Sé bien lo que quiero escribir, aunque no estoy seguro de encontrar la forma adecuada de expresarlo: el fin no justifica los medios. El fin nunca justifica los medios.

Se atribuye a Maquiavelo la frase contraria, la defensa de que cualquier medio es válido si la finalidad es buena, pensamiento cínico que produce repugnancia. Por muy bueno que sea el fin (tantas veces hipotético y nunca alcanzado), los medios empleados tienen que ser igualmente lícitos, limpios, honrados. No valen los atajos.

La controversia llega desde Aristóteles hasta Kant y forma parte de la leyenda negra de los jesuitas, quintaesencia maquiavélica, cuyos doctores habrían encontrado razones para justificar medios ilícitos si los fines fueran buenos. Esta posición está bastante extendida en la política actual, en la que todo vale. Vale mentir, valen zancadillas, vale prometer sin fundamento, o vale una amnistía fiscal… porque hay necesidad de recaudar.

Da igual que la haga Varoufakis o el porquero de Montoro: no hay atajos. Esto ya lo discutíamos en las eternas asambleas antes de la Transición, en el Aula 8 de la facultad de Medicina: no se puede llegar a la democracia a través de la dictadura. No se puede construir la verdad a base de mentiras. No se puede ser libre con cadenas y censuras (habló el ministro de Justicia y dijo -¡Muuuu!). No se puede y sobre todo no se debe.

Las justificaciones de medio pelo y pata de banco que Rajoy, Montoro y ahora Varoufakis se sacan de la manga son bazofia, detritus moral ante los que la sociedad debe plantarse, con su voto y con algo más: rebeldía, indignación. ¿Dónde queda el valor de la ejemplaridad? Quizás el señor Montoro le cuente a sus retoños: «-Hijos míos, como ando algo necesitado de cash, para pagaros la carrera (bien fin, muy loable) he decidido no pagar este año a Hacienda (medio sucio, aborrecible)». ¿Qué les parece?

Para ganar las elecciones (fin respetable), he decidido hacer trampas y financiación ilegal… y así sucesivamente. Esta desvergüenza produce náusea. Quiero repetirlo: señor Rajoy, señor Montoro, señor Varoufakis también, el fin nunca justifica los medios. Usen medios lícitos, caminos limpios y transparentes para construir una sociedad mejor. Su primera responsabilidad política es ser ejemplares.

Quizás en esto consista (o debiera consistir) la nueva política que emerge del 15M: algunos no han entendido nada de lo que pasó en la primavera de 2011 en la Puerta del Sol y en toda España, pero nada de lo que allí ocurrió está muerto y aquel grito de indignación es hoy, ante tanta bajeza moral y en vísperas electorales, más necesario que nunca. Sí, otra vez tenemos que indignarnos.

Este modesto blog, Tornarratos, nació con el artículo “Debajo de los adoquines, está la playa”, en la acampada del Obradoiro, una noche del 15M de 2011. Cuatro años después, los muros y los adoquines siguen estando en su sitio y la playa aún muy lejos. Una parte de la sociedad (¿del bienestar?) duerme la siesta anestesiada, en cómodos plazos, mientras los más débiles sufren hambre y frío. Unos pocos botines, sousas, blesas y ratos gozan amnistías, leyes ad hoc y caviar con champán, y un Gobierno corrupto hasta la médula les condona sus obligaciones alegremente, ¡y se ríen!, mientras a los demás nos aprieta y ahoga.

“Al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Evangelio de San Mateo Montoro, 25,29).

¿A qué esperamos? ¡Indignaos!

@ValentinCarrera
Foto: 15M en la Puerta del Sol (La Vanguardia)
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