Hablar de «paro», a propósito de la EPA, desdibuja el problema: el drama es la pobreza. España ya es el país líder europeo en exclusión social.

Debería hablarles de los seis millones de parados, pero no me creo la estadística de la EPA, ¡ni de coña! Si hubiera seis millones de parados reales, habría barricadas en las calles, como en la excelente película Los Miserables. Hay pocas cosas más mentirosas que la EPA [definición de Ocupado, pág. 10: “personas que durante la semana anterior han estado trabajando durante al menos una hora…”]. Todo este tinglado y negocio político en torno al paro, concepto en sí mismo enfermizo, es fruto de una sociedad enferma, que camina en dirección contraria a la que proclamaban los comunistas libertarios: «De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad».

La encuesta del INE nos divide a los españolitos mayores de 16 años en dos categorías: Activos (que incluye Ocupados y Parados) e Inactivos. Estos últimos son “la población no incluida en ninguna de las categorías anteriores”. Mi padre, que tiene 87 años y va todos los días a su despacho, es inactivo. Y mi hija de 32, ama de casa, también. Y mi sobrina de 17, que acaba de dejar la ESO. Y mi fontanero, otro inactivo tan atareado que no hay forma de que venga a reparar la cisterna donde se me acaba de atascar la encuesta del INE. Yo mismo, después de 26 años cotizando, cuento como parado (técnicamente, “demandante de empleo”) para tener seguro médico, que el Estado me eliminó sin contemplaciones al cesar como autónomo. Podré estar sin sueldo, sin nómina, sin ingresos fijos, tener una economía modesta, como tantos otros periodistas, como millones de personas, pero les aseguro que ni soy ni me siento ni estoy parado, sino empezando a los 55 años lo mejor de mi vida laboral. Con la misma edad, si a Cervantes lo hubieran prejubilado, no hubiera escrito El Quijote.

Pero se confunde todo: no es lo mismo figurar “en el paro” que no trabajar. Desde la expulsión del Paraíso, hay trabajo a barrer: miles de monasterios, castillos y castros abandonados, esperando una brigada de restauración. Hay leña y maleza para una legión de miserables en los montes de Galicia, mínima inversión preventiva que nos ahorraría un altísimo gasto anual en incendios forestales, amén de las consecuencias ecológicas. Miles de estudiantes necesitan profesores de refuerzo, millones de dependientes necesitan asistencia ya… ¡lo que sobra es trabajo!

Otra cosa es que el trabajo sea “remunerado”, segunda acepción de la Academia, pero tampoco es cierto: hay quien trabaja sin cobrar y quien cobra sin trabajar. Cualquier lector de Tornarratos podría señalar media docena de empleados que cobran lo suyo sin dar un palo al agua, amén de rentistas, pensionistas, ricos por su casa y otros menesterosos.

A la inversa, hay profesionales y aficionados que desarrollan por amor al arte un intenso trabajo físico o intelectual: escriben, pintan, cultivan un huerto. Jubilados con su justa pensión que son currantes natos y siguen en activo como el primer día; otros van a la oficina a hacer crucigramas y jugar al Apalabrados a cuenta del ministerio y constan en la EPA como “ocupados”.

¿Qué bobada es esa de activos/inactivos, qué confusión interesada es ésta? El concepto enfermizo de “parado” corresponde a nuestra sociedad decadente, tan sobrada que orilla a millones de personas en las márgenes de su amazonas económico, y los va etiquetando: “empleado a tiempo parcial”, “parado”, “parado de larga duración”, “prejubilado”.

Lo que debemos saber cada trimestre, o cada semana, es cuántos millones de pobres hay en este país. Debemos exigir una EPA social, llamar a las cosas por si nombre: “La encuesta de pobreza indica que hay cinco millones de pobres”, en torno al 22% de la población española, solo superados en la UE por Rumanía y Letonia. En vez de hablar de “crear trabajo”, ese mantra que los políticos rezan diariamente con la fe del carbonero en el altar de la estupidez, ¡hablemos de redistribuir la riqueza y los impuestos!

El trabajo, remunerado o no, está mal repartido y algunos acumulan jornadas semiesclavistas mientras otros acaparan empleos y sueldos, pero la que está cada día peor repartida es la riqueza. A medida que se diluyen las clases medias, aumenta la distancia entre muy ricos y muy pobres: “El 20 por ciento de los hogares más ricos posee el 78% del valor de las propiedades, el 88% de los negocios y el 92% de las acciones” (Cáritas, Exclusión y desarrollo social en España).

La gestión de la crisis financiera en manos de estos empleados de la Gran Banca que nos desgobiernan –Zapatero, Solbes, Aznar, Rajoy, Guindos, Linde, etc.- ha logrado que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, asunto en el que, ahí sí, ya somos líderes europeos: “España es el país de la UE con mayor diferencia entre ricos y pobres”.

Fotografía de Samuel Aranda para The New York Times:
Spain: Austerity and Hunger
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