—Objetivo 2030 de la ONU: Mejorar la seguridad y la sostenibilidad de las ciudades y garantizar viviendas seguras y asequibles, evitando los asentamientos marginales
—Las ciudades ocupan solo el 3% de la tierra, pero representan del 60 al 80% del consumo de energía y al menos el 70% de las emisiones de carbono
—Las ciudades generan el 80% del PIB mundial pero no tienen voz directa en la gobernanza de los Estados

 

Quizás tengamos que replantearnos profundamente el concepto de ciudad, la ciudad como hecho, como espacio en el que viven casi dos tercios de la humanidad. ¿Habría podido desarrollarse una población mundial de 7.000 millones de personas en horizontal? ¿Cuántas viviendas unifamiliares, con su breve parcela ajardinada, su garaje y acaso su piscinita azulclorada, necesitaríamos, y cuánto suelo, para albergar 4.000 millones de familias diversas?

La ciudad nace de la pulsión básica de socializar y vivir en compañía —se diría que el ser humano no es genéticamente ermitaño o solitario—, y de la necesidad de protegerse y defenderse ante cualquier amenaza, desde una mala cosecha a una peste, pasando por la invasión enemiga. Las ciudades nacen con murallas, pero dentro de las murallas crecen espacios de arte, belleza y cultura: acrópolis, catedrales, bibliotecas. Persépolis, Atenas, las ciudades-estado Génova y Venecia, y tantas otras, parecían una buena idea, que alguien llamó desarrollo y progreso. Tal vez en algún momento de la historia, el invento dejó de ser una buena idea: cuando se perdió la escala humana y la ciudad se convirtió en un monstruo fuera de control, un mundo feliz capaz de devorar a sus microbios mutantes (nosotros).

Abro paréntesis subjetivo: vivo en una ciudad, Santiago de Compostela, que sigue siendo una pequeña comunidad casi rural en la que pervive la escala humana, un espacio urbano que se puede caminar de parte a parte en menos de una hora. Los urbanólogos discuten acerca de cuál es el tamaño ideal para que una ciudad mantenga la escala humana y no se convierta en el laberinto manga de Ghost in the Shell. ¿20.000 habitantes? ¿Cien mil? ¿Quizás el límite de una Supermanzana?

En el otro extremo, más de cien ciudades superan los cuatro millones de habitantes, incluyendo Madrid y Barcelona, un censo inmanejable, salvo con los resortes orwellianos (quiero decir, totalitarios) de 1984: han dejado de ser comunidades para convertirse en conglomerados-estado, algunos con población superior a muchas naciones. Cantón, la ciudad más poblada del mundo según la ONU, tiene 45.553.000 habitantes, es decir, casi tantos como España entera, ¡concentrados en una sola aglomeración urbana!

En el ranking de la población mundial, España ocupa el puesto 29 (de 194 Estados reconocidos por la ONU): hay 165 Estados menos poblados que Cantón o Tokio; y hay 70 Estados ¿soberanos? más pequeños que la ciudad de Madrid.

Algo funciona mal en el esquema: o están mal dimensionadas un centenar de naciones o las macrociudades —que generan el 80% del PIB mundial— deberían tener otro estatus político y administrativo, un marco de gobernanza distinto. ¿O no debieran tener voz propia en una nueva ONU las ciudades-estado, tales como Cantón, México, Estambul, Bombay, con mayor peso específico que Eslovenia, Chipre, Luxemburgo y otros cien diminutos asientos en la asamblea general?

Parece injusto organizar la gobernanza mundial en base a 197 Estados miembros tan dispares como China (1.380.996.000 h) y Ciudad del Vaticano (800 h), y si reexaminamos la composición de la UE, del G8 y G20, de los BRICs y demás grupos, veremos que las ciudades-estado del siglo XXI son las grandes ausentes de la escena internacional, sin cuya voz no será posible abordar y resolver los problemas estructurales de las urbes y la sostenibilidad del planeta.

 

METAS DE LA ONU

Mientras se recompone la escena mundial —tarea que puede llevar varios siglos—, la ONU proclama en el objetivo 11 de los ODS las siguientes metas: “De aquí a 2030, asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados, seguros y asequibles y mejorar los barrios marginales. Proporcionar acceso a sistemas de transporte seguros, asequibles, accesibles y sostenibles para todos. Aumentar la urbanización inclusiva y sostenible y la capacidad para la planificación y la gestión participativas. Redoblar los esfuerzos para proteger y salvaguardar el patrimonio cultural y natural del mundo”.

“Reducir las muertes causadas por los desastres, incluidos los relacionados con el agua. Reducir el impacto ambiental negativo per cápita de las ciudades, incluso prestando especial atención a la calidad del aire. Proporcionar acceso universal a zonas verdes y espacios públicos seguros, inclusivos y accesibles, en particular para las mujeres y los niños, las personas de edad y las personas con discapacidad”.

No son tareas fáciles ni modestas, sino urgentes, puesto que antes de que transcurran veinte años —en 2050, según previsiones de la ONU— más de 6,5 mil millones de terrícolas vivirán en ciudades. Seis mil millones de personas vivirán, o viviremos, apiñados en un territorio equivalente al 3% de la Tierra.

Lo que comenzó siendo una mutua necesidad económica, defensiva o socializadora, se ha convertido con el paso de los siglos en nuestra peor pesadilla. Quizás convendría comenzar a desmontar los rascacielos de las ciudades-monstruo, y recuperar la escala humana, si no queremos acabar sobreviviendo en la distopía manga de Ghost in the Shell.

Enlaces de interés:
Web de la ONU sobre los ODS.
Alto Comisionado de España para la Agenda 2030.
Ghost in the Shell.
—Hoja de ruta para las ciudades sostenibles: La declaración vasca (2016).