Scottish Tornarratos (y X)

Renuncio, por imposible, a resumir la valiosa experiencia personal de haber seguido a pie de urna el referéndum escocés; el estudio de este proceso más constituyente que independentista ha sido y es apasionante; pero no renuncio a dar las gracias a los medios que han acogido generosamente estas crónicas, El Semanal Digital, Galicia Confidencial, Radio Galega y Foro Aberto (TVG), y a los lectores que las han seguido.

Concluye Scottish Tornarratos al filo de la navaja, de la navaja barbera que Rajoy afila para afeitar en seco el decreto de convocatoria de la consulta catalana que Mas firmará el 27 de septiembre: permítanme que dedique esta última crónica a las consecuencias y enseñanzas del caso británico-escocés en el proceso hispano-catalán.

No se alarmen, no hay paralelismos, en este artículo de Javi Dale tienen descritas ocho diferencias clave entre Escocia y Cataluña, y hay más. Pero no simplifiquemos lo complejo. Ayer contamos cómo el terremoto escocés y sus réplicas inglesas han descolocado la política del Reino Unido, en víspera de dos elecciones cruciales, británicas y escocesas, en mayo de 2015. Contamos cómo el propio hecho del referéndum, al margen de su resultado, interpela al constitucionalismo británico, el más elaborado, profundo y quizás el más democrático del orbe occidental.

Sabemos que la sacudida escocesa ha movido el trono de la Reina octogenaria, incómoda, alarmada, angustiada ante una realidad que hace décadas le supera y sabemos que USA, la Commonwealth, toda Europa han contenido el aliento en la noche del escrutinio. ¿Todos menos La Moncloa? Sería una grave irresponsabilidad despreciar las enseñanzas escocesas, ofuscados por el pulso de Artur Mas. De las decenas de análisis y declaraciones que he leído tras el 18S, quiero subrayar las de un político de derechas, moderado y con responsabilidades institucionales, a la manera del primer ministro escocés Salmond. Me refiero al lehendakari vasco Iñigo Urkullu, si no el único, sí el que ha hablado más alto y claro de un concepto que deberíamos incorporar todos a nuestro glosario político: “la soberanía compartida”.

Dos visiones de España

Se nota que Urkullu ha estudiado los ensayos de Michael Keating y ha analizado a fondo los casos de Quebec, Escocia o Puerto Rico, para no repetir los errores de Ibarretxe. “La voluntad del Gobierno vasco –ha dicho Urkullu– es avanzar por el camino de Escocia”. Que no se despisten en Moncloa: el reto vasco sí va en serio y más pronto que tarde la soberanía compartida estará en el centro del debate constituyente español y europeo.

Con esto no rebajo la fortaleza del “desafío catalán”: allá con sus peleas quienes cuenten manifestantes, votos y banderas. Quien pretenda aguar la demanda catalana, hacerla de menos, insultarla o ignorarla cometerá un error de bulto. La discusión de fondo no versa sobre si Cataluña fue o no una nación en 1707 y cuánta sangre derramada en el camino, sino cómo encajar o conciliar lo que ya en Manuel Azaña y Ortega y Gasset eran “dos visiones de España”.

“Un pueblo vivo, adulto, como el pueblo español, no puede admitir una Constitución rígida, impuesta por un Parlamento, fanatizado por una doctrina política”, proclamó Azaña en las Cortes el 27 de mayo de 1932. ¿Tan poco hemos avanzado en 82 años? ¿Es posible organizar la convivencia de 742 millones de europeos en el siglo XXI con fórmulas del siglo XIX, algunas de clara estirpe feudal?

Ya 1932 los conservadores de Maura hablaban del “cumplimiento de la ley”, mantra de La Moncloa, como si en este país nuestro se cumplieran a rajatabla todas y cada una de las leyes, incluidos los más elementales derechos ciudadanos al trabajo y a la vivienda, consagrados por la Constitución. No hará falta una tesis doctoral para afearle la conducta hipócrita del Gobierno con siete docenas de “incumplimientos de la ley”. Que solo se aplique ricino a Cataluña es no haber aprendido nada del proceso escocés.

Soberanía amputada

El desafío catalán se encarrilaría si Rajoy pusiera mañana sobre la mesa la soberanía compartida, como le pide Urkullu, como demanda Salmond, como practica Europa, donde más que compartir, ya cedimos y amputamos nuestra inalienable e indivisible soberanía en política monetaria, fiscal, de inmigración, agrícola, naval, pesquera, consumo, hipotecas… ¿sigo o lo dejamos? Por favor, que Jorge Monagas le repase al Presidente el Memorandum of Understanding.

Para concluir me arriesgo a dar un pronóstico: el independentismo catalán y vasco están aprendiendo a circular por la izquierda. Como muchos dijimos de Escocia, pase lo que pase el 18S y el 9N, Alex Salmond y Artur Mas ya han ganado el pulso. Ganan votos, ganan competencias, ganan espacio social, eco internacional; consolidan cimientos y, alimentando el victimismo, se cargan de razones.

Con su habitual estilo, Jiménez Losantos llamaba esta semana “perfecto idiota” a Cameron; sin querer igualarme en el insulto, que no comparto, se diría que Rajoy, empeñado en seguir conduciendo por un carril único, le disputa el título.

Exactamente igual que en Escocia, el pulso catalán no se resolverá con un 54/46% o algo así en las urnas del 9N, ya sean urnas de cristal o de cartón-piedra, sino en las próximas elecciones plebiscitarias, con un contundente 70% a favor del independentismo (no necesariamente nacionalista) escocés y catalán. Y a continuación, respaldada por los votos, la declaración unilateral de independencia ya anunciada –lean ustedes amenazada, si lo prefieren– por Salmond y Oriol Junqueras.

Escocia le ha dicho al mundo que otro futuro es posible: ante el derrumbe de los Estados-nación decimonónicos, la soberanía compartida es la argamasa de la Europa interdependiente en la que crecerán nuestros hijos.

@ValentinCarrera
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