“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

[Cambie ‘dinosaurio’ por cualquier otra cosa
—por ejemplo: “Cuando despertó, Franco todavía estaba allí” o
“Cuando despertó, la Inquisición todavía estaba allí”, etc.—
y verá que el cuento de Monterroso es perfecto].

Capítulos I-XIII

¿Recuerdan ustedes la novela El Señor de Bembibre? ¿Recordáis a sus protagonistas? Doña Beatriz Ossorio y don Álvaro Yáñez; su tío, don Rodrigo Yáñez, maestre de la Orden del Temple; Saldaña, comendador de Cornatel; Mendo, Millán, la hermosa muchacha Martina; los padres de Beatriz, don Alonso Ossorio y doña Blanca de Balboa, Señores de Arganza; y el malvado don Pedro, Conde de Lemos.

Una historia de amor y ambición, una joven obligada por sus padres a casarse por dinero, luego encerrada en un convento del que huye en brazos de su amado; la Orden del Temple, perseguida también por dinero y poder: una trama de enredos feudales e intereses bastardos, en la que al autor le hubiera gustado un final feliz, pero todo acaba fatal. Muere hasta el apuntador.

Pero, ¿qué pasaría si Enrique Gil y Carrasco regresara hoy mismo desde Berlín —donde sigue enterrado, aunque algunos simulan que está en Villafranca—, …si regresara al Bierzo que tanto quería, tomara de nuevo su pluma, su atormentada letra de poeta quebradizo y reescribiera la historia?

Pido a Enrique Gil que me preste su inspiración y su pluma para contaros cómo podría ser El Señor de Bembibre en el siglo XXI.

 

Capítulos XIII-XIX

Álvaro sería hoy un joven de veinticinco años, acaba de regresar a casa tras su primera campaña como voluntario en una ong, rescatando náufragos de pateras hundidas en el Mediterráneo. Trae el pelo largo, recogido en una coleta, una extraña cruz roja de seis puntas tatuada en el hombro izquierdo, y en vez de caballo, tiene aparcada a la puerta del Palacio de Bembibre una moto sin tubo de escape, con la que anda de botellón por las callejas de la villa.

Beatriz —rica, joven y agraciada, nos dice el poeta— tendría diecisiete años, pero en 2018 ya no sería tan virgen como en tiempos de Maricastaña: Alvarito, Varo para los amigos, sería el cuarto o quinto amigo con derecho a roce de una lista efímera como las canciones del verano. Nada de vestidos largos hasta los pies: Beatriz viste unos leggins de Zara y una camiseta con la estatua de la libertad estampada, sin nada debajo, quiero decir, sin nada debajo de la camiseta, la alegría de su juventud bailando. Una adolescente rebelde y respondona, con un piercing en el labio inferior que le hace ser aún más atractiva. Un pibón.

Su padre, don Alonso Ossorio, llegó al Bierzo desde una aldea gallega siendo un modesto albañil y ha conseguido amasar una gran fortuna gracias a la mina, a unas plantas de hormigón y a varias canteras que tiene por la parte de Oencia. Ahora es un empresario respetado, un nuevo rico que se sienta a la mesa con ministros y consejeros, tiene helicóptero propio y un casoplón con piscina en la mejor finca de Arganza. Le llaman por eso, el Señor de Arganza. Se ha casado con una más ignorante que él, una tal Blanca, que se hace llamar por el servicio doña Blanca de Balboa y asiste a las procesiones cargada de pendientes de oro y collares de perlas, como un retablo barroco.

La hija, Beatriz, todo esto lo lleva muy mal, como pueden comprender.

Además de frecuentar ciertos despachos, don Alonso Ossorio tiene un amigo poderoso, don Pedro Fernández de Castro, el Conde de Lemos, a quien todos llaman El Conseguidor. Hábil en el trato, sin escrúpulos para el negocio, ligero de cascos si es preciso contratar un sicario rumano para ajustar cuentas, don Pedro es propietario de molinos de viento en el Redondal, posee acciones en una fábrica de cemento y en dos minas de Tremor cerradas por culpa de Zapatero, tiene cuentas en paraísos fiscales y una bodega a nombre de un testaferro, valedor del abad de Carracedo, a cuyo monasterio hace piadosas limosnas.

Más que amigos, don Alonso y don Pedro se dirían socios: el Conde de Lemos ha puesto sus ojos sobre una magnífica finca de los Ossorio en la llanada de Toral de los Vados, a orillas del Cúa, el emplazamiento perfecto para la nueva incineradora de basuras cuyo contrato urde don Pedro sigilosamente en los pasillos de Tordehumos y Fuensaldaña.

