«La discrepancia es la sangre de la democracia». Borges en El Bierzo acoge hoy esta reflexión de la profesora Elena Núñez, vocal del Comité Científico de eBooksBierzo en torno a uno de nuestros autores, el filósofo Aniceto Núñez, autor de los ensayos Los diálogos de Platón, Atardecer en Atenas, Y las palabras ardieron en la hoguera.

Hace mucho tiempo, más del que ya me gusta recordar, mi padre me trataba de explicar que el secreto de la vida, de la vida en sociedad, radicaba en el respeto al otro, en la tolerancia, en la comprensión. Entonces yo tenía pocos años y no quería compartir mis muñecas con mi prima, hay testimonio gráfico; en aquel momento, tal vez pensé que lo único que quería mi padre era que mi prima no llorara y tener la tarde en paz. Años después, mi padre me enseñó una nueva lección con el mismo discurso de la tolerancia, el respeto y la convivencia, el consenso: que una ley de educación, en este caso la ley de universidades de Galicia, se puede conseguir que sea aprobada por unanimidad de un parlamento. Era el Parlamento Gallego y mi padre, Aniceto Núñez, era el Conselleiro de Educación.

Tiempo después, mi padre me demostró cómo no se pierde la ilusión por saber, por conocer, por investigar, por muchos años que se hayan vivido y por muchos logros que uno haya alcanzado: me embarcó en un viaje a Cremona, a la búsqueda de la historia del protagonista de su último libro; un personaje que tampoco pierde la ilusión, ni la tolerancia, ni los principios: Gerardo de Cremona.

Hace poco mi padre volvió a enseñarme algo más: que se pueden mantener los mismos principios a lo largo de toda una vida, y vivir honestamente, en respeto y tolerancia, y conseguir llegar a lo más alto como persona, como profesor, como político y como intelectual sin renunciar a nada de aquello en lo que se cree, sin perder un ápice de ilusión. Y me lo enseña con la publicación de su libro sobre Toledo, La ciudad del saber, donde tres culturas se ponen de acuerdo para coexistir, para respetarse y compartir.

A lo largo de toda mi vida, mi padre, me ha enseñado que la diversidad es maravillosa, que la discrepancia es la sangre de la democracia, que vivir en tolerancia es la única forma de vivir y que el pensamiento único es la ausencia de todo pensamiento. Y yo, desde que aprendí a compartir las muñecas con mi prima, procuré aprehender esa sabiduría y actuar en consecuencia en mi vida.

Pienso en estas lecciones y en qué hacer cuando quien tienes frente a ti a alguien que piensa que su forma de ver la vida es la única válida, que la discrepancia es un crimen y una traición, y que considera el consenso una pax romana, en la que el vencedor impone las condiciones. Qué hacer cuando tienes enfrente a quien considera que su razón es la única que vale, que su postura es la única correcta; que es el salvador de los principios (de sus principios) y de los valores (de sus valores). Qué hacer cuando alguien impone a los demás sus ideas, su forma de vida y sus creencias por la fuerza, ya sea la fuerza de las armas, de las urnas, que también se fuerzan, o de leyes a la fuerza impuestas. Qué hacer cuando un Gobierno, como éste, arremete contra todo lo que considero justo, esencial para la coexistencia de una sociedad diversa y tolerante; qué hacer cuando veo cómo, ante mi ojos, se desmoronan los logros, principios, derechos e ideas por las que mi padre –un sabio ateniense instruido en el respeto y la convivencia- luchó y me enseñó.

Ahora más que nunca tengo presente la lección de mi padre para combatir contra esta marea azul o como quiera que sea, que está arrasando con todos los fundamentos y creencias de mi vida: la única forma de luchar es el respeto, la tolerancia, el consenso. Y por ello, aunque me dé de bruces una y otra vez contra el muro de intolerancia e imposiciones que se está levantando a mí alrededor, seguiré luchando de la única manera que mi padre me mostró: con respeto, con tolerancia, con consenso.

Muchos años después de aquel día que no quise compartir las muñecas con mi prima, pienso en el hombre admirable que es mi padre, en cuánto me gustaría parecerme a él, aunque solo sea un poco, en cuánta razón ha tenido siempre y en lo honesto que ha sido toda su vida, sin renunciar a sus principios. Por eso, sólo puedo decirle, gracias, Papá, gracias por enseñarme a ser diferente, a pensar diferente y a sentirme orgullosa de ello. Gracias.

[Elena Núñez]