Todo normal, previsible y vulgar. La noche electoral confirma el hartazgo (10,4 millones de ciudadanos se han abstenido) y el pucherazo constitucional que venimos padeciendo y denunciando desde que el PP y el PSOE, juntos de la manita, perpetraron la ley electoral del embudo: una norma simplemente antidemocrática.

Salvo este pequeño detalle, cuarenta años con elecciones trucadas y con partidos dopados, todo lo demás ha sido normal, previsible y vulgar. Especialmente vulgar y previsible la cansina cobertura informativa de las televisiones. ¡Qué falta de imaginación, mon dieu!

Por el contrario, el inefable Mariano Rajoy estuvo anoche muy imaginativo. [Inefable: que no se puede explicar con palabras]. Su discurso, por así llamarlo respetuosamente, a la altura del balcón de Génova, debe ser analizado con detalle y rigor por los guionistas del Club de la Comedia.

Lo cierto es que, limpiando hojarasca, mala baba, pasión, besitos, y toda la carga emocional que unos y otros sacan a pasear insultando a la inteligencia de los votantes (también, sí, a nuestra inteligencia emocional), lo que queda en el cedazo no es para tirar cohetes. Ningún motivo de alegría en Génova, ni en Ferraz, ni en las sedes de Podemos ni Ciudadanos.

No negaré el triunfo casi personal de Rajoy, pero es tan amargo que no se lo deseo al peor enemigo: “Reinarás, pero no gobernarás”.

No es cierto que la corrupción, las grabaciones y los sobres no hayan pasado factura al PP: no tanta como algunos quisieran, pero desde noviembre de 2011, el PP de Rajoy se ha dejado tres millones de votos en el camino. Solo la tramposa ley electoral le salva los muebles, igualito que al PSOE, y ambos partidos lo saben. Y si pueden, evitarán juntos en esta legislatura ­(si es que arranca) una reforma democrática de la ley electoral que clausure esta anomalía. El cabreo de Albert Rivera anoche era inequívoco, justo y necesario.

No veo motivo de alegría para Rajoy (“es el discurso más difícil de mi vida”, dijo ayer desde el balcón) cuando tenga que presentarse ante el Rey y decirle: –Majestad, solo tengo 137 votos… o 138 con Coalición Canaria.

Supongamos que pasa el amargo trámite de la investidura, porque la casquería del miedo hace tiempo que puso en marcha la máquina de picar, y tenemos, oiga, un presidente inefable en tiempo de prórroga y por penaltis. ¿Nos explicará cómo piensa gobernar? Cojamos cualquier asunto: Ley Wert (o mejor, nueva ley de educación, prioridad proclamada por tirios y troyanos): ¿con qué votos? Desde luego, con 137 votos, el PP no puede llevar adelante “su” programa (tampoco ningún otro partido), de modo que tendremos la legislatura más insegura e inestable desde la Transición: justo lo contrario de lo que Mariano ha prometido, seguridad y estabilidad. Va a ser que no.

Rajoy tiene el dudoso mérito de ganar perdiendo o perder ganando, pero su capacidad para dialogar, acordar y gobernar cuatro años en minoría, legislando sobre los asuntos serios, está por demostrar. Y este es el verdadero problema. Rajoy no es Merkel, sino más bien Cameron, conduciendo a su país y a su partido al abismo.

Suele decirse que en política todo es posible, y puestos a repartir ministerios, los corazones se ablandan; pero es difícil imaginar a Rivera en el gobierno de Rajoy con Rita Barberá aforada en el Senado, por citar solo uno de los cien asuntos pendientes en la agenda judicial del PP, que durante esta nueva legislatura se sentará en más de un banquillo como “organización criminal por presuntos delitos de asociación ilícita, falsedad y blanqueo”.

Por lo demás, malas noticias para los constitucionalistas desde Cataluña, donde Ciudadanos y PP (última y penúltima fuerzas) van camino de ser residuales frente a un bloque pro referéndum que sigue creciendo (29 escaños, 5 por encima de la mayoría absoluta, en una convocatoria ajena al independentismo).

Buenas noticias para el PP en Galicia, donde Feijóo podría revalidar la presidencia de la Xunta de Galicia en octubre, con el nacionalismo gallego (BNG) en caída libre y pelea de gallos en la izquierda; y pésimas noticias para Susana Díaz en Andalucía: el califato agoniza.

Lo dicho: todo normal, previsible y vulgar. Una legislatura corta, inestable, insegura. Eso o lo que vengo pidiendo hace tiempo en estas columnas de Tornarratos: un ERE colectivo que desatasque las turbias cañerías de la política española y permita de una vez por todas que corra por ellas agua limpia y sangre nueva.

Foto: Grtes. El Español.

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