Pero don Pedro ha puesto también sus ojos sobre otro tesoro de la familia Ossorio: la hermosa y contestataria Beatriz, a quien sus padres no ven manera de meter en cintura y apartar de la mala compañía de Álvaro.

—¡Cualquier día de estos nos va a venir la niña preñada! —grita doña Blanca por las estancias de Arganza, llevándose las manos al moño emperifollado de laca, laca como para disecar aquel elefante que mató de un certero tiro nuestro amado Rey.

 

Capítulos XIX-XXII

Si Enrique Gil viniera ahora a estar entre nosotros y a escribir de nuevo su novela, vería que —además de don Alonso y don Pedro repartiéndose la comarca— hay también en El Bierzo una pequeña organización, casi secreta, que lucha y trabaja por mantener nuestra tierra libre de las garras de los señores feudales. Visten extrañas ropillas de colores, sin mangas ni perneras; gastan barbas y melenas desaliñadas, a veces adornadas con guirnaldas de flores, andan por plazas y mercados como penitentes, recogiendo firmas o gritando con un megáfono, y protestan contra todo lo que se menea. Se hacen llamar los Templarios del Aire Limpio.

Al Conde de Lemos lo tienen hasta los mismísimos melocotones y están a punto de arruinarle su negocio más importante, y todo ¿por qué? ¡Por una simple e inocente chimenea!

Rige los destinos de estos Templarios del Aire Limpio un maestre moderado, don Rodrigo Canedo, de pelo blanco y juicio reposado, pero contundente. Y con él cierra filas una red de pequeñas aldeas galas: el castro de Tyto Alba, la fortaleza de A Morteira, El Puestín del Mercao, la Olla del Bierzo; y miles de cabreireses y ancareses.

 

Capítulos XXIII-XXIX

Es el caso que los nuevos ricos de Arganza han invitado a comer en su casoplón al Conde de Lemos y Señor de la Gürtel; y a los postres, don Pedro ha propuesto a don Álvaro y a doña Blanca entrar en el negocio de la basura a cambio de casarse con su hija. Bueno, se lo ha dicho de otra manera: quiere casarse con el pibón de Beatriz y de paso hacerse con las fincas de Toral y Cubillos como parte de la dote, y dar a sus padres una buena comisión.

—¡En una cuenta en Suiza, por supuesto! —ha dicho el Conde, sonriendo como un asno desdentado.

—Colocamos a la niña, Alonso, que anda muy descarriada, y hacemos una boda por todo lo alto —ha terciado la madre con la boca llena, desmigajando perdigones de roscón bañado en orujo por todo aquel escote sembrado de perlas de Manacor.

—Ahora se ha hecho vegana —confiesa el padre, avergonzado, a su futuro yerno, apartando el plato sobre el que yacen los restos de un chuletón de kilo y medio—. ¡Vegana, fíjese usted, don Pedro, y animalista, dice que odia las corridas de toros! Pero no se preocupe, que la mandaré a hacer un Erasmus de clausura en el convento del Sancti Spiritus, y a la vuelta haremos una gran boda, en la Peña de Congosto o si es preciso en El Escorial. ¡Lo juro, como me llamo Alonso Ossorio de Arganza!

 

Capítulos XXIX-XXXII

Al conocer la proposición —más indecente que el millón de euros de Robert Redford por acostarse con Demi Moore, en la película, se entiende—, Beatriz entra en cólera:

—¡Jamás me casaré con El Conseguidor! ¡Por encima de mi cadáver!

Y aquella misma noche, desesperada, huye de casa descolgándose por el balcón de hierro forjado, forjado por encargo de los Señores de Arganza en la herrería de Compludo.

Álvaro, Alvarito, Varo para los amigos, aguarda al pie del balcón, la moto encendida a punta de gas, ahora sí con silenciador para burlar a los perseguidores. Los amantes, novios, rollito o pareja de hecho se abrazan y salen quemando rueda en busca de la libertad.

Como la fortaleza de Ponferrada está ocupada por turistas y domingueros, Bonnie and Clyde se dirigen hacia las faldas de Cornatel, donde acampan desde hace días las tropas de los Templarios del Aire Limpio: una panda de vegetarianos alegres y cantarines, que duermen desnudos bajo las estrellas y hacen el amor a la luz de la luna. Una indecencia.

Al saber la huida de su gacela, el Conde de Lemos se presenta enfurecido ante la casa de los Ossorio a reclamar lo pactado: con o sin esposa —ya tomará él lo suyo de grado o por fuerza en cuanto se presente la ocasión—, la construcción de la nueva cementera no puede parar.

