Él había llegado a Moscú con seis años, en 1937, en pantalones cortos, vomitando por la borda de un carguero desde Gijón a Londres, y luego en el buque Kooperatsia hasta Leningrado, tiritando y asustado, con sus cuatro hermanos y otros mil cien niños y niñas apartados de sus familias por la guerra.

Ella le esperaba creciendo feliz, guapa y sana en la dacha campesina de Voscresenk, a orillas del río Moskva, en cuyas orillas espejean los abedules, y su boca de fruta soñaba con el país de las naranjas, sin saberlo.

Emilio creció en la Casa nº 1 de Pravda, estudió con provecho, aprendió ruso, viajó a Crimea, Saratov, Ucrania, y se hizo un joven apuesto e industrioso.

También Nina creció, dejó la ribera de abedules, bajo cuyas raíces yacen los patriarcas, y en Moscú un día supo que las manzanas de oro que había soñado existían de verdad, pero venían desde muy lejos, y eran caras y escasas.

Como el destino ya había hecho sus planes, las coordenadas vitales del nieto de emigrantes ferrolanos y la hija de campesinos rusos se cruzaron una tarde de 1950 en la intersección latitud 55° 45′ N, longitud, 37° 37′ E, en el punto exacto donde la primera mirada sabe que es para siempre.

Dos años después, Emilio y Nina se casaron y su banquete de boda fue un bocadillo, sentados en un parque de abedules. Bajo la lluvia, ella le confió que le gustaban las naranjas, él le prometió que tendría naranjas y cariño toda su vida, y cumplió su promesa hasta el final. Sus ojos decían la verdad: el galán de bigotito y la chica de largas trenzas han compartido 64 años, hasta el último aliento.

Ayer Nina regresó a la tierra; galán enamorado a su cabecera hasta el último minuto, Emilio. Ella se había despedido de sus hijos y nietos, entre ellos, mi amigo ruso-berciano, André, para quien hoy escribo. Se fue al lugar escogido, “¿qué te parece, Emilio, esta sombra de abedules para siempre?”. Al ir poniendo a su alrededor ramos de flores, como era su gusto, un avión sobrevoló respetuoso el cementerio de Liáns: me pareció que a bordo la mirada de Nina regresaba a Voscresenk, al punto exacto latitud Emilio Gómez, longitud Nina Gálkina, donde el amor es certeza.

 

In memoriam Nina Gálkina Gálkina, casada con un niño de la guerra,
fallecida en A Coruña el 20 de febrero de 2014.

Más sobre la historia de Nina y Emilio:

La Opinión
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