“El cumplimiento de la ley es para nosotros una cuestión de principio y en ella hemos adoptado un punto de vista amplio y preciso. No puede haber observancia de la ley sin democracia (…) y la democracia no puede existir y desarrollarse sin el principio de la ley”. Fin de la cita, que parece sacada del último discurso de Rajoy, escrito en la intimidad por la vicepresidenta Soraya; pero las apariencias engañan, la cita es de Mijail Gorbachev (Perestroika, 1987, p. 96), del capítulo titulado “El cumplimiento de la ley, elemento indispensable en la democratización”.

La perestroika, de la que pronto se cumplirán treinta años, cambió el curso de la historia contemporánea y, entre otras importantes consecuencias, permitió la desmembración de la URSS: desafiando la legalidad soviética, en 1991 una decena de repúblicas proclamaron su independencia unilateralmente, tras lo cual el 25 de diciembre de 1991 Gorbachev disolvió la URSS y dimitió, dando paso a Yeltsin, oligarca alcoholizado y corrupto, antecesor del actual presidente ruso Putin.

En un estilo que recuerda ahora al de Rajoy, Gorbachev sostenía que “desde los inicios del gobierno soviético, Lenin y el partido atribuyeron una importancia esencial al mantenimiento y la consolidación de la ley”; pero cuando la sagrada ley cambió formalmente, los territorios ex-soviéticos Estonia, Lituania y Letonia ya habían sido admitidos como nuevos países en la ONU. A pesar de la retórica de Gorbachev, el proceso histórico no consistió en cambiar primero la ley y permitir luego la secesión “legal” de las repúblicas, sino que Azerbaiyán, Georgia o Uzbekistán tomaron las riendas de su destino, y solo cuando el río de la historia desbordó el rígido marco legal soviético, el castillo de naipes se desmoronó.

Ni la URSS es España, ni Ucrania se parece a Cataluña, como parece que tampoco podemos mirarnos en el espejo de Escocia, “que es otra cosa”, ni mucho menos en lo que está estallando ahora mismo en Hong Kong, donde hay cientos de miles de manifestantes en las calles, desafiando la ley china (¡piden votar!), en una imparable campaña de desobediencia civil, conocida ya como “la revolución de los paraguas”. Paraguas como defensa ciudadana contra el gas lacrimógeno de la policía china.

Cada país, cada época y cada conflicto son distintos, pero desde Viriato a Nelson Mandela, pasando por Gandhi y Luther King, todos contienen una enseñanza: cuando la ley se desentiende de los ciudadanos, antes o después, los ciudadanos se desentienden de las leyes. Hong Kong, Reino Unido –pero también España y la obsoleta Constitución de 1978– necesitan una profunda perestroika, una reestructuración en canal que entierre el Antiguo Régimen y abra caminos nuevos.

Post data para unionistas educados: Igual que Yeltsin en su día, el jerarca Artur Mas también forma parte de ese Antiguo Régimen que ha de llevarse la revolución de los paraguas y sabe, como Moisés, que no verá la Tierra Prometida.

@ValentinCarrera
Foto: Manifestantes en Hong Kong  (A todo momento)
El País: La revolución de los paraguas
Ver post en El Semanal Digital