Mientras escribo estas líneas —que entenderéis no son fáciles, vengo aquí a desnudarme—, mi hija Sandra pelea sin tregua contra el Emperador de Todos los Males: el cáncer.

Escribo en su cuarto de estudio: las paredes pintadas con grafitis, dibujos, poemas, firmas de los amigos y amigas que han ido pasando por casa desde que Sandra era un pequeño Koala que trepaba ágil por mi tronco, piernas y brazos, y se aupaba al cuello de las cosquillas, y no había manera de soltarla… como ahora se encarama al árbol metálico del que cuelgan las bolsas de quimio y suero, y se aferra a la vida.

Un cáncer, uno más de los 250.000 casos nuevos cada año en España, 14 millones más cada año en el mundo: la estadística no me consuela, pero ¿y si estuviéramos haciendo algo mal como civilización, en este Big Bang de basura y fuego? Nuestra era geológica, el Antropoceno, amenaza con reventar el planeta: no pasará nada, y si pasa, ninguno de nosotros estará aquí para verlo, seguirá habiendo vida en Saturno y en constelaciones que ni siquiera imaginamos.

Soy ecologista desde hace cuarenta años —desde la primera marcha contra la central nuclear de Xove en 1977, cuando el poder de los poderosos se reía de nosotros, visionarios: ¿alguien se imagina hoy una nuclear en la costa norte de Lugo?—, pero la reciente estancia en la Antártida me ha despertado sensibilidades nuevas: no vamos a cambiar el curso de la nueva glaciación ni la órbita de los planetas; pero nuestro deber, nuestra responsabilidad individual y colectiva es actuar de un modo honesto, sano y respetuoso con la Naturaleza.

Una cosa es comer frutas, pescado o carne para alimentarnos y otra muy distinta tirar a la basura toneladas de comida mientras millones de personas mueren de hambre. No tenemos ningún derecho a pisotear esta casa común, la Tierra, y eso es lo que hacen el capitalismo salvaje y la industrialización tóxica: destrozar la Naturaleza y maltratarnos a todos.

El cáncer no se multiplica por azar: a los especuladores que quieren traer a nuestra tierra incineradoras y chimeneas tóxicas les preguntaría cara a cara —pero no darán la cara, mandarán una legión de lacayos pagados—, les preguntaría mirándoles a los ojos si acaso saben lo que es tener una hija o un familiar con leucemia. ¿Con qué derecho jugáis, capitalistos sin escrúpulos y estúpidos gobiernos, con la salud de nuestros hijos?

Las células cabronas del cáncer —un prodigio de la evolución, más inteligentes y mejor adaptadas que las células sanas—, son la respuesta darwinista a la devastación del Antropoceno: nosotros hemos creado el monstruo (el aire tóxico que respiramos, la comida contaminada que comemos, el agua envenenada que bebemos, el ejercicio que no hacemos, la vida sedentaria y calentita), y el  monstruo, el Emperador de Todos los Males, se cobra cada día su tributo.

Por fortuna, mientras algunos se ocupan solo en ganar dinero, a costa de la salud ajena, ¡ellos no vivirán nunca junto a sus pútridas incineradoras!, miles de médicas, enfermeros, investigadoras y científicos trabajan con ahínco en hospitales de todo el mundo para plantarle cara a las células cabronas. La Medicina y la Ciencia también son Antropoceno: nuestra capacidad de resiliencia frente a la enfermedad, el dolor y la muerte.

Les hablaba de mi hija Sandra: su entereza me eriza la piel y me hace llorar, no de pena, de admiración y cariño, de gratitud por todo lo que me está enseñando. Su leucemia me hace pensar en la muerte: no la nombres, dicen. ¿Por qué no? Vamos a mirarla de frente, ¿a qué viene tanto eufemismo y tanto miedo?

Soy un optimista irremediable: de la vida solo espero lo bueno y sé que “lo mejor está por venir”. Ahora solo pienso que esta batalla la vamos a ganar, hija: la vas a ganar tú, hermosa Sandra, porque a tus 19 años eres una mujer-coraje; y sí, la vida es injusta, pero eso ya lo hemos descontado, no hagan preguntas, estamos trabajando duro contra las células cabronas, con la doctora Natalia Alonso al frente de un equipo médico extraordinario. ¡Bendita sanidad pública!: una de las pocas cosas que me hacen sentir orgulloso de este país arrasado por la mediocridad y la codicia.

Repaso los grafitis de su habitación y leo la dedicatoria de los dos amigos que hace pocos meses se mataron con una moto: la muerte no avisa ni anda con rodeos. La cama donde durmió feliz tantas noches después de las juergas del baño y el aroma a biberón caliente. Una tarde, cambiando los pañales, visto y no visto, el bebé desapareció de la mesa como Houdini: se había caído, y nos miraba a su madre y a mí desde el suelo con cara de risa. Ni una lágrima, energía positiva desde pequeñita, Sandrita, esa fuerza que ahora brota en su interior y mana como un chorro de vida: ¡pues claro que no le tenemos miedo a las células cabronas, no saben a quién están echando un pulso!

Firmes los pies y las manos, indestructible el corazón y sereno el ánimo: tiene a su lado a la mejor madre posible, Inma Castaño (llevamos diez años riñendo por exceso de cariño, hora es de llamar a las cosas por su nombre), y a su casi gemela Alicia, la Bombita Humana que convierte en amor todo lo que toca; y tenemos a las monjitas de clausura de la Calle del Reloj y a mi hermano antártico, Paco Jarana, rezando por ella: “Cuando tu hija se cure, la hago del Betis”. Con este ejército, y la ayuda de la Ciencia, en las próximas semanas vamos a ganar la batalla final al Emperador de Todos los Males. ¡Arriba las ramas!

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