Un amigo bueno y generoso, lector atento de este blog, me reprocha que haya tachado con cierta dureza los consejos sociales de las universidades gallegas como “organismos muertos, con encefalograma plano”. La observación de B. me ha obligado a reflexionar sobre mi propia afirmación –hecha levemente, pero sin ligereza- y, ahora sí, fundamentarla a la luz de algunos sucesos recientes, como el mal funcionamiento de los consejos de las Cajas de Desahorro. Calificar los tres consejos sociales de las universidades gallegas –recientemente renovados rutinariamente por el Parlamento- como “organismos muertos”, puede sonar fuerte.

Quizás hubiera debido decir “fósiles”. Veo, sí, estos consejos sociales y otros similares, los de las Cajas de Desahorro, como organismos caducos, poco funcionales, bastante acomodaticios, despegados de la realidad; en tal sentido hablé de su encefalograma plano. El mal es común a muchas estructuras solo formalmente democráticas y claramente autoritarias al fondo. Estamos ante un problema de participación real, ateniense. Lo más parecido a una Democracia-Real-Ya fueron los concejos abiertos que he visto de niño en el pueblo de mis abuelos. Al salir de misa, los hombres se reunían en la plaza y, en breve asamblea, discutían y resolvían los asuntos comunes: arreglar una fuente o un camino, talar el bosque comunal, una derrama…

Era democracia en estado puro, como las asambleas del 15M, si exceptuamos la nula voz de las mujeres. Desde entonces he formado parte de una docena de órganos de participación: asociaciones de vecinos, asociaciones de padres de alumnos, de productores, de empresarios, consejo social, consejo escolar, etc. en los que he visto cómo el Saturno de la democracia formal devoraba el debate, la disparidad de criterios, la disidencia. ¿Qué ocurre en un consejo o en una asamblea cuando el 90%, y a veces el 100%, de los asuntos del orden del día se aprueban por unanimidad o asentimiento? He asistido a decenas de consejos parecidos a un paseo militar. Todo, ¡todo! aprobado por unanimidad, sin enmiendas ni matices, y sin una sola discusión: ¡se levanta la sesión! Ahora, con ocasión de los atracos y desmanes en Novacaixa-ExGalega, un consejero sindicalista aclara: “Preguntar algo en el consejo era considerado una deslealtad. Méndez y Gayoso gobernaban a su exclusivo antojo”. ¡Esos padres de la patria, comandantes en jefe, ordeno y mando!

Actas secretas, retribuciones secretas, dietas secretas, acuerdos secretos: administraban lo público como privado: viajes de lujo a Moscú con esposas, en aviones privados y hoteles de 7 estrellas a cuenta de la Caixa; pero si no pagas tu hipoteca te estrujan y estrangulan hasta la dación de la primera papilla. En estos consejos militarizados, los discrepantes no son fusilados en el paredón: simplemente son apartados.

El filósofo socrático Aniceto Núñez describe en Atardecer en Atenas [Editorial Ir Indo] el funcionamiento del ostracismo como sistema de linchamiento o muerte civil del discrepante. Tal ocurre con las votaciones aritméticas en el Congreso y en el Senado, en el Parlamento Gallego o en los Ayuntamientos. La disciplina de partido impone una lógica borreguil que predetermina los resultados. Antes de empezar cualquier debate ya se conoce el resultado exacto de la votación. La noticia salta cuando un diputado falla, o se equivoca, o se rebela, como hizo Antonio Gutiérrez ante la contrarreforma constitucional. Todos los demás votaron como borregos, ¡firmes! a la voz de mando. Levanta el dedo el coronel parlamentario o el presidente del consejo de la Caixa y todos aprietan el botón ordenado. Los borregos reciben órdenes: no cabe el debate; mucho menos la discrepancia.

Vuelvo a los consejos sociales de las cajas y de las universidades y similares: me resulta terriblemente antiguo y rancio el sistema, su estructura. El formato, periodicidad y composición de sus reuniones no permite ahondar en los asuntos. ¿Quién hace el orden del día? ¿Quién decide las prioridades? ¿Cuántos temas son aprobados con votos en contra? ¿Cuántos asuntos se enriquecen, democráticamente, con enmiendas, aportaciones previas o in voce? ¿O acaso todos los asuntos y propuestas que llegan a un consejo son perfectos y no cabe enmendarlos? ¿Deben limitarse los miembros de un consejo a callar, asentir y aprobar? ¿Les pagamos por ello? Este sistema caduco, unido a una pandilla de sinvergüenzas, ha permitido los excesos que ahora nos alarman. Y también fallaron, también militarizados por el ordeno y mando y el disimulo, los mecanismos de inspección y control. Porque el debate necesita el oxígeno de la libertad.

En todos estos órganos putrefactos falta libertad y sobran rigidez y formalismo. Méndez, Gayoso y otros ilustres presidentes practicaron/practican un culto al líder autoritario en el que cualquier duda expresada hace temblar los cimientos y, de inmediato, te miran mal y te señalan con el dedo, “Pero, ¿cómo se te ocurre preguntar por el sueldo del presidente? ¡Qué osadía!”. Ahora alguna dimisionaria tardía, como Mar Barcón, se lleva las manos a la cabeza: “si lo voté es una barbaridad; y si no lo vi, dimito por no haberme enterado”. Pues, de paso, por coherencia, devuelve las dietas cobradas por no enterarte y pide la dimisión de tus compañeros ciegos y sordos, que tampoco se han enterado o han votado esa misma barbaridad. Porque disentir y ver al rey desnudo paga un alto precio: el de la dignidad. Tal es el raro, el disidente, el rojo, el sindicalista, el ecologista, el friki, el que siempre tiene algo que opinar, vaya por dios, el que no vota y calla, el que duda, el que pide la palabra y alarga la reunión, con la prisa que tenemos, aquí no se viene a perder el tiempo.

Con demasiada frecuencia, en esos consejos pseudodemocráticos, me he sentido el incómodo Pepito Grillo; y también me he callado por cobardía, por pereza, por hartazgo. Mucho me temo que los debates –que no diálogos- electorales que se avecinan serán pobres y rígidos, con el encefalograma plano de la democracia formal, acrecentando el abismo entre nuestros políticos y la voz de la calle, la opinión pública, que no publicada. Venimos del “ordeno y mando” vestido con chorreras democráticas y vamos al galope hacia un ordeno y mando sin disfraces ni contemplaciones. Malos tiempos para la ética. Durante la campaña, tendré como modelo a Sócrates, condenado a muerte por una democracia formal, muy formal. Un libro de cabecera me refrescará cada noche la importancia esencial del diálogo para la democracia, Atardecer en Atenas.

Ilustración: Atardecer en Atenas, óleo de Antón Pulido.