En 1953, una veintena de países (entre ellos, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, ¡y Grecia!) firmaron con Alemania el Acuerdo de Londres, por el que los acreedores condonaban el 62,5% de la deuda alemana, así como dos tercios de los intereses vencidos (algunos pendientes desde 1934), se redujo el interés y se reestructuró el plazo, de modo que Alemania acabó de pagar su deuda externa el 3 de octubre de 2010, casi cincuenta años después.

Gracias a esta condonación y renegociación de la deuda, Alemania pudo despegar tras la catástrofe de la II Guerra Mundial y llegar a ser la potencia económica que hoy conocemos. La politóloga Paula Suárez Buitrón ha estudiado las lecciones del caso alemán [Deuda externa: juego de intereses, Quito, 2003] planteando esta pregunta: “Si fue bueno para Alemania, ¿por qué no es bueno para Ecuador?”. Si fue bueno para Alemania en 1953, ¿por qué no es bueno para Grecia, España o Portugal en 2015?

El objetivo del Acuerdo de Londres, en palabras del jefe de la delegación alemana, Hermann J. Abs, era “conseguir un trato aceptable por los acreedores y pagable por los deudores”, lo que incluyó la totalidad de la deuda pública y privada alemanas (52.300 millones de marcos en 1953). Según Abs, “el problema de la deuda alemana no sería solucionable vía medidas restrictivas ni política de austeridad que desencadenarían una reducción del comercio, de la producción y del consumo, sino exclusivamente con el desarrollo, la potenciación y la liberalización del comercio exterior” [Deuda externa, p.49]. El negociador alemán Abs propuso en 1953 exactamente lo que Syriza, Podemos y millones de ciudadanos con elemental sentido común proponemos ahora para Grecia, España y Portugal: ni medidas restrictivas ni austeridad, sino el camino que siguió Alemania en 1953, mantener e incentivar la producción y el consumo, y desarrollar el comercio exterior.

Da cierto asco…
Los acreedores -dando por bueno que la deuda haya sido auditada y convalidada democráticamente- deberían saber que una economía exhausta, como la griega, no paga ni aun queriendo (o, como en el caso español, con grandes sacrificios de los más humildes y una generación entera enviada al exterior como mano de obra low cost). Con la economía asfixiada, por mucho que se exprima el limón amargo de la pobreza, el paro sigue creciendo, la deuda aumenta y los intereses se multiplican. Ahí están los datos.

El mundo comprendió en 1953 que la reestructuración de la deuda es una herramienta de desarrollo y que solo con desarrollo y riqueza puede pagarse la deuda. Una reestructuración equilibrada es beneficiosa para todas las partes y solo creciendo, “saliendo del agujero”, puede un país, una empresa o un particular, recuperar la solvencia financiera.

Por ello, da cierto asco que este Gobierno sumiso cuestione la reestructuración de la deuda, y el tándem PP-PSOE eleve el déficit cero a dogma constitucional vergonzante, en un país que ha perdonado sin remilgos deudas millonarias a partidos, sindicatos, corporaciones, empresas, clubes de fútbol, comunidades autónomas, ayuntamientos y particulares, muchas veces sin justificación y tapándose la nariz: “Caja Madrid perdona 16 millones al PP”, “Caixa Galicia perdona 300 millones de pesetas al PP”, “El Banco Santander perdona 12 millones al PSOE”, etc., etc. Da mucho asco, y más cuando sabemos que el Banco de España ha ocultado sistemáticamente estos datos.

Hablar de reestructurar la deuda no es ser revolucionario, chavista o bolchevique, como no lo eran en 1953, Grecia, España ni los otros veinte países que condonaron su deuda a Alemania. La justicia histórica y el sentido común dicen que ha llegado la hora de poner firme a la Troika –que no responde a ninguna instancia democrática- y expulsarla de nuestras vidas y de las instituciones europeas.
Muchos ciudadanos creemos en Europa, pero no en su Europa de los Mercaderes, sino en Europa de los Ciudadanos, Europa de Goethe, Erasmo o Da Vinci; y desde luego, no es la Troika liderada por Merkel ni su sucursal mariana en la Moncloa quienes tienen el monopolio de la definición de Europa.

Quizás el saneamiento de esta democracia podrida venga de nuevo, dos mil quinientos años después, desde la Grecia de Pericles. Frente a tantas miradas hostiles, frente a los estómagos agradecidos que siembran la cizaña y el miedo, frente a quienes prometen programas que luego no cumplen, nos va mucho a todos en que Syriza cumpla de verdad su programa. Ojalá las cosas salgan bien en Grecia como yo, con la razón y con el corazón, deseo.
¡Sinjaritíria, Grecia!

@ValentinCarrera
Ilustración: Visite à l’atelier de Phidias, Le Roux Hector (1829-1900), Bayonne, musée Bonnat
Foto: Conferencia de Londres, 1953, de Picture-alliance /DPA.
Descargar el libro de Paula Suárez Buitrón, Deuda externa: juego de intereses, Quito, 2003.