Procuro que trabaje la memoria, pero está remolona: recuerdo que un día fui feliz en Berlín. Tal vez era 1985, apenas han pasado treinta años en un ay.

Sucedió en febrero. Berlín era una ciudad dividida por un muro, estas cosas ya se estudian en los libros de historia: El Cid, Felipe II, Franco, para mis hijas todo es el pasado remoto… pero entonces la mitad de Berlín era una cárcel. Cantábamos Libre de Nino Bravo, “tendido en el suelo se quedó, sonriendo y sin hablar; sobre su pecho, flores carmesí brotaban sin cesar…”, sin saber que las flores eran la sangre de Peter Fletcher, el primer berlinés ametrallado por saltar el muro.

Sé que era febrero porque iba enviado por el periódico al Festival de Cine y porque hacía mucho frío. Llegué con una gabardina verde de emigrante, tan liviana que no dejé de tiritar en seis días, paseando fascinado por las calles nevadas. Aquel año la Berlinale presentó una película del cineasta gallego Xavier Villaverde, Veneno puro, y en casa de mi amiga Isabel había overbooking, de modo que me tocó compartir cama con la protagonista de la peli. Ella ocupó el colchón y yo el duro travesaño, toda la noche en difícil equilibrio. Ya os he dicho que hacía mucho frío.

Por las tardes, Isabel me llevaba a pubs donde a partir de la tercera cerveza comenzaba a hablar un alemán fluído y dicharachero. Recuerdo una jocosa conversación, jarra con jarra, con una anciana, donde mi dominio del alemán crecía como la espuma de la cerveza. Aquella noche no sentí frío.

Al día siguiente viajé a Berlín Este: era como ir a a otro planeta. Crucé en tren la frontera, pasé la aduana, control de pasaporte, interrogatorio del policía:
—¿A qué viene usted?

De pronto mi alemán había dejado de ser fluído. ¿Cómo explicarle que iba tras las huellas de un poeta de mi pueblo, un romántico del siglo XIX, que había muerto en Prusia con treinta años? Aquel 22 de febrero visité el cementerio de Santa Eduvigis donde reposa Enrique Gil y Carrasco y pensé que morir lejos de casa es hermoso y triste a la vez. Mañana volveré a visitarle: regreso a Berlín, a la ciudad en la que algún día fui feliz.

La Nueva Crónica, 7 de junio de 2015
Imagen: Berlín en 1846, como la conoció Enrique Gil.