Se supone que el médico que opera a corazón abierto ha de tener el pulso firme y la cabeza fría; y se supone cierta ecuanimidad al periodista que abre sobre su mesa las vísceras, los vómitos y las diarreas de media docena de políticos malolientes; pero ¡qué ganas de darle una colleja a la ministra Mato y mandarla a casa en Jaguar!

Ya estamos otra vez a vueltas con “la culpa” del trabajador, el eslabón más débil de la larga cadena de despropósitos, irresponsables y negligentes que se ocultan y parapetan en los despachos.

En Galicia ocurrió la desgracia del Prestige: está en la mente de todos aquella marea negra de la que Rajoy dijo que eran apenas unos “hilillos” y asoló las rías gallegas y arruinó a muchas familias. Todos se fueron de rositas, los de la farsa y los castizos y la ¿Justicia? cargó todo sobre los hombros cansados de un anciano capitán griego, vencido por las circunstancias.

Luego fue el accidente del Yak-42 y murieron 75 militares y tripulantes tras incontables anomalías y fallos, pero tres militares –un general, un comandante y un capitán– se comieron un marrón pequeñito y fueron pronto indultados por los servicios prestados, mientras Federico Trillo perfecciona su inglés en la embajada de Londres.

En 2006 hubo 43 muertos en el metro de Valencia y la doctrina oficial (Camps, PP) sentó que el conductor del metro era el único responsable, y la Justicia ha tardado ocho años en iniciar otras posibles imputaciones.

Vino el terrible accidente de Angrois, 79 muertos: hoy mismo he recibido el auto 351/2014 en el que la Audiencia exculpa a todos, excepto al conductor del tren, a quien deberían poner un capirote y pasear ya por las nuevas calles medievales (los platós de televisión) para público escarmiento.

Ahora, un Gobierno selectivamente humanitario nos ha metido en casa un virus que ignorábamos mientras hiciera su cosecha mortífera en el corazón de África, y una auxiliar de enfermería, que se presentó voluntaria para atender a un moribundo, es a los ojos del infame Consejero de Sanidad de Madrid, y de quienes le corean y sostienen, la culpable de haber puesto su propia vida en peligro. Además de insultarla (inútil, mentirosa, irresponsable), le están llamando suicida, mientras que ninguno de ellos, empezando por la ministra Ana Mato, ha reconocido algún error o asumido alguna remota responsabilidad.

Culpable el capitán Apostolos Mangouras. Culpables los conductores José Garzón y Joaquín Pardo. Culpable la voluntaria Teresa Romero.

Inocente Cascos, que estaba de cacería, y Rajoy, que solo vio hilillos. Inocente por el puro morro judicial la plana mayor de ADIF que tenía competencias plenas en seguridad. Inocente Camps el de los impecables trajes; inocente Trillo, que estaba de paso en Honduras. Inocente Ana Mato, que no sabe ni el coche que tenía su marido en el garaje.

¿Hasta dónde tiene que llegar la indignación, el clamor popular, para que un ministro inútil asuma de una vez por todas su responsabilidad política, personal e intransferible? Teresa Romero cometió un error y lo va a pagar muy caro, con su vida, mientras a la ministra Ana Mato y a este Gobierno, sus errores les salen gratis: los pagamos todos.

@ValentinCarrera
El Plural:  ¿Es Ana Mato del Club de la Comedia?: