El impulso movilizador del escritor berciano Valentín Carrera está consiguiendo que este año se conmemore con dignidad el segundo centenario de Enrique Gil y Carrasco. Primero, con la edición depurada de sus obras completas en volúmenes atractivos y manejables. Y luego, con el empeño complementario de etiquetar la celebración como Año romántico. Fundamentalmente en El Bierzo, pero no sólo, los meses se adornan de actividades culturales dirigidas a fomentar la lectura de las obras de su paisano. Y esta semana, arropando la efeméride bicentenaria del día 15, un congreso académico distinguido con la presidencia de honor del profesor Picoche, redentor de los tópicos que asfixiaban a Gil y Carrasco, debatirá en torno a los estudios e investigaciones más recientes sobre la vida y obra del escritor berciano.

Sin duda, es el mejor y más legítimo beneficio que puede obtenerse en la rueda de los centenarios. En el caso de Gil y Carrasco, hubo que esperar hasta ahora para acercarnos a su retrato menos encofrado, a través de una lectura más suelta. «La tez pálida, el cabello castaño claro, casi rubio y los ojos azules». Tres décadas después del esfuerzo benemérito de don Augusto Quintana por desvelar a Juana Baylina como su amor y musa, ya puede leerse sin susto el apunte de su filiación masónica, que lo sitúa en el círculo del presidente González Bravo, quien le encarga la misión diplomática de restablecer relaciones con Prusia, y de su éxito en la corte de Berlín, donde despliega una seducción que alcanza al científico Alexander Humboldt, quien lo agasaja con la medalla de oro de Prusia, reservada a artistas y escritores relevantes.

Como advirtió Azorín, el paisaje del Bierzo traspasó los dominios de su cíngulo montañoso gracias a la obra de Enrique Gil y Carrasco, quien sin embargo no mostró ningún apego por su pueblo villafranquino. Todo el mundo conoce las razones de aquel desdén. Su padre, un soriano de Peñalcázar, en la vecindad del Jalón, se instaló en Villafranca como administrador del marqués y fue despojado del empleo con un baldón de varios miles de reales. Aquel despido malogró entonces la fortuna literaria de la villa, que trató de resarcir el desprecio de su escritor más importante con festejos poéticos en la Alameda de más oropel que quilates. Un siglo más tarde, Ramón Carnicer también mantuvo tachado a su pueblo durante décadas en sus estancias bercianas, a causa de otro tipo de crueldades. Menos mal que la cepa villafranquina siguió dando buenos frutos literarios y tanto el cuentista Pereira como el poeta Mestre contribuyeron a lavarle la cara. La Biblioteca Gil y Carrasco, impulsada por Carrera, es el mejor viático para disfrutar con provecho y deleite el estío del centenario.

ERNESTO ESCAPA, Diario de León, 11/07/2015