahora sí, de la Orquesta ReSuena [proyecto ético, pedagógico y artístico, patrocinado por ABANCA, para la reinserción social de la infancia y de la juventud en situación de riesgo y exclusión, a través de la música].

Compartí con Sandra el concierto del Obradoiro a través de sus ojos, escuché la música en el movimiento de sus cabecitas inquietas. Los futuros talentos de ReSuena vibraban con el diapasón de la libertad, el único que templa las cuerdas de la educación. Pensé entonces que también, a su manera, Beethoven fue un niño grande, y un poco sordo, porque solo la mente de un niño, limpia tanquam tabula rasa, puede concebir la grandeza de la Novena Sinfonía.

Otro niño genial hacía vibrar la batuta sobre el escenario, saltaba, reía, lloraba de alegría, bailaba cada movimiento, cantaba los versos de Schiller a coro con el Orfeón Donostiarra: el director venezolano, es decir, universal, Gustavo Dudamel. El director de los niños, el humanista que concibe la música y la cultura como la poderosísima herramienta educativa que es, capaz de fundir los muros de Berlín y los telones de acero: en la Alemania reunificada, en la India de Kailash Satyarthi o en Venezuela, donde florece la esperanza.

Dudamel, querida Sandra, dirige la Filarmónica de Los Ángeles y consagra su vida a las orquestas y niños de El Sistema, programa modélico venezolano de desarrollo social a través de la música, antecedente de la Orquesta ReSuena. Antes de transportarnos a la niñez, Dudamel proclamó la importancia de la música, la literatura, las artes, como el verdadero motor del progreso humano, y dedicó su concierto a todos los emigrantes del mundo, ¡desde el Obradoiro, casa común de acogida de millones de peregrinos!

Pero aún antes de Dudamel, tomó la palabra otro niño genial, el emigrante leonés Juan Carlos Escotet, “el banquero que lee poesía”. No estamos acostumbrados a banqueros ilustrados, como no estamos acostumbrados a políticos ilustrados. El nivel país es tan deprimente que escuchar de pronto en el Obradoiro, en respetuoso y atento silencio, a alguien que tiene algo serio que decir y sabe lo que dice, y lo dice bien, es sentir correr por las venas un verdadero Himno a la Alegría.

Los discursos de Escotet y Dudamel deben ser leídos con sosiego: palabras de libertad, de alegría y de esperanza. Para Galicia —también León y los amaneceres de La Vecilla flotaban en el ambiente—; para Venezuela, la sexta provincia gallega; y para todo el mundo. Que donde sonrían un niño o una niña, haya una escuela, suene un instrumento musical y se abra una ventana a la alegría. ¡Arriba las ramas!

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Más información:

Un memorable concierto de Gustavo Dudamel, la OSG y el Orfeón Donostiarra pone el broche final a Palabras para Galicia de ABANCA: http://bit.ly/2uYkTj5 .