Garzón, Ruz, Castro, Bermúdez, Aláez, Alaya: he aquí la hornada de nuevos periodistas, constructores de la actualidad a golpe de autos, providencias y sentencias. Hubo un tiempo en que el periodismo se hacía en la calle, cuando un niño mordía a un perro o dimitía un ministro; ahora, en esta sociedad enferma, los telediarios se amasan en las sentinas de la instrucción judicial. El país entero está sentado en el banquillo: algo huele a podrido en Spain, amigo Hamlet.

Estos nuevos periodistas escriben con muchas faltas de ortografía (¿no hay corrector automático en los ordenadores de los juzgados o no hay ordenadores?), bastante desaliño gramatical, oscuridad semántica y frases interminables e inacabadas en las que no hay sujeto o falta el verbo, o ambos, el inciso se convierte en discurso y no hay judío que los entienda.

Copio de autos recientes estos tacos: “reprochabilidad”, “previsibilidad del evento”, “la hipotética posibilidad de un hecho futurible”, “el acervo incriminatorio”, “proceso caviloso” [el señor juez ignora lo que significa caviloso: “que por sobrada suspicacia, desconfianza y aprensión, se deja preocupar de alguna idea, dándole excesiva importancia y deduciendo consecuencias imaginarias”; pero le debe parecer más cool “proceso caviloso” que “reflexión”].

Les pido perdón de rodillas, pero lean conmigo este disparate: “Ya la sentencia del TS… analiza todos los elementos de las infracciones culposas y se refiere al favor normativo o externo representado por la infracción del deber objetivo de cuidado traducido en normas convivenciales y experienciales tácitamente aconsejadas y observadas en la vida social en evitación de perjuicios a terceros (…) que por su incidencia social, han merecido una normativa reglamentaria o de otra índole, en cuyo escrupuloso atendimiento cifra la comunidad la conjuración del peligro dimanante de las dedicaciones referidas”.

¡Conjuración del peligro dimanante! ¿Qué tipo de empanada mental hay que tener en la cabeza para redactar semejante párrafo? ¿De tal oscuridad ha de deducirse la claridad que exige la Justicia?

Soy consciente de que algunos jueces se ven metidos a reporteros contra su voluntad y rehúyen los focos; a otros les va el tango. Todos dictan autos públicos y están obligados a colocar en su sitio los puntos y las comas, a no usar palabras cuyo significado desconocen, a no construir frases incomprensibles, a dirigirse a la sociedad en términos normales. “La claridad es la cortesía del filósofo”, decía Ortega y Gasset. La claridad en los jueces, y en los periodistas, no es una cortesía, es un deber profesional básico.

Notifíquese la presente al Ministerio fiscal y partes personadas, haciéndoles saber que contra la misma cabe recurso de reforma y subsidiaria apelación ante el Tribunal de la Opinión Pública, haciéndoles saber que los no suscriptores deberán consignar el depósito legal preceptivamente dispuesto.

Foto: el actor Santiago Ramos en La fiesta de los jueces
Ver artículo en El Semanal Digital