¡Qué bonito es el castellano patrio: maceros, ballesteros y mamporreros! ¡Qué oficios tan medievales y tan útiles a nuestro siglo XXI! Ahora que arrecia el paro juvenil –nunca ha cesado la sequía pertinaz diga lo que diga don Rajoy–, espero que el Senado enmiende los presupuestos del Estado convocando oposiciones masivas a maceros, ballesteros y mamporreros.

No les voy a hablar del Día del Pilar, Día de la Raza, Día de la Hispanidad, Día de la Guardia Civil o de la Masacre y el Genocidio. Mi opinión es la del padre Bartolomé de las Casas y Ada Colau. Les invito a leer “La conquista de América. Una revisión crítica”, de Antonio Espino López (RBA, 2013) y después hablamos. Mientras, dejemos a un lado a los mamporreros de la patria, cuidando de Arriero y Villano, los sementales de Hernán Cortés y Pizarro. No estamos para conquistas. Nada que celebrar.

Nada que merezca tantos fastos, tantos maceros y ballesteros a la vieja usanza medieval. Me pregunto cuánto nos cuestan cada año los miles de actos protocolarios, los desfiles, emblemas, estandartes, cintas inaugurales, vinos españoles y canapés patrióticos, cuánto nos cuestan en maravedís y en euros contantes y sonantes. ¿Dónde la austeridad? ¿Dónde los recortes?

Lo de menos son los 800.000€ que costó ayer el desfile de la Victoria; estarían mucho mejor gastados en investigación: hasta Su Majestad Felipe VI lo demandó hace pocos días, como agua de Valencia. Detrás de esos 800.000€ malgastados, improductivos, estériles, y detrás de todos los demás actos viejunos que nuestra consolidada Casta de la Transición derrocha por aquí y por acullá, están otros millones de maravedís y euros tirados en eso que los economistas llaman “costes ocultos”.

Ochocientos mil euros cuestan el humo rojigualda de la enseña nacional dibujada en el cielo, la capa marroquí de los Regulares de Melilla y el aguinaldo de los legionarios, incluido el pienso de Pablo, la cabra de la Legión, que vaya follón se montaría si en vez de Pablo, se llamara Mariano. ¡Muy ingenioso Millán Astray!
Pero, ¿cuánto nos cuestan los viajes, chóferes, estancias, escoltas, seguridad, dietas, refrigerios, cornetas, sastres, floristas, puticlubs y demás gastos de todos y cada uno de los que asisten a todos estos fastos con cargo al presupuesto público? Solo para vestuario de Cristina Cifuentes necesitamos un potosí.

¿Y cuánto nos cuestan las horas tontas, improductivas, las antesalas, los rendezvous y los pasos perdidos en los salones imperiales? ¿De verdad votamos, contratamos y pagamos a los representantes políticos para estos menesteres? Yo no, desde luego.

No hay razón para ninguna de estas cuchipandas con dinero público, tan necesario, tan urgente para comer y estudiar millones de necesitados, para calentar niños ateridos y ancianos abandonados, o para la investigación científica. No es solo el desfile del Pilar, sino todos los actos inútiles, protocolarios, suntuosos, medievales y viejunos que nos atorran cada día en los telediarios: son los millones de euros en costes ocultos para mantener toda esta caterva de mamporreros del caballo de Hernán Cortés.

Toda esa floritura y parafernalia medieval, en la que no se ha movido una coma en 50 años, es incompatible con un Estado democrático moderno. Hay que estar muy dementes, como Estado, para hacer desfilar una cabra, vestida con gorro y estandarte, delante de 45 millones de ciudadanos inocentes.

@ValentinCarrera
Foto: Pablo, la cabra de la Legión, desfila ante los Reyes [Juan Carlos Hidalgo, EFE].