por PEDRO TRAPIELLO (Diario de León, 19 de octubre de 2009).

Lo berciano es otra cosa, no cabe duda. Son tierras medias, fronterizas con todo… y también, cruce de sendas, eso que sirve para que lleguen los de fuera y se larguen los de dentro. Lo berciano es distinto de lo gallego pareciéndose en tantas cosas. De asturiano tiene un flequillo fornelo; de cabreirés sanabreño, un ratín; y de leonés, el alma pequeñina y la póliza. O sea, son un resumen de su vecindad y, a la vez, un desesperado intento por no serlo. La bipolaridad les persigue. La identidad se les esguila a ratos o se les exalta en épocas, pero las ganas de ser nunca la pierden, aunque se debatan en cismas internos o vendan la hijuela a externos.

Late todo esto en la radiografía aérea que ha hecho a su patria chica y grande, a su «vieja provincia», Valentín Carrera, que ha parido un gran libro de quinientos pasos paginados y quinientas leguas interiores recorridas en laberinto de pasión y crónica viajera. Hace un año revisitó lo suyo, reinició un viaje ya hecho hace veinte años, inició en él a sus dos guajas Alicia y Sandra y recuperó el pulso de la pasión materna de la tierra, la belleza de lo escondido y el ladroneo a la vista que hiere hoy tantos rincones bercianos.

Es un librazo. Se lo dedica a Cito Linares (compañero de risas, sueños y de perseguir al rabo la noticia con micrófono) y a Ramón Carnicer (el maestro, la voz, la letra de grandiosa sencillez). Y se acompañó en la mochila con el aval del sentimiento limpio que susurra en las páginas de Pereira o de Mestre (maestre y maese donde los haya, porque no sólo escribe poesía, sino que es poeta y sus abrazos riman, así que si le han dado el premio nacional de poesía por «La casa roja» es porque abultaban tanto sus méritos, que nubló los ojos del jurado a cualquier otro nombre).

El resultado del libro («Viaje al interior de la provincia del Bierzo») es un caleidoscopio de brillos y recodos que multiplica la grandiosidad del Bierzo reescrito en templario, minero, viñador y hortelano o reinventado en artes, posadas y fraguas muertas. He gozado con su lectura. Tiene una cierta vocación enciclopédica y le palpita lo «glocal», ese local-global que hace del berciano un necesario soñador de otros horizontes inspirado por el viento atlántico de la buena locura.

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