-Socavar las relaciones subordinadas, postcoloniales, y trabajar cooperativamente por las relaciones entre iguales

Cuando estuve en la Antártida, hacía tanto frío que, al hablar, las palabras se congelaban nada más salir de la boca y para entendernos teníamos que freírlas. Algo parecido está pasando estos días a propósito del procés catalán de ruptura con España, desconexión emocional, independencia o como quieran llamarlo. Salen de las bocas palabras gélidas, vacías de contenido, y hay que freírlas un poco para entendernos. Necesitamos cocinar las palabras, es decir, usarlas para comunicar, y no como balas de plomo contra el discrepante

Independencia, Ley, Soberanía, España. Más que palabras, palabrotas: defina usted qué entiende por cada uno de estos conceptos y le diré si su definición me acomoda o no. Mi idea de España se parece más a la de Ortega y Gasset (“un proyecto de vida en común”; y si no existe, se llama divorcio) que al nacionalcatolicismo rancio de Mariano Rajoy. Sobre la Ley, estoy más cerca de la desobediencia civil de Henry D. Thoreau, padre del ecologismo, que de la Ley del Embudo de la vicepresidenta Soraya: ¡Palo y tentetieso!

Dos tacos están de moda este otoño: Soberanía e Independencia, dos conceptos sobados y abusados sobre los que me gustaría proyectar una mirada desde la ecología. ¿Tiene algo que decir el movimiento ecologista sobre Catalunya? ¡Pues claro que sí! No solo tiene mucho que aportar, sino que la solución está justamente en la mirada ecologista, en la biodiversidad humana, política y social.

¿Qué significa soberanía? Nada, un concepto vacío, podría ser el título de una canción de Sinatra, My way: soy soberano a mi manera y en mi casa mando yo (pero muy poquito). No sé si España es un Estado, una nación o una colonia yanqui, tengo dudas; pero sí tengo la certeza de que no es un país soberano. España no tiene soberanía militar, subordinada a la OTAN. No tiene soberanía monetaria, cedida al euro y al Banco Europeo. No tenemos soberanía económica ni bancaria, deturpada por la city londinense. No tenemos soberanía legal, pues nuestro ordenamiento jurídico está sometido a la legislación europea, de rango superior. Tampoco tenemos soberanía energética, pues dependemos del petróleo de Arabia Saudí, del gas libio o de la electricidad nuclear francesa. No tenemos soberanía alimentaria: importamos toneladas de comida y bebida. No hay soberanía médica o farmacéutica: nuestros enfermos dependen de los grandes laboratorios suizos y alemanes. Por supuesto, carecemos de soberanía tecnológica e industrial: toda la tecnología que usamos en móviles, informática, aviones, etc., viene del exterior. En cuanto a soberanía como identidad cultural, la invasión de Google, de Youtube o del cine americano monopoliza todo, dejando apenas espacio a las creaciones culturales, musicales o cinematográficas propias, y a otras muchas áreas de nuestra vida cotidiana.

¿Dónde está la soberanía? ¿Qué significa independencia? Podría Catalunya el mes que viene ser independiente de España, o al menos de la España personificada por Rajoy; pero, supongamos que no fuera echada de la UE, Catalunya seguiría siendo drogodependiente de Bruselas, Londres y Berlín. Lo de menos son el territorio y las banderas: una Catalunya independiente carecerá de soberanía militar, económica, monetaria, legal, energética, nuclear, industrial, alimentaria, tecnológica, farmacéutica…

Deseo que la admirable sociedad catalana, madura y fecunda, avanzada, biodiversa, encuentre su camino pacíficamente; pero al día siguiente de la declaración de independencia tendrán, tendremos que hablar de otra palabreja: la interdependencia. Porque vivimos en sociedades complejas y globales, donde los problemas y las soluciones viene más a través de la mutua interdependencia que de una inexistente soberanía. Y esto vale igual para España, para Catalunya, para Portugal y todos los demás, incluso Corea del Norte.

Deberíamos hablar de cómo queremos que sean esas relaciones de interdependencia: atacar y socavar las relaciones subordinadas, postcoloniales (territoriales, militares, financieras; aquí entra el procés catalán); y trabajar cooperativamente por las relaciones entre iguales. El modelo de cooperación transversal está en la Naturaleza, en la biodiversidad de nuestros bosques y ecosistemas, donde todo está profundamente relacionado.

Una mirada ecologista a lo que está pasando en Catalunya debería enseñarnos el camino para convivir en ecosistemas políticos y sociales biodiversos, capaces de cooperar y relacionarse de tú a tú, evitando los monocultivos, las semillas transgénicas y las especies invasoras. ¡Arriba las ramas!

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Fotos: Carmen Rosa Carracedo