Hablemos de la Poesía. Este blog ecologista trata de la barbarie del Antropoceno a escala glo-cal (global y local), del cambio climático en la Antártida y en Corullón, del futuro limpio de todo el planeta y en concreto de esta hoya saqueada que llamamos Bierzo. Para gritar “¡Arriba las ramas!” el Día de los Comuneros, no encuentro mejor aliado que el poeta Juan Carlos Mestre, Premio Castilla y León de las Letras 2018.

Decir Mestre es decir Poesía y Ecología, y escribo con mayúsculas los nombres de estas dos amigas, por cuyas venas corre la misma savia de nuestros bosques sagrados. No me pondré poético —carezco de ese don—, para hablar de Juan Carlos Mestre, ni me tienta la elegía; me une con Mestre, además de ser dos bercianos de la misma generación y andar en malos caminos, algo más que una buena amistad: la fraternidad, y una profunda admiración y respeto. Por el poeta y por su obra.

Soy un mestrista proactivo. Durante el viaje interior por la provincia del Bierzo, en 2008, con Anxo Cabada y mis hijas Sandra y Alicia, llevé en la mochila la primera edición —la del Premio Adonáis— de Antífona del otoño en el Valle del Vierzo, y al acabar el viaje, en alguna taberna cálida, donde los poetas conspiran contra la historia universal de la infamia, Mestre iluminó, sobre la doble página del libro, el delicado regalo que ilustra este artículo: un inédito, hasta hoy, que guardo “en un relicario de ébano” junto al “hueso de San Pancracio de plata tan guarnecido que vale por siete casas con huertas de regadío”.

Despliego sobre la mesa un abanico de libros de Mestre, o con su sello inconfundible: Antífona, La visita de Safo, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero; pero también los afortunados duetos con Amancio Prada: las imprescindibles Coplas de Jorge Manrique, o los gozosos poemarios de Santa Teresa de Jesús y San Antonio Pereira, ¡qué buena pareja harían, Mestrín, conversando bajo el ciprés de la Anunciada!

Cuando visito la poesía de Mestre —33 años después, la Antífona sigue siendo mi obra favorita—, la abro al azar, como los iraníes interrogan los versos de Hafez, el gran poeta persa. “Hafez siempre tiene la respuesta a tu pregunta”, dice Tahereh, mi amiga teheraní. Mestre, persa construido con la argamasa del Gilgamesh, es como Hafez de Shiraz: cuando interpelas sus versos, te habla la Poesía, certera y profética. Incluso cuando no la entiendes: “Algún día lo que escribo será inteligible”, dice en La casa roja.

Escojo otra página al azar y escucho su voz tronante recitando ‘Cavalo Morto’: “Cada amor que termina es un cementerio de abrazos”.

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