Ninguna simplificación sobre un régimen cuya fuente de autoridad y cohesión ha sido la agresión occidental

En 1943, Ruth Benedict era una destacada antropóloga de la Universidad de Columbia, discípula de los padres de la antropología estadounidense, Franz Boas y la no menos mítica Margaret Mead, de quien Ruth fue amante. En 1943, con todos los frentes de la Segunda Guerra Mundial al rojo vivo, la Oficina de Información de Guerra de Estados Unidos encargó a Benedict un estudio de máxima urgencia sobre las normas y valores de la sociedad japonesa. El ejército yanqui “necesitaba entender” el comportamiento de aquel terrible enemigo en el Pacífico, imprevisible y desconcertante. Fue así como nació el ensayo El crisantemo y la espada, obra de referencia en los estudios de antropología cultural.

Entender al enemigo en plena guerra, pero sobre todo, entender al Otro, por usar la expresión de Kapuscinsky, para construir juntos la convivencia y la paz. A la manera de Descartes, Benedict comienza su libro afirmando la limitación del observador: “Resulta muy difícil ser consciente de nuestros propios ojos”, para concluir con una recomendación política de alto voltaje en 1943 y en 2016: “Lo que Estados Unidos no puede hacer –lo que ninguna nación extranjera puede hacer- es crear por mandato un Japón libre y democrático. Ningún extranjero puede decretarle a un pueblo que no comparte ni sus hábitos ni sus creencias una manera de vivir que no es más que el reflejo de la propia”.

Mis amigos de Teherán escriben lo mismo con otras palabras: Occidente no nos comprende. “Los iraníes vivimos muy orgullosos de nuestra cultura milenaria; mientras Europa no era nada, ya teníamos una rica literatura y un importante desarrollo social y cultural. No se nos pueden imponer costumbres o hábitos culturales occidentales porque no lo aceptaremos. Eso ya le pasó al Sah cuando quiso traer modistos y peluqueros de Suiza. Y ahora otra vez, tras la revolución, con tantas prohibiciones a las cosas y modas occidentales, el efecto ha sido contraproducente, porque muchos iraníes queremos llevarle la contraria al sistema y vestimos al modo occidental. Lo que no funciona es la imposición: los iraníes somos muy orgullosos”.

La agresión occidental
Visto desde la periferia occidental (Finisterre está a 6.000 km. de Persépolis) y visto desde arriba, como turistas compradores de alfombras, Irán sería uno de esos países subdesarrollados y sucios, muy barato, o muy peligroso: “¿Vas a Irán? ¡Qué miedo!, ten mucho cuidado no vaya a ser que te pongan una bomba…”. Quien me avisa no ha visto el Telediario de hoy, seis bombas en Bruselas; ni el de ayer, atentado suicida en París o en Niza; ni el de mañana, un comando del ISIS vuela la torre del Big Ben.

Nada que ver con la realidad. Ningún país más seguro en la zona, con un desarrollo razonable, posición 76 de los 187 países comparados en los indicadores macroeconómicos de la ONU (Índice de Desarrollo Humano) y por encima de los demás países de Asia del Sur.

Estamos hablando de un país que fue invadido por su vecina Irak y sufrió una guerra de ocho años (la Guerra Irán-Irak, 1980-1988). La guerra civil española duró tres años, la II Guerra Mundial, cinco; ocho años de combate en solitario contra medio mundo produce un desgaste infinito, del que Irán se ha recuperado en un lapso de tiempo milagroso.

Conviene recordar que Irak, presidido por el amigo de Estados Unidos, el benemérito Saddam Husseim -el mismo títere que luego derribaron Bush, Blair y Aznar poniendo los pies sobre la mesa en un rancho de Texas-, cruzó la frontera de Irán y ocupó con doscientos mil soldados y dos mil tanques una parte de la provincia de Juzestán.

En su desatino, Irak tuvo el apoyo de EEUU [que vendió armas y misiles a los dos bandos], Reino Unido, Francia, Liga Árabe, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Jordania; mientras la vieja Persia, tantas veces invadida y en 1980 presidida por Jomeini, apenas tuvo apoyo de Siria y Kurdistán… y armas procedentes de su enemigo Israel. La guerra dejó un millón de muertos y cuatro millones de desplazados.

Considerar este punto de partida tan reciente, y entender cuál fue el país agredido y por quién (Estados Unidos, comandante jefe), qué efectos humanos y económicos tuvo aquella invasión y qué fortalecimiento produjo del régimen islámico, es indispensable para entender el Irán actual y un régimen cuya primera fuente de autoridad y cohesión ha sido la agresión occidental.

Al encuentro del Otro
La profesora Merinero Martín explica los efectos de la Guerra Irak-Irán: una economía estatalizada que favoreció a grupos clientelares, como los bazaríes (comerciantes de los bazares) o las fundaciones de desheredados y de mártires. Las “víctimas de la guerra”, por usar terminología de cuño vasco, como cauce de corrupción. En vez de instituciones benéficas, dice Merinero, “las fundaciones se han convertido en canales de promoción social y económica de una élite revolucionaria reclutada entre quienes hicieron la guerra y la revolución, y forman parte del grupo que se cohesiona en torno al Guía”.

El esfuerzo del ejército americano para entender a los japoneses, a través de los ojos de Ruth Benedict, parecía en 1943 una necesidad vital. Con todas las venas de Siria, Libia y Palestina abiertas y sangrando, la misma necesidad vital aconseja aquel esfuerzo: entender significa no demonizar ni simplificar, salir del estereotipo James Bond y comprender a un país que habla otra lengua, que tiene otro calendario, que practica otra religión, que tiene otra cultura. No necesariamente mejor que la nuestra, pero desde luego nunca peor: como toda comparación es un despropósito, las palabras mejor y peor aquí suenan huecas.

Los iraníes, desde los exiliados perseguidos por el régimen hasta los islamistas más duros y reaccionarios, pasando por millones de jóvenes y mujeres, son el Otro, el verdadero Otro, a cuyo encuentro debemos ir de igual a igual, desarmados. Welcome to Irán!

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