Pío García Escudero era hace años un arquitecto brillante y progresista, un conversador inteligente y un tipo educado, simpático y dialogante. Se metió en política y ha llegado a la tercera magistratura del país, a presidente del Senado. Le observo de reojo en el último pleno, mientras leo los discursos de Manuel Azaña y Ortega y Gasset sobre el estatuto catalán en las Cortes de 1932, y me pregunto cómo es posible que el paso por la política transforme a un ciudadano normal, tirando a notable, en una sustancia parlamentaria gris y anodina, caricatura de sí mismo. Observo cómo Escudero se enzarza con un senador y discuten por ¡un minuto!

Un minuto, dos minutos, cinco minutos para tratar asuntos que se suponen serios para el interés ciudadano:
-Vaya terminando, señoría. Termine de una vez, señor Iglesias. Ha sobrepasado su tiempo más de un minuto, señoría. Su tiempo ha terminado. Termine, señoría. Ya ha pasado su tiempo en cuarenta segundos; como sigan así me van a obligar a tomar medidas con los tiempos…
Esto es todo lo que se oye decir al presidente del Senado mientras se suceden los breves monólogos autistas, cronometrados por un árbitro casero que se limita a sacar tarjetas amarillas y, de vez en cuando, una roja. Desde su escaño preguntan Montilla o Iglesias y desde el suyo contesta Rajoy, retruca uno, da capotazo ensayado el otro, y parece oírse al jefe de gabinete susurrando: “Apura, Pío, que a las cinco tenemos comisión de subsecretarios…”. Y García Escudero, que es juez y parte, pone al amigo el oído, al enemigo el reglamento y al indiferente la legislación vigente. Aplicando ese reglamento de los cuarenta segundos, a Ortega y Azaña no les habría dejado decir ni pío.
¿En qué concurso televisivo de idioteces se ha convertido el Senado? Accede el presidente Rajoy al hemicirco y aplauden los suyos a rabiar para que las cámaras vean cuánto le quieren; Gallardón, siempre haciendo méritos, le da la mano lisonjero. Iglesias pregunta si hubo tiroteo en Ceuta y los que aplaudían se mofan irrespetuosos, pero vuelven a batir palmas cuando Rajoy contesta -incómodo y nervioso, el algodón no engaña-, leyendo un papelito de 2005.
La última vez que visité este Senado, me dijo el anfitrión: “Ningún senador cree en dios, en el cielo ni en la vida eterna”. -¿Por qué?, pregunté extrañado. “Porque todos sabemos que no hay vida mejor que esta”. Ese es el verdadero rostro del Senado, donde las gracietas de Polichinela insultan a los ciudadanos, donde el trámite de rendir cuentas se resuelve en minutos contados con el reloj de arena de un reglamento absurdo, donde todo es pantomima de rey desnudo, infantiles marionetas, títeres de cachiporra, pim pam pun, media docena de estacazos sonoros y a guarar juntos en el mismo baúl, otro ratito en el paraíso hasta el próximo pleno.
Seguro que los senadores, bien pagados, trabajan mucho, como ese europarlamentario que en cuatro años hizo una pregunta y quería repetir; seguro que su trabajo es valioso y yo injusto con ellos; pero en mi circunscripción nunca, repito, nunca he visto a un senador de ningún partido reunido con los vecinos, tomando el pulso a la realidad. Viven en la moqueta, salen al teatro de marionetas, se pegan de mentirijillas y vuelven a la sauna. Por el hilo musical se cuela la voz del presidente:
-Señorías, guarden silencio. ¡Guarden silencio, señorías!

@ValentinCarrera
Imagen: web Herramientas
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