Nos lo están poniendo muy difícil en esta interminable campaña electoral, que ya dura un año y va camino de dos, con las elecciones gallegas y vascas en perspectiva, y hasta una tercera tanda si su Majestad y el IBEX35 no lo remedian. Escribí hace algunas semanas que no daría mi voto a ningún candidato que haya insultado a otro y, a medida que voy tachando insultadores profesionales, se va quedando la lista escuálida. Sí, nos lo están poniendo difícil.

Pedro Sánchez acaba de decir, con más razón que un santo, “no todo vale”, a propósito de una estúpida acusación de racismo perpetrada por Cristina Cifuentes. No todo vale, Cristina: muy mal andas, tú y tu partido, de argumentos políticos de peso si para descalificar a vuestro rival tenéis que recurrir a esa bajeza. ¿Forma parte de vuestro programa? No todo vale.

De vez en cuando recibo por güasap o en las redes pequeños videos ridiculizando un tic de Rajoy o una de sus frases desafortunadas; o insultando a Pablo Iglesias, gratuitamente y porque sí. No comparto ninguna de esas descalificaciones. Los tics de Rajoy no me hacen gracia: todos tenemos tics, errores y muletillas. Atacar a un adversario político por un rasgo físico o una característica personal, ya sea su modo de vestir o peinar, es de una indigencia intelectual clamorosa. Insinuar, por las pintas, que un diputado con rastas tiene piojos. Quien lo hace (en este caso, Celia Villalobos) se sitúa a sí misma fuera del decoro político.

Hace mucho que han pasado de moda, salvo para Bertín Osborne, los chistes de gangosos de Arévalo. Una cosa es reírse del Rey o del Presidente, dentro del sano juego del humor y la libertad de expresión, y otra cosa distinta es ridiculizar un rasgo personal: una cojera, un tic o una coleta. ¿Con qué derecho?

Además de la falta de respeto a la persona, hay un problema político: el insulto sustituye al argumento, la burla desaloja a la razón. En este país, desde los tiempos de la Inquisición, somos aficionados a denostar en la plaza pública a las brujas y a los tontos de capirote. “Coletas, que eres un coletas”: ¿dónde está el argumento político?

Yo no quiero que mi opción política gane insultando, sino convenciendo. Me sobran las risas fáciles a cuenta del prójimo; me falta espacio para escuchar debates sosegados. Asuntos complejos (la inmensa deuda acumulada, el paro, la corrupción, el futuro de las pensiones, el drama de los refugiados sirios, la destrucción del planeta…) no se resuelven con insultos personales, y en esta larguísima campaña de casi dos años ya son muchos, demasiados, un hartazgo insoportable. Podríamos hacer un rosario de insultadores profesionales con nombres y apellidos, pero ni siquiera merecen ser citados. Solo hay que expulsarlos de las listas y de la política, con argumentos, con razones y con nuestros votos.

Foto: P. Guardiola, web El Rendrijero

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