—Objetivo de la ONU: Reducir la tasa mundial de mortalidad materna a menos de 70 por cada 100.000 nacidos vivos y poner fin a las epidemias del SIDA, tuberculosis y malaria antes de 2030.

—La salud y el bienestar son un todo asociado a la calidad del aire, del suelo y del agua, cuya contaminación causa gran número de muertes.

—Por muchos empleos que genere la industria politóxica, su actividad es contraria al ODS 3: garantizar una vida saludable y promover el bienestar universal.

 

¿Qué es la salud? ¿Qué significa tener buena o mala salud? La pregunta parece elemental, pero no busquen respuesta en la Real Academia Española, cuyo Diccionario necesita un repaso de la A a la Z. Para la RAE, salud es un “estado del ser orgánico” o un “conjunto de condiciones físicas del organismo”; y si acaso, en las acepciones 4ª y 5ª habla de la salud como “estado de gracia espiritual” o “salvación” en el cristianismo. Nada sobre la salud como “estado de bienestar físico, mental y social completo, y no meramente la ausencia del mal o la enfermedad», que es el concepto acuñado por la OMS desde 1948.

La palabra definida no entra en la definición, decíamos en el instituto; pero el reloj de la RAE va con tanto retraso que define salud pública como “conjunto de condiciones mínimas de salubridad de una población”; y ¿qué entiende la RAE por salubridad? Lo salubre. ¿Y qué es salubre? Lo saludable. ¿Y qué es saludable? “Lo que sirve para conservar la salud corporal (…) y el bien del alma”. Fin del chiste.

Las palabras y los diccionarios que las contienen no son neutrales: lo hemos aprendido con los micromachismos agazapados en tantas definiciones de la RAE abonadas por el estiércol de la inercia, y debemos replantearnos también cada definición inerte o ideologizada con las exactas coordenadas del año 2019 del calendario gregoriano. En el siglo XXI no podemos hablar de hambre, 1ª acepción, como gana o necesidad de comer, con el sentido figurado “me muero de hambre”, porque hace tiempo que nadie se muere así, de hambre figurada, pero mueren millones de personas de hambre real.

No se puede cambiar el chip mental sin profundizar la semántica: olvidemos la “salud espiritual”, con su carga religiosa fosilizada, y hablemos de salud y bienestar —ODS 3— en el sentido integral, inmersivo, definido por la Organización Mundial de la Salud como un estado físico, mental y social completo.

Cuando hablamos de salud y bienestar, hablamos del conjunto de la humanidad; como en los demás Objetivos de Desarrollo Sostenible, no existe —no es viable a medio y largo plazo, y no es ético— el bienestar de unos pocos a costa del malestar de muchos. O podemos probar todos un poquito de caviar —si hay suficientes esturiones en los océanos para complacer a 7.300 millones de habitantes— o debemos concluir que no es una práctica sostenible, pues el reto de la sostenibilidad es hacer que el planeta alimente a todos por igual. O combatimos el sida, la tuberculosis, la malaria, el sarampión y la muerte perinatal en todo el mundo, o esa falta de salud será una lacra dolorosa para quienes la sufren y una amenaza global para el resto.

Así como la salud es en sí misma deseable, y es sostenible como fuente de bienestar personal y colectivo, la enfermedad y el malestar social no son deseables ni sostenibles. Antes o después, la bomba de relojería del sida o la malaria estallarán ante las narices del mundo sano, salubre o saludable, como prefiera la RAE. Porque no estamos hablando de la enfermedad o de la muerte como dolencia individual, aceptadas como parte de la vida, sino de una serie de enfermedades globales asociadas a la pobreza y a la miseria, a la desigualdad.

Si nos fijamos en las metas del ODS 3, veremos que la solución a la enfermedad pasa siempre por la redistribución de la riqueza y la justicia social. Las primeras metas del ODS 3 son reducir en 2030 la tasa mundial de mortalidad materna a menos de 70 por cada 100.000 nacidos vivos y poner fin a las epidemias del SIDA, la tuberculosis, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas y combatir la hepatitis y las enfermedades transmitidas por el agua.

¿Se puede reducir la mortalidad materna e infantil en África, por ejemplo, sin multiplicar los hospitales, o combatir la malaria y el paludismo sin vacunas, sin la más elemental higiene, o sin cobertura sanitaria universal (meta 3.8)?

La salud, nos dicen la OMS y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, es un todo que empieza, o acaba, en el agua envenenada de los pozos; un todo asociado a la calidad del aire, del suelo y del agua, cuya contaminación causa gran número de muertes y enfermedades producidas por productos químicos peligrosos. Las industrias contaminantes, las incineradoras con piel de cordero, los océanos plastificados y los inmensos basureros tóxicos que colonizan el planeta forman parte del problema. Por muchos supuestos empleos cortoplacistas que genere la industria politóxica, su actividad es contraria al ODS 3: garantizar una vida saludable y promover el bienestar universal.

Conseguir el ODS3 es posible si hay voluntad política para poner los medios necesarios. Si destináramos —afirma la ONU— 1.000 millones de dólares a la vacuna contra la gripe, la neumonía y otras enfermedades, podríamos salvar la vida de 1 millón de niños cada año. Bastaría con que cada ciudadano español aportara 20€, unos seis gramos de caviar.

Enlaces de interés:
Web de la ONU sobre los ODS.
—Descarga la app ODS en Acción.
Alto Comisionado de España para la Agenda 2030.
Metas del ODS 3.
Los rostros del ébola.
—Hazlo posible: Pon los ODS en acción con un voluntariado.