Blog de agosto (4).

“Jesús murió por los pecados de alguien
pero no por los míos…”
(Oath
, Patti Smith)

Si ustedes pueden creer en el Espíritu Santo encarnado en una paloma, en Alá, en la Tierra Plana o en el becerro de oro, espero que no cuestionen mi derecho a construir mi teología de andar por casa y poner velas y altares a mis propios santos. Yo escojo a mis dioses y diosas por el sabor salado de sus labios.

En la adolescencia sentí profundamente la vocación religiosa: oí la llamada de Zeus, un travestido adúltero y libertino, un auténtico modelo, sin desdeñar las enseñanzas poliamorosas de Hera, Afrodita, Atenea y toda la corte del Olimpo, a cuyas divinidades de carne y hueso, hechas a imagen y semejanza del hombre (y de la mujer), ofrendo el incienso de mis pecados.

Luego tuve la visión reveladora de San Enrique Gil, virgen y mártir, abanderado de los primeros LGTBI en el temprano siglo XIX, un revolucionario jibarizado por la secta de meapilas rancios, entre ellos algún augusto cura menorero, que hoy estaría en la cárcel o denunciado por abusos. ¿Qué te han hecho, San Enrique, injuriado como un Ecce Homo por la caterva inquisidora?

Mi tercera revelación mística sucedió una madrugada del año de gracia de 1978 en el Chaston de Lacoru, cuando Patti Smith saltó del surco de vinilo y deslizó la aguja de su voz por mi espalda, vértebra a vértebra, desde el coxis hasta la tonsura de la coronilla, y me hizo sentir no en la piel sino dentro de la piel de Bruce Springsteen, bailando juntos Because the night, nuestro himno religioso, la biblia de los que sabemos que la noche pertenece a los amantes.

Aquella night, Patti —nacida Patricia Lee Smith (Chicago, 1946)—, se meó sobre la pista del Chaston, escupió al disyóquey por poner una de los Panchos y me cantó al oído la versión galaica de People Have the Power, bailando descalza, con los pechos desnudos, frente al mar de Bastiagueiros: “I´m dancing barefoot, heading for a spin”. Antes de partir hacia Michigan, me regaló una brújula plateada que señala el norte en Greenwich Village.

“¡Qué imaginación tienes!”, me escribió años después en una postal desde el Arcade de Detroit.

En estos cuarenta años recorrimos juntos todos los caminos y nunca hemos dejado de sernos fieles, un adulterio tras otro, más honestos y entregados cuanto más poliamorosos. Nuestro amor ha sido más fuerte que todos sus matrimonios y los míos. “No he follado mucho con el pasado, pero he follado mucho con el futuro (…) No me he vendido a dios” (Babelogue). Cuarenta y un años queriendo juntos, cantando y bailando Because the night cada noche, dando la vuelta al mundo en globo y a caballo en ochenta canciones: Horses, horses, horses, horses

Y ahora, para celebrar nuestro 41º aniversario, la diosa Hera Patti Smith ha tenido el detallazo de venir de nuevo a Lacoru, a oficiar su religión en el altar de Riazor ante diez mil colegas, en un concierto —dicen las crónicas— histórico, Gloria bendita G-L-O-R-I-A.

Al acabar el oficio religioso en Riazor, los sedientos feligreses de la Diosa fueron pisando las arenas, manchadas de pis, sudor y lágrimas, en busca de una caña Mil Nueve. Subí con Patti en nuestra vieja furgoneta y conversamos hasta el amanecer en la orilla de Bastiagueiros, contemplando el mar infinito de los abrazos. “Eres como una santa deshuesada con la conciencia de una serpiente”, le dije sonriendo. “Eres la clase de chico que me gustaría encontrar en mi espejo”, me respondió. O tal vez se lo dijo a Fred y yo solo lo soñé.

Tomamos la A6 camino de Francia y nos despedimos en el área de servicio de Guitiriz, después de compartir un bocata de ibérico y una coke. Sé que esto no lo soñé por la foto de la Diosa que descubrí al día siguiente en el móvil, con esta dedicatoria: “Take me now baby here as I am. Tómame ahora amor tal y como soy”.

[Foto inédita: Patti Smith con su banda, reponiendo fuerzas a base de jamón ibérico en la estación de servicio de Guitiriz. Cortesía de Marioli Orduña. Galería de fotos by Alicia Saturna].