He visitado esta semana la mina Alto Bierzo en Tremor de Arriba, una vergüenza y un grave delito ecológico por el que alguien tendría que estar pagando en la cárcel, si quedara en este país un poquito de dignidad. Tremor llegó a tener casi dos mil trabajadores y el pueblo era una fiesta: dinero fácil para el chamicero, “carbón de sangre” para el minero (“madera de sangre” llama Greenpeace a la madera del Amazonas cortada con sangre indígena). Treinta años después, tiempo medio de una concesión, ¿qué riqueza ha quedado en Tremor?

Cuando visité la mina Alto Bierzo en 2008, bajé al pozo con mis hijas Sandra y Alicia (Viaje interior a la provincia del Bierzo); diez años después aquello es un nido de ratas y herrumbre: la mina no se ha cerrado, como obliga la Ley, se ha abandonado. Allí están tirados, para quien quiera verlos, nóminas y partes de trabajo con datos personales, contratos, escrituras de la Mina Sorpresa o el plano de concesión de la Mina Nos Veremos, además de bombonas, neumáticos, cables, maquinaria, metales pesados y amianto, demasiado amianto.

Tremor es hoy una desolación, un pueblo jubilado, arruinado, hundido, vacío y enfermo. Esta es la herencia —que se quiere hacer invisible— de treinta años de minería en Tremor, y en otros muchos lugares del Bierzo. Como diría Prada A Tope: “Nos han dejado ¡mierda!”.

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