¿Qué hacer? Rendirse, en efecto, no es la solución. Hay que cambiar el rumbo. Cervantes escribió El Quijote en una cárcel de Sevilla y en las penosas condiciones de los calabozos de Argel, entre ratas y chinches, con sofoco y hambre, y todo lo demás. ¿Acaso el papa Calixto no era un corrupto que, sin embargo, fue capaz de dar cancha a Miguel Ángel? Lo ignoro, pero bien podría ser, como han sido tantas mediocridades las que han agromado obras maestras. Me gusta ese verbo productivo galaico, agromar, fructificar, en el sentido de brotar del germen, de la semilla. ¿Y cómo escribieron sus obras Homero y Aristóteles, o cualquiera de los que nos precedieron y no conocieron la luz eléctrica, ni el PC, ni el scanner con impresora de hipermegamillones de colorines, ni el móvil, ni la blackburra?

Nuestros parámetros han de ser realistas: la ola de bienestar ha llegado a playas de secano por largo tiempo; confiar en la bonanza pertenece al pasado remoto, la construcción y el turismo están muertos; y ese “turismo cultural” nunca existió, es una quimera, una estafa. Nadie vendrá a probar tu vino de autor, tu plato casero, a comprar tu libro o admirar tu cuadro. Los turistas son unos marujos tocagüevos que manchan, molestan y no gastan, excepto el papel higiénico de los bares donde ni siquiera se toman un café amargo.

¿A quién dirigir nuestros espacios vacíos, llenos solo de esperanza? Salvo el Cobrador del frac y el Torero del moroso, todos somos náufragos en esta Europa decadente y estúpida, putrefacta: ahora sí, la caída del Imperio de Occidente. En menos de una década nos veremos rendidos a los pies del Capital, que ya nombra gobiernos en Italia, Grecia (¿y España?).

Ya somos propiedad privada de nuestros acreedores: China, Brasil, India y Corea; los nuevos bárbaros ya dominan el corazón de la City y pronto cabalgarán con sus corceles de aluminio por la Gran Vía y los Campos Elíseos. La Acrópolis griega y el puerto del Pireo, los paradores nacionales, la Catedral de Santiago, las Médulas: todo está en venta. ¿Qué hacer con nuestra lucidez, esa tara? ¿Cómo salvarse en la soledad? Tendrás que encontrar tu propio camino, amigo; cada gramo de energía gastada en bancos y despachos aplícala tan solo a la locura que te posee y sé fiel a ti mismo, aunque todo lo demás se derrumbe. ¡Qué importa y a quién le importa! Como dejó escrito Gil de Biedma: “No leer, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado, entre las ruinas de mi inteligencia”.

Creedme, hoy tengo un día francamente optimista.

Foto Álida Ares