Hablemos de la muerte, bendita sea. La semana pasada hablamos de sexo, de la vida y la Naturaleza en estado puro. Conversemos hoy, sin miedo, de la muerte. Van siempre juntas, la vida y la muerte, Eros y Tánatos: las dos únicas cosas serias de las que deberíamos aprender a hablar desde pequeños, de las que esta sociedad hipócrita se aparta, sexo yuyu, muerte yuyu, que no lo vean los niños, a escondidas, aséptico, rápido, el sexo y la muerte a oscuras, con disimulo.

Para no-hablar del sexo ni de la muerte todo son eufemismos, rodeos, silencios, vergüenzas, prohibiciones, tabús: Niño, eso no se toca, no se mira, no se dice. El ausente, se ha ido, ya goza de la presencia de la luz… Nos faltan palabras para expresarnos; ante el sexo y ante la muerte somos analfabetos emocionales, necesitamos una reforma de la LOMCE con dos asignaturas: Educación Sexual y Aprender a Morir.

No podemos dejar esta responsabilidad en manos de las religiones, las facilitadoras del Más Allá desde el Antiguo Egipto hasta hoy, como si no hubiéramos evolucionado en 3.000 años; más bien hemos involucionado, pues era más creíble el discurso de Sinuhé el Egipcio que cualquier responso en un funeral de nuestros días.

Entonces, ¿cómo mirar a los ojos de la muerte a tumba abierta, sin el consuelo de la fe? No sé la respuesta, no tengo esa cualidad humana ni esa fortaleza, pero la amistad, la sagrada amistad, me ha regalado un tesoro que quiero compartir. Es el testimonio vital de Segun, Segundo Petisco Freire, “un librepensador, un humilde aspirante a vivir y dejar vivir en un mundo donde siempre haya espacio para nuevas libertades”.

Consciente de su grave enfermedad, Segun aceptó su destino con entereza: “Ante la inexorable certidumbre de mi muerte, su absoluta certeza, yo me conformo con morir como viví: libre, enamorado y amado”. Saboreó cada aliento en la gozosa compañía de Amaia y de su hijo Xoel sin perder nunca la sonrisa, y supo despedirse dando las gracias. Estas son las palabras que dejó escritas y fueron leídas al esparcir sus cenizas, un atardecer de noviembre de 2017, ante el mar de Ribeira, donde tantas tardes se sentaba con Amaia a meditar:

“Gracias a todos por acompañarme en este acto, en este, ahora sí, mi último instante. Especialmente os agradezco vuestra tolerancia a aquéllos que estaréis desconcertados en esta ceremonia tan atípica respecto a las que vosotros lleváis a cabo, pero siempre es hermoso descubrir nuevas formas de mostrar amor y compañía.

Ahora, finalizado el recorrido de mi corto, pero intenso camino por esta vida, que tan breve se me ha hecho, que se me truncó cuando mejor estaba aprendiendo a saborearla, nada me aporta ya más paz que saber que mis cenizas se combinarán con otros átomos y fluirán caóticas e imparables por cada pliegue, por cada rincón del universo… Y creedme si os digo que un universo cabe en un corazón, igual que una vida cabe en un segundo.

Desearía que cada vez que estéis frente al mar que acogerá mis cenizas, tanto si es un mar gris embravecido o un mar calmo y transparente, sintáis que allí, agazapado tras esa ola que rompe impaciente mar adentro, o tras aquella otra que besa seductora la orilla, allí estaré yo, dibujándoos en su espuma mi mejor sonrisa. Que cuando miréis el mar os abrace mi recuerdo, y que espontáneo se diluya entre nosotros.

Aunque la moral judeocristiana y su culpabilidad nos rodean por tierra, por aire y sobre todo por amar, sabéis que mis textos sagrados son las matemáticas, mis oraciones las leyes de la física, y que mi fe no reside en los dioses sino en el corazón de las personas.

Vosotros, la familia y los amigos, sin duda fuisteis y sois lo mejor de mi vida. Y tú, Mamá, la mejor madre, la que uno quisiera repetir mil veces si mil veces volviera a nacer. Graciñas a todos por estar siempre ahí, por haber formado parte de mi vida, y por enriquecerla con vuestro cariño y vuestra compañía, que os ruego volquéis ahora en Amaia y en Xoel. Lamento no poder quitarme mi sombrero y darme el placer de descubrirme ante los presentes para manifestaros mi enorme agradecimiento y respeto por todos vosotros.

Gracias, Amaia, por ser la justificación de toda una existencia: por inundar mi vida de amor, de amistad, de lealtad, de humanidad y de respeto. Gracias, Amaia, por dejarme crecer pegado a tu piel y empaparme de tus lecciones cotidianas de complicidad y ternura, por estar siempre a mi lado y de mi lado, por poder amarte y poder compartirlo todo contigo. Gracias, Amaia, por ser la mejor compañera, por invitarme a afrontar cada día desde tus miradas, tus caricias, tus sonrisas y tus besos. Y eskerrik asko, Amaia, por tu empeño infatigable en regalarme un hijo como Xoel, la mayor y mejor experiencia de mi vida, el tesoro soñado que siempre compartiremos. Gracias infinitas.

Familia, amigos,… yo ya lo he dado todo. Ya ha concluido mi trayecto personal e intransferible por mi vida y por las vuestras. Mientras habite en vuestra memoria seguiré vivo, pero eso ya no me concierne. Os quiero. Y os querré siempre. Me despido como viví: a mi manera. Os querré eternamente. Disculpad mi osadía”.

Querido Según, libre, enamorado y amado: allá donde estés, gracias por enseñarnos a vivir y a morir. ¡Arriba las ramas!

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