* La herencia colonial recibida

Las sucesivas guerras del Golfo y de todo Oriente Medio tienen como causa principal el petróleo; o para decirlo con más precisión, la rapiña colonial del petróleo. Irán fue el primer país de la zona en explotar sus pozos cuando en 1908 fundó la Anglo Persian Oil Company, bisabuela de la actual BP (British Petroleum).

La cosa viene de atrás: durante todo el siglo XIX, las dos grandes potencias continentales, Reino Unido y Rusia, disputaron sobre la piel de Oriente Medio lo que Kipling popularizó en la novela Kim como «el Gran Juego»: una interminable guerra fría entre el imperio británico y el imperio ruso, con unas cuantas guerras calientes por medio, todas ellas libradas en territorio ajeno, como es costumbre en el modelo colonial. En este Gran Juego, Irán y Afganistán fueron siempre perdedores.

Conviene recordar que mientras ocurría esto en Asia Central, España perdía sus colonias en América (se inicia en 1812 cuando Bolívar proclama la independencia de Venezuela, pasa por el desastre de Cuba y Filipinas en 1898 y culmina con la Guerra contra Marruecos, otro desastre, Annual 1921).

Colonialismo mata
Andaban entonces las potencias repartiéndose el mundo como si fuera la túnica de Cristo, o la sandalia del Profeta, y en ello seguimos en esta segunda década del siglo XXI. Si el lector tiene estómago, haga un paréntesis y lea El sueño del celta, de Vargas Llosa, donde se detallan las salvajadas del muy civilizado rey belga Leopoldo II en el Congo y de los very polite ingleses en el Amazonas: “Colonizados, explotados y condenados a serlo siempre si seguimos confiando en las leyes, las instituciones y los Gobiernos de Inglaterra para alcanzar la libertad. Nunca nos la darán”. También Irán tuvo que conquistarla y sacudirse el yugo británico.

Por resumir, Gran Bretaña y Rusia firman un tratado en 1907 en el que se reparten Persia y Afganistán, no tanto el territorio como las casillas del tablero, el dominio militar y la explotación económica. El petróleo ya estaba en manos inglesas desde 1901, cuando el Sah Mozaffareddín Qayar cede los derechos durante sesenta años al millonario londinense William Knox; y cuando empieza a manar como agua fresca el oro negro en el primer pozo iraní, Masyed Soleimán, los ingleses ya no aflojarán la mano, sujetarán más fuerte: tras la Primera Guerra Mundial, Irán fue protectorado inglés durante doce años (Mandato Británico de Mesopotamia, 1920-1932). Luego, el petróleo iraní quedó en manos inglesas hasta la nacionalización decretada por el héroe nacional Mohammad Mosaddeq en 1951. Como haría EEUU en 1979 tras la crisis de la embajada, treinta años antes Gran Bretaña también respondió con sanciones y bloqueos.

La alegría duró poco: el corrupto Sah Mohammad Reza Pahlaví traicionó a su país: la CIA y el MI6 británico alentaron un golpe de estado. Mosaddeq fue encarcelado y la explotación del petróleo, con permiso del Sah, volvió a sus dueños. Las cosas nunca ocurren por casualidad.

De aquellos polvos, estos lodos. Irán produce cuatro millones de barriles diarios, de los que dos son para consumo interno; paradójicamente, por causa de los embargos y sanciones, la capacidad de Irán para refinar crudo es mínima y anticuada, por lo que es dependiente del exterior: Irán importa gasóleo y otros derivados, y aunque la venta del petróleo supone alrededor del 60% del PIB (55.000 millones de dólares en 2006), es inherente a todo régimen corrupto, también al iraní,  dilapidarlos.

Castas y corrupción
Como era previsible, la corrupción no es un vicio hispánico, sino más bien universal; y las castas islámicas iraníes no escapan a la práctica de este vicio solitario: en 2004, Irán firmó un acuerdo con China para el suministro de gas por importe de 70.000 millones de euros en treinta años, siendo el adjudicatario Mojtaba Jamenei, hijo del Guía Supremo Alí Jamenei, por mencionar un ejemplo de los muchos documentados por la profesora Merinero: “Los grandes dignatarios que se han enriquecido gracias a sus puestos o a sus redes de influencia tienen depositadas sus fortunas en paraísos fiscales en el exterior”. ¿Les suena?

La corrupción del régimen iraní se multiplicó durante el mandato de Ahmadineyad; Irán bajó en los índices de Transparencia Internacional, y crecieron las denuncias de voces respetadas, como el Gran ayatolá Yousef Saanei (sucesor del líder espiritual Hussein-Ali Montazeri), apartado políticamente desde 1983 y opuesto al desarrollo de armas de destrucción masiva.

Sahanei ha dictado fetwas en las que afirma la igualdad entre hombres y mujeres, y la capacidad de estas para ejercer de juez o de presidentas de la República, y aunque los intentos aperturistas de Montazeri, Sahanei o Hachem Aghajari fueron rechazados por el Consejo de Guardianes, sus posiciones progresistas crearon el sustrato del Movimiento Verde, que Merinero considera precedente de las movilizaciones de las primaveras árabes.

Conviene recordar que Ahmadineyad fue presidente en 2009 gracias a un gran pucherazo, “seguido por el encarcelamiento de los candidatos rivales Karrubi y Musavi, y con el despliegue de las milicias bassiyi, a una purga social con un alto saldo de muertos y heridos”. Abdolkarim Soroush escribe desde el exilio una carta abierta a Jamenei con el título “el fin de la tiranía religiosa”. El escándalo fue tan grande que de los 290 parlamentarios electos, 185 se negaron a participar en la ceremonia de investidura de Ahmadineyad.

Montazeri proclamó entonces: “Cualquier sistema político basado en la fuerza, la opresión, el cambio de los votos del pueblo, el asesinato, los cierres, los arrestos y el uso de torturas medievales y estalinistas, la represión, la censura de periódicos, la interrupción de los medios de comunicación de masas, el encarcelamiento de los intelectuales y la élite de la sociedad por falsas razones forzándoles a realizar falsas confesiones en presión es ilegítimo y está condenado” (fatwa a favor del movimiento contra el pucherazo de Ahmadineyad en 2009).

Como ocurre en la España del PP, sin necesidad de comparaciones forzadas, la corrupción se ha convertido en un gravísimo problema político que afecta a todo el régimen islámico. Los embargos y prohibiciones internacionales, una especie de colonialismo inverso, han tenido efectos perversos: especulación, alteración de mercado y precios, fraude, contrabando, mafias, dinero negro, delincuencia, en definitiva, corrupción. “El embargo –dice la profesora Merinero- impulsó la exportación de crudo en el mercado negro iraní que no controla el propio Gobierno, sino que está controlado por el ala más dura y radical del régimen, que ha dotado a los Guardianes de la Revolución de importantes competencias económicas, incluyendo las importaciones y la gran distribución”.

Como en Cuba, las sanciones internacionales a Irán han creado canales alternativos nauseabundos. Los mismos canales de contrabando de armas, drogas y alcohol, prohibido por una lectura de la ley islámica restrictiva e invasora de toda la sociedad civil, creyente o no. En Chicago, la Ley Seca hizo crecer a la bestia de la mafia. En Irán, las prohibiciones irracionales alimentan a la bestia islámica. ¿Es posible mayor disparate? Welcome to Irán!

Leer en ESDIARIO 

Leer en MUNDIARIO