En su auxilio, el Conde de Lemos ha sobornado a jueces y magistrados borrachines; en sus minas convertidas en escombreras, la Guardia Civil mira para otro lado; no hay funcionarios que se atrevan con sus canteras ilegales, callan los alcaldes y comendadores y nadie osa enfrentarse con el poderoso.

Muy piadoso en los días de precepto, don Pedro El Conseguidor tiene de su parte también al abad que bendice sus desmanes y a los medios de comunicación que los tapan: suyos de su propiedad son los periódicos y las televisiones, dispuestos ya para anunciar por todo lo alto la boda del siglo.

Pero los Templarios del Aire Limpio tampoco son mancos. Tienen el apoyo de miles de bercianos, comparten una red de solidaridad y conocimiento en toda Europa; cientos de grupos y plataformas trabajando en la misma dirección, estudiando y discutiendo los problemas, buscando la mejor solución para el bien común.

Hasta su asamblea de Cornatel han llegado en moto Álvaro y Beatriz: ella con la melena suelta y él con la coleta recogida, dispuestos a formar parte de la gran batalla contra el Conde de Lemos. Beatriz, puesta en pie, coge el megáfono y arenga a las compañeras: ella no se casará con el ricachón putero y machista; eso está decidido. Si el Conde baboso vuelve a insinuarse, pedirá una orden judicial de alejamiento.

No habrá boda por dinero ni pacto ni cementera en sus fincas de Toral y Cubillos. Como heredera de esas tierras, Beatriz ha decidido instalar en ellas una aldea naturalista y un bosque autóctono. Un bosque donde crezcan castaños, robles, nogales, acebos. “Y una huerta ecológica para comer los frutos de nuestro trabajo —dice Beatriz a los suyos—, y quizá una posada para los miles de peregrinos a Compostela”.

Será un territorio abierto, libre; libre de malos humos y de basuras, libre de machismos y de condes corruptos y babosos. Beatriz y Álvaro sueñan con ser felices en un Bierzo muy distinto al que pretenden los señores feudales de Valladolid y Madrid.

Así, al atardecer del día señalado, la suerte está echada. Las huestes de los Templarios del Aire Limpio se encaminan desde Cornatel hacia la llanada de Cubillos, donde el Conde de Lemos y sus esbirros mercenarios les esperan con un ejército de máquinas, palas excavadoras, bulldozers y camiones, todo un arsenal para roturar la tierra y convertir la dehesa en un basurero.

 

Capítulos XXXII-XXXVII

Beatriz y Álvaro, megáfono en mano, recorren la comarca pidiendo socorro a todas las aldeas y comunidades de vecinos y El Bierzo entero se galvaniza contra la infamia. No salen en el periódico ni en la televisión del Conseguidor, pero la llamada de socorro salta de boca en boca y no se detiene hasta llegar a Valladolid, hasta entrar en el mismísimo palacio donde el comendador Juan Vicente Herrera apacienta sus rebaños.

Ya son mil, cinco mil, diez mil voces las que allí llegan como un coro tronante. Al fin, el comendador Herrera dobla el brazo: a su avanzada edad, próximo ya el retiro, no está para perder más batallas, y sabe que esta es una guerra de los poderosos contra su pueblo.

Fulminado por la mirada de Beatriz y la suave diplomacia de Álvaro, Herrera cae del guindo, espabila, abre los ojos… y al fin, firma el decreto que expulsa de una vez por todas y para siempre al Conde de Lemos de las tierras del Bierzo.

—¡Váyase en buena hora el Conde y sus dineros y el aliento fétido de su incineradora de basura!

La noticia corre por El Bierzo como reguero de pólvora, de pólvora que estalla en mil cohetes y bombas de palenque, una fiesta en cada pueblo y todo El Bierzo en fiesta.

Sí, al final habrá boda: no será un casamiento por la iglesia ni de blanco: ya quedó claro que Beatriz celebra Pascua antes de Ramos. Tampoco Álvaro viene a caballo ni con armadura rockera. Será más bien una boda por lo civil, o mejor, ni boda siquiera: el amor no necesita papeles, dice ella; el sexo no necesita firmas, dice él.

Así pues, se besan y abrazan apasionadamente, incluso con lujuria, como dos enamorados cuyos cuerpos se funden por primera vez en el crisol del deseo.

A lo lejos se oyen los brindis y las risas de los Templarios del Aire Limpio, acampados en Mojasacos y en las linares de la ribera del Boeza.

Del Boeza limpio que baja de Gistredo y Catoute, camino de la mar.

FIN

Bembibre, 21 de julio de 2018

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