La situación agónica y desesperada del Partido Popular –imputable más a sus torpezas que a méritos ajenos– proyecta una sombra terrible de dudas, miedos y amenazas sobre el proceso de negociación de la investidura del nuevo presidente de Gobierno. Un proceso absolutamente normal en todas las democracias parlamentarias.

Lo que está pasando en España no es un cataclismo ni un tsunami: dejemos a un lado las palabras graves y los exabruptos. Salvo la espantada de Rajoy, que no tiene precedentes y es claramente inconstitucional, todo lo demás transcurre dentro de los cauces propios de un parlamento, nos guste o no cómo se están llevando a cabo las conversaciones públicas, secretas, a media voz, las ruedas de prensa y desmentidos, las poses de vedette, los amagos, puñetazos a la mandíbula y otras carantoñas. Hojarasca.

No hay un manual de estilo sobre cómo se ha de negociar la investidura: si la cosa acaba bien y se consigue un gobierno con mayoría parlamentaria que resista toda la legislatura, el camino escogido es el bueno, por tortuoso que parezca. Y si la cosa descarrila, habrá que reexaminar el método. Tengo el presentimiento (pero un pálpito no es un diagnóstico) de que Pedro Sánchez será el próximo presidente del Gobierno de España y me parece bien. “Cualquier cosa” será mejor que la inestabilidad crónica, la corrupción elevada a categoría de “Rita, eres la mejor”, la desigualdad insoportable y la deuda más alta de nuestra historia generadas por el desgobierno de Rajoy.

En pocos días podremos evaluar si el método Pedro ha sido eficaz a corto plazo; y dentro de uno, dos o cuatro años podremos valorar si había o no mimbres para una legislatura. Pero conviene sosegar el barullo mediático, las voces histéricas de los Rafas Hernando enviados cada mañana por Génova a asaltar los baluartes mediáticos y sembrar el pánico: ¡Qué viene el lobo! Desde su soberbia, nos tratan a todos como tontos y a sus votantes más ancianos como a niños. ¡Qué falta de respeto!

El profesor Antonio Robles Egea, de la Universidad de Granada, ha estudiado la negociación previa a la investidura de Aznar en 1996 (Negociaciones, payoffs y estabilidad de los gobiernos de coalición), pacto por el que nadie hubiera dado un duro el 3 de marzo de 1996, tras una campaña a cara de perro en la que el popular Vidal Quadras comparó a CiU con ETA y la muchachada de Génova coreaba “Pujol, enano, habla castellano”. Pintaba muy cuesta arriba, pero frente a la indolencia zángana de Rajoy, Aznar se remangó y en dos meses exactos, el 4 de mayo de 1996 fue investido presidente y gobernó con estabilidad toda la legislatura, con los apoyos de (los proetarras) CiU, del PNV y de Coalición Canaria. No solo no rompieron España, sino que juntos la recentralizaron.

“Las negociaciones –escribe el profesor Robles Egea- son claves en todo el proceso político democrático al garantizar el principio instrumental de la democracia: el diálogo”. Pujol exigió que el PP se retractara de sus descalificaciones y Aznar necesitó “un cambio radical de discurso” para alcanzar objetivos políticos compartidos (por ejemplo, la cesión del 30% del IRPF y otros impuestos a Cataluña: fue el fin del café para todos).

Las líneas rojas se diluyeron en los Pactos de Investidura y gobernabilidad que “sentaron bases sólidas y certezas profundas en la planificación de la actividad gubernamental de los próximos cuatro años”.

Ese método Aznar, basado en el diálogo, con cambio de discurso y marcha atrás, funcionó en 1996 y hubo, concluye Robles Egea, “un gobierno minoritario con apoyo parlamentario de mayoría absoluta, conformada por una coalición de varios partidos”.

La incapacidad de Rajoy para el diálogo y para entender lo que está pasando en el país (tal es su encastillamiento y desconexión), ha dado a Pedro Sánchez una oportunidad de oro. Pero no se confundan los ventiladores del miedo: no es Pablo Iglesias quien le regala a Sánchez esta sonrisa del destino. Todo el mérito es de Mariano Rajoy. Y en el PP ya lo saben…

@ValentinCarrera
Foto: Rajoy hace la cobra a Sánchez, agencia EFE

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