Estamos en el año 2011 después de Cristo. Toda la Gallaecia está ocupada por los legionarios de Merkel… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles gallegos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios de la Banca en los reducidos campamentos de Milladoirum, Compostellae, Labacollis e Caetanorum.

En la pequeña aldea de Teo se recibió con indignación y rebeldía la noticia de que Caesar Zapaterus Imperator Mínimum había ordenado en el año de 2011 el traslado de la tradicional fiesta galaica de San Martiño al 20 de Noviembre. Hubo conatos de rebelión popular, se sublevaron los lugares de Ameneiro y Balcaide, y solo la intervención del jefe teense, Martiño Chapeau, logró aplacar los ánimos: “Acátese, pero no se cumpla”, fue su proclama.

De modo que, desobedeciendo la orden de Caesar Zapaterus, al amanecer del día 11 del 11 del 11, en la fecha señalada desde tiempos inmemoriales por los dioses de la tribu, las gentes de todas las parroquias de Teo acudieron un año más a la Feria de San Martiño en la vieja Carballeira de Francos.

Desafiando patrullas recolectoras de votos y somatenes, en torno a la sagrada carballeira se fueron asentando tratantes de ganado, comerciantes de todas las latitudes, principalmente de Marruecos, Senegal y O Carballiño. Allí desplegaron sus tiendas de vistosos colores y encendieron los fogones, sin importarles la lluvia, el viento y el barro. Desfilaron yeguas árabes y caballos del país, rubios y robustos, y algún que otro burro. Al mediodía, el aroma a churrasco de jabalí casero atrajo por igual a los paisanos recios y a las mujeres decididas. Asunracenturix tocaba la gaita. Se diría que reinaba la paz y la felicidad en la pequeña aldea de Teo, en la que los legionarios de Merkel no osaban entrar.

Aromaba el pulpo salpimentado; cantaba el tinto de la casa “roxo e quente, sangue do corazón”, como caía el espadeiro de Cabanillas sobre las cuncas blancas, tiñendo de alegría los inexistentes manteles. Pero el enemigo colonizador no descansa y un peligro acechaba la felicidad de los teenses acampados en la vieja Carballeira de Francos, en la luna llena de San Martiño. Fue entonces cuando el viejo druída Avelinus Pousanoramix dio la voz de alarma: “Que nadie mezcle el vino del país con gaseosa. Sería una afrenta: solo hay gaseosa Feijóo”.

No entendí por qué alguien dijo a mi lado: ¡Cómo se nota que estamos en campaña!