Estamos llegando al punto en que cualquier opinión discrepante del gobierno, o de lo que el poder considera políticamente correcto, conlleva un simbólico fusilamiento al amanecer, sin derecho de réplica. No interesan los matices, las opiniones discordantes, las críticas, las dudas, las preguntas incómodas. El insólito y autoritario PP de Mariano Rajoy gobierna desde el pensamiento único: o conmigo o contra mí; y si no me aplaudes y me das la razón eres un antisistema, o como diría la iluminada de Castilla-La Mancha, un pederasta y un terrorista.

Además de ser todo eso, también me declaro culpable de las muertes de la madre de Bambi y Manolete, y ahora que les voy a contar mi posición radical contra el turismo salvaje, impútenme también el asesinato de Kennedy. Toda vale al mal gobernante de brocha gorda. ¡Para qué detenerse en los matices!

—¡Ha dicho que es radicalmente contrario al turismo! ¡Que le corten la cabeza!

Perdone, don Mariano, Reina de Corazones: he dicho “radical” y “turismo salvaje”. Y usted, filibustero mío, traduce lo que le da la gana: por radical quiere, porque cree usted que le conviene, entender “extremista”, que son cosas bien distintas. Se va usted, sin mi permiso, a la acepción 5ª de la RAE (“extremoso, tajante, intransigente”), pues cree el ladrón que todos son de su condición. Yo empleo aquí “radical” (> de raíz) como sinónimo de fundamental, esencial, completo. Y sí, créame, el turismo en nuestro país necesita un cambio radical, esencial, fundamental, completo. Porque es un sindiós insoportable, una plaga del siglo XX que ha explotado exponencialmente en el XXI.

Pero además, he matizado (ya sé que a usted le interesará desprestigiar mi humilde opinión y amontonarme con la CUP y la kaleborroca), he matizado, digo, el concepto “turismo salvaje”, que a usted le parece tan simpático y miles de ciudadanos pensamos que es un absoluto desastre social, cultural, ecológico y, a la larga, también económico, por más que en el corto plazo de su miopía le salve ahora las cuentas y el subempleo precario que no ha sabido resolver de otro modo. ¡Qué sería de su Montoro sin el capote del turismo! ¡Que dure mucho la guerra y la inseguridad en todo el Mediterráneo, que nosotros acogemos a los miedosos europeos ansiosos de sol y beer! Como en los mejores tiempos de Franco: fútbol, toros y sol.

Volvamos al turismo (recuerde, salvaje): ¿Qué previsiones ecológicas ha hecho su gobierno para acoger a ochenta millones de visitantes que durante semanas comen, beben y hacen sus necesidades en sitios claramente sobrepasados? ¿Qué legislación, ustedes, ¡tan amantes de cumplir la legalidad!, están respetando? ¿Qué estudios tienen sobre demanda energética, o sobre el disparatado consumo de agua? ¿Sabe usted que hace tiempo gastamos la energía y el agua que nos tocaría para todo este año? ¿Y sabe usted que están los pantanos vacíos, los campos sedientos y se avecina una sequía sahariana? ¿Van a resolver los turistas el problema de nuestros agricultores? ¿Vamos a comer sombrillas, viseras y camisetas?

Turismo salvaje es el abarrote de Barcelona, las mesnadas de inconscientes descerebrados de Salou o Ibiza, pero también la saturación de las Islas Cíes y otros parques naturales donde no se respetan los límites de visitantes, (¡ah, la legalidad mariana, martillo pilón de catalanes!); más bien se pasan los límites y las ordenanzas por el forro todos los que llevan parte del negocio: el del barco, los hosteleros, el del camping, y el que lo ve y lo permite; ¡maldigo la corruptela que infecta la sociedad de arriba abajo, gracias a usted y a la madre de todas las corrupciones! También en eso necesitamos un cambio radical, recuerde: total, esencial. Nada de maquillaje, sombra aquí, sombra allá.

Turismo salvaje (y no significa del Caribe, sino “falto de educación, ajeno a las normas sociales, descontrolado”) es meter la Vuelta Ciclista a España por Ancares. O saturar de autobuses Las Médulas, ese monocultivo berciano, verdadera gallinita de los huevos de oro, aunque el pueblo mismo de Médulas se caiga literalmente a trozos, con decenas de casas en ruina.

Entonces, por decir que llevamos años sin un verdadero concepto de turismo sostenible en España, y en El Bierzo, usted me tachará de antisistema; y sí, ya le dije que fui yo quien asesinó a Kennedy, pero aquí los únicos antisistema son los chorizos Messi y Ronaldo, que se pasan la ley por el paraíso fiscal; o las compañías aéreas que nos tratan peor que ganado, mientras usted hace senderismo en Sanxenxo, por cierto, otro modelo de turismo y urbanismo salvaje.

Los antisistema, además de sus amigos de Soto del Real o aquellos delincuentes de Eurovegas, son los que destrozan un ecosistema que no les pertenece: este país no tiene dueños, es una herencia de nuestros antepasados que debemos pasar intacta a nuestros hijos. ¿Cómo? La solución sensata es turismo limpio, ecológico, limitado, selectivo (no de élite, sino de calidad; solo el necio confunde valor y precio), a escala humana; en resumen, frente a esta salvajada atorrante, un modelo de turismo sostenible. ¡Arriba las ramas!

Foto: Peregrinos en Manjarín, por Anxo Cabada